Mi hermana me pilló
Era un sábado por la tarde. Mis jefes habían salido a una comida con unos amigos. Mi hermana menor, Andrea, estaba en su cuarto, según escuchando música. Yo estaba en el mío, aburrido. No tenía planes. La novia estaba con su familia fuera de la ciudad.
Me acosté en la cama. Puse algo en el celular, una de esas páginas. Ya saben. Y pues la cosa se puso seria. Me bajé el pantalón y el boxer. Ahí estaba, parada, como de costumbre. No es por echarme flores, pero sí, me mide lo que dice el título. Dieciocho, a veces un poco más si estoy muy prendido.
Me puse a jalármela. Tranquilo, sin prisa. La puerta de mi cuarto no estaba cerrada con seguro, solo estaba empujada. No le pongo seguro casi nunca, para qué, si vivimos nosotros cuatro nomás.
Estaba en lo bueno, imaginándome a una vecina que siempre trae unos shorts muy apretados, cuando de repente la puerta se abrió. No fue un golpe, fue como un empujón suave. Y ahí apareció Andrea.
Se quedó parada en el marco, con los ojos como platos. Yo me congelé. La verga en la mano, todavía palpitando. No supe qué hacer. Ni taparme, ni decir algo. Solo me quedé viéndola.
Ella tampoco dijo nada al principio. Se le veía la cara colorada. Pero sus ojos… sus ojos no se iban de ahí. De mi verga. Se le quedó viendo fijo, como si no pudiera creerlo.
“Perdón”, dijo al fin, pero no se movió. “No sabía que estabas…”
“Está bien”, logré decir. Mi voz sonó rara. “Cierra la puerta”.
Pero ella no cerró. Dio un paso adentro. “Es que… está grande”.
Eso me lo habían dicho antes, pero que mi hermana lo dijera… fue un golpe raro. No me enojó. Me dio como un calor en el estómago.
“Sí, pues”, dije, y ya no supe si taparme o qué.
“¿Puedo… ver más de cerca?”, preguntó. Y eso sí me sacó de onda.
“¿Qué?”
“Es que nunca he visto una así… tan de cerca. De un hombre de verdad”.
Yo me reí, nervioso. “¿Y tus novios?”
“Esos pendejos no cuentan”, dijo, y se acercó un paso más. Ya estaba a un metro de la cama. “¿Puedo?”
Me quedé callado un segundo. Esto estaba mal. Lo sabía. Pero la verga, todavía dura en mi mano, parecía tener otra opinión. “Sí”, dije.
Ella se acercó más. Se arrodilló al lado de la cama. Sus ojos a la altura de mi verga. La miró con una curiosidad que no era normal. “¿La puedo tocar?”
“Andrea…”, dije, pero fue un decir su nombre nomás, sin fuerza.
“Por favor”.
Asentí con la cabeza. No podía hablar.
Ella alargó la mano. Sus dedos, delgados, con unas uñas pintadas de rosa, tocaron la punta. Un roce suave. Sentí un escalofrío. Luego agarró la verga con toda la mano. No la cubría, era grande. La apretó un poco.
“Está muy caliente”, dijo.
“Sí”, fue todo lo que pude decir.
Ella empezó a mover la mano, arriba y abajo, lento. Copiando lo que yo hacía antes. Pero era diferente. Su mano era más suave, más pequeña. Me estaba dejando loco.
“¿Te la chupo?”, preguntó de repente. Como si nada. Como si me ofreciera un vaso de agua.
Yo abrí los ojos bien. “¿Qué?”
“Quiero ver cómo sabe. Si no, no pasa nada”.
Mi cabeza decía que no. Que esto era una línea que no se cruzaba. Pero mi cuerpo… mi cuerpo ya estaba tomando decisiones por su cuenta. La verga palpitó en su mano, como diciendo que sí.
“Sí”, salió de mi boca. “Pero si no quieres, paras”.
Ella no contestó. Solo se acercó más. Inclinó la cabeza. Y abrió la boca.
Cuando sentí su boca caliente alrededor de la cabeza, casi me vengo ahí mismo. Fue un shock eléctrico. Sus labios eran suaves. Se la metió más, tratando de acomodarla. No le cabía toda, claro, pero metió como la mitad.
Empezó a chupar. Lento al principio, luego con más seguridad. Metía la lengua, jugaba con la punta. Una mano la agarraba por abajo, la otra se posó en mi muslo.
“Está buena”, dijo, separándose un segundo. Tenía un hilo de baba que le unía la boca con mi verga. “Sabe a… a hombre”.
Volvió a metérsela. Esta vez más profundo. Hacía un sonido como de sorber. Sus manos apretaban mis muslos. Yo me recosté en la almohada, mirando el techo, sin poder creer lo que estaba pasando. Mi hermana. Mi hermana menor, chupándomela como una profesional.
“Así, así”, gemí, sin poder evitarlo. Le metí las manos en el pelo, no para empujarla, solo para tocarla. Su pelo era suave, largo.
Ella se puso más salvaje. Se la metía hasta la garganta, ahogándose, pero no paraba. Bajó una mano a mis huevos, los masajeó. Yo ya no podía más.
“Me voy a venir”, avisé, con la voz ronca.
Ella no se separó. Al contrario, se metió aún más. Sus ojos me miraban desde abajo, llorosos por el esfuerzo.
Y yo me vine. Fue una corrida larga, fuerte. Sentí cómo la leche salía a chorros, directo a su garganta. Ella tragó. Tragó todo. Se la notaba en la garganta, moviéndose. Cuando terminé, se separó. Tenía un poco de leche en la comisura de los labios. Se la limpió con el dedo y se lo metió a la boca.
“Sabía rico”, dijo, y sonrió. Una sonrisa tímida, pero con algo más detrás.
Yo estaba sin aire. Sin palabras. Mi verga, ahora medio flácida, brillaba con su saliva y un poco de mi leche.
“No sabía que te gustaba tanto”, dije al fin.
“Tampoco yo”, dijo ella. Se sentó en el borde de la cama. “Pero viéndote… me dio curiosidad. Y luego… me gustó”.
Nos quedamos callados un rato. Se escuchaba la música de su cuarto, bajita.
“Podemos coger, si quieres”, dijo de repente. Así, como si nada.
“¿Qué?”
“Coger. Tú y yo. Ahora que no hay nadie”.
“Andrea, eso ya es… mucho”.
“¿Por qué?”, preguntó. Se acercó más. “Ya hicimos una cosa. La otra no es tan diferente. Y quiero saber cómo se siente. Contigo”.
“Somos hermanos”, dije, pero sonó débil, incluso para mis oídos.
“Y qué”, dijo ella. Su mano volvió a mi verga, que bajo su toque empezó a despertar otra vez. “Aquí nadie lo va a saber. Es nuestro secreto”.
Miré su cara. Tenía diecinueve años. Siempre la vi como una niña. Pero en ese momento, con los labios hinchados de chuparme, la mirada decidida… no era una niña. Era una mujer. Y me estaba pidiendo algo que yo, en el fondo, también quería.
“¿Estás segura?”, pregunté.
“Completamente”.
“Y si duele…”
“No me va a doler”, dijo. “Ya estoy mojada. De solo chuparte, me mojé toda”.
Eso me terminó de convencer. O de perder. No sé.
“Está bien”, dije.
Ella sonrió, una sonrisa ancha, de triunfo. Se puso de pie. Se quitó los leggings que traía puestos. Debajo no traía nada. Se quitó la playera y el sostén. Quedó completamente desnuda frente a mí.
Tenía un cuerpo bonito. Joven, firme. Las tetas no muy grandes, pero perfectas. Y abajo, un triángulo de vello oscuro, bien recortado. Estaba empapada, se le veía brillar.
Se subió a la cama. Se puso encima de mí, a horcajadas. Agarró mi verga, que ya estaba otra vez como un poste, y la posicionó en su entrada.
“Listo?”, preguntó.
“Listo”, dije.
Y bajó. Me la metió toda, de un solo movimiento. Estaba tan mojada que no hubo resistencia. Solo calor. Un calor increíble, apretado.
“Ay, Dios”, gimió ella, y cerró los ojos. “Está… enorme”.
Empezó a moverse. Arriba y abajo, lento al principio. Yo la agarré de las caderas para guiarla. Sus tetas botaban con cada movimiento. Ella gemía, bajito, con los ojos cerrados.
“¿Te gusta?”, pregunté.
“Mucho”, dijo. “Más de lo que pensé”.
La velocidad aumentó. Ahora ella se movía con más fuerza, clavándose en mí. Yo ya no pude quedarme quieto. La volteé, poniéndola debajo de mí.
“Así”, dije, y me puse entre sus piernas. Empecé a cogerla. Fuerte, profundo. La cama chirriaba. Ella gritaba, pero ahogaba los gritos en la almohada.
“Más duro”, suplicó. “Dámelo más duro, hermano”.
Esa palabra, “hermano”, en ese contexto, me prendió como nada. Le di más duro, más rápido. Sentía cómo sus uñas me clavaban en la espalda.
“Me voy a venir otra vez”, avisé.
“Adentro”, dijo ella, sin dudar. “Quiero sentirte adentro”.
Y así fue. Con un gruñido, me vine, bombeando mi leche dentro de ella, mientras ella también se venía, temblando y gritando mi nombre.
Nos quedamos ahí, jadeando, pegados por el sudor.
“Esto no puede volver a pasar”, dije después, cuando pude hablar.
“Claro que puede”, dijo ella, y me sonrió. “Cuando quieras”.
Y desde entonces, pues… ha pasado. Varias veces. Cuando la casa está sola. Es nuestro secreto. Nuestro pecado rico. Y la verdad, no sé cuándo va a parar. O si quiero que pare.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.