Mi fantasía más oscura
voy a contar una vaina que me tiene loca hace tiempo. Es una fantasía, ¿okey? No juzgues. Yo sé que suena heavy, pero es que a veces a una le da por pensar en cosas que le revuelven todo por dentro.
Yo siempre he sido clara: me gusta el sexo, me gusta probar, y me gusta que me den duro. Pero hay un pensamiento que me viene, sobre todo cuando estoy en un bar, con una copa en la mano, viendo pasar a los tipos.
Mi fantasía es esta: estar ahí, tranquila, con un vestido que se me marque todo, tomando un trago. Y que de repente, un tipo, o varios, me pongan algo en la bebida. Algo que me dé sueño, que me ponga blandita, que me quite las fuerzas pero no la conciencia. Que me vea todo pero no pueda reaccionar.
Y que después, ese hombre, o esos hombres, me carguen. Que me saquen del bar como si estuviera borracha, que me metan en un carro, y que me lleven a un lugar que no conozco. Un cuarto, un depósito, algo así. Y ahí, que me usen. Como se les antoje. Que hagan conmigo lo que quieran.
Obvio, todo esto planeado, mi vida. Con un hombre de confianza, con una señal, con todo arreglado de antemano. Porque yo no soy loca, ¿me entiendes? Pero la idea… la idea de perder el control totalmente, de ser un juguete, de que mi cuerpo sea usado para el puro placer de otro… eso me calienta de una manera que no te imaginas.
Le conté esto a una amiga una vez y se puso pálida. «Cristina, eso es muy fuerte,» me dijo. Pero otra amiga, la que es más abierta, me entendió al toque. «Es el morbo de la entrega total,» me dijo. Y tiene razón.
Total, que hace un mes conocí a un tipo. Se llama Alejandro. Lo conocí en un evento de esos de networking, pero la química fue instantánea. Es alto, ancho, con una mirada que te atraviesa. Hablamos, nos reímos, y de repente, en medio de la conversación, le solté la bomba.
«Tengo una fantasía bien rara,» le dije, tomando un sorbo de mi vino.
«¿Cuál?» me preguntó, sin pestañear.
Se la conté. Tal cual. Sin adornos. Que quería que me durmieran y que me usaran.
Él me miró fijamente. No se rió. No me juzgó. Solo asintió, lento.
«¿Y si yo te digo que puedo hacer que eso pase?»
Marica, se me heló la sangre y se me calentó la pepa al mismo tiempo.
«¿En serio?»
«En serio. Pero tenemos que planearlo todo. Cada detalle. Y tú vas a tener una palabra de seguridad. Si la dices, todo para.»
Eso me convenció. La palabra de seguridad era «guayaba». Si la decía, todo se acababa.
Acordamos todo por mensaje después. El lugar, la hora, la ropa que iba a llevar. Un vestido rojo, escotado, corto. Sin ropa interior. Nada. Y unos tacones altos, negros.
El día llegó. Yo estaba nerviosa, pero más excitada que nerviosa. Me puse el vestido, me maquillé, y me fui al bar que habíamos acordado. Un sitio medio escondido, no muy lleno.
Alejandro ya estaba ahí, en la barra. Me saludó como si fuéramos dos conocidos cualquiera. Me senté a su lado.
«¿Todo bien?» me preguntó.
«Todo bien,» dije, y sonreí.
Él pidió dos tragos. Un mojito para él, y un daiquiri para mí. El barman los preparó y nos los dio. Alejandro tomó el mío antes de que yo lo tocara.
«Un momento,» dijo, y sacó un pequeño sobrecito de papel del bolsillo. Lo abrió y dejó caer un polvito blanco en mi trago. Me miró a los ojos. «Es esto lo que quieres?»
Asentí. Mi corazón latía tan fuerte que creí que se me salía del pecho.
Él revolvió el trago con la pajilla y me lo pasó. «Salud,» dijo.
«Salud,» repetí, y bebí. Todo. De un solo trago. Sabía normal, un poco más amargo quizás.
Empecé a hablar, a reírme de cualquier cosa, pero por dentro contaba los segundos. A los cinco minutos, empecé a sentirme rara. La luz del bar se volvió más brillante, los sonidos más lejanos. Mis párpados pesaban.
«Me siento… raro,» le dije a Alejandro.
«Es normal,» dijo él. Su voz sonaba como si viniera de un túnel.
Intenté levantarme, pero mis piernas no respondían. Él se puso de pie y me agarró del brazo. «Creo que ya es hora de irte a casa, amiga,» dijo, en voz alta, para que los demás escucharan.
No podía protestar. No podía hablar bien. Mis palabras salían arrastradas. Él me puso un brazo sobre sus hombros y me sacó del bar. La noche afuera estaba fresca. Me metió en la parte de atrás de una camioneta negra que estaba esperando.
Adentro había otro hombre. No lo conocía. Era más joven, pelo corto, y me miró con unos ojos azules que me atravesaron.
«Esta es ella?» preguntó el desconocido.
«Sí,» dijo Alejandro. «Todo listo.»
El desconocido asintió. La camioneta arrancó. Yo estaba recostada en el asiento, mirando el techo, sintiendo cómo el mundo se movía a cámara lenta. Podía pensar, pero no podía moverme. Sentía todo, pero mi cuerpo era de plomo.
Ellos hablaban entre ellos, como si yo no estuviera.
«Se ve buena,» dijo el desconocido.
«Sí. Y es una brava. Te va a gustar.»
«¿Está despierta?»
«Sí. Pero no puede moverse. Siente todo.»
Eso me excitó aún más. Lo oía todo. Sabía lo que estaba pasando. Y no podía hacer nada.
La camioneta se detuvo después de un rato. Bajamos. Era un edificio industrial, viejo. Alejandro me cargó en brazos, como si fuera una muñeca. Subimos por unas escaleras y entramos en un cuarto grande, vacío, con un colchón negro en el piso y unas luces tenues.
Me dejaron en el colchón. Yo me hundí en él. Podía verlos a los dos, parados sobre mí, mirándome.
«Empecemos,» dijo Alejandro.
El desconocido se arrodilló a mi lado. Me abrió las piernas. Mi vestido rojo ya estaba arriba de mi cintura. Yo estaba completamente expuesta.
«Coño, está empapada,» dijo el desconocido. Metió dos dedos en mi pepa y los sacó brillantes. Me los mostró a Alejandro.
«Ya te dije,» dijo Alejandro. Se estaba desabrochando el cinturón.
El desconocido bajó la cabeza y me puso la boca en mi pepa. No podía creerlo. Su lengua era caliente, viva, y empezó a lamer, a chupar, a meterse en mi. Yo quería gemir, pero solo me salió un sonido ronco, ahogado.
Alejandro se bajó los pantalones. Su verga salió, dura, imponente. Morena, gruesa, con las venas marcadas. Se acercó a mi cara.
«Ábrela,» dijo.
Yo no podía. Mi boca no respondía. Él me la abrió con los dedos y me metió la punta de su verga. La sentí grande, salada. Empezó a bombear, metiéndosela y sacándosela de mi boca, mientras el otro tipo seguía comiéndome el coño.
Era una sensación brutal. Placer por todos lados. Boca, pepa, todo al mismo tiempo. No podía moverme, pero sentía cada lamida, cada embestida. Mis ojos se llenaron de lágrimas, de puro placer.
Después de un rato, cambiaron. Alejandro se puso entre mis piernas y el desconocido se paró frente a mi cara.
«Ahora te va a doler un poco,» dijo Alejandro, y sin más, me metió su verga entera de una.
Yo grité por dentro. Era enorme, me llenaba toda. Pero el dolor se mezclaba con un placer tan intenso que me hizo revirar los ojos. Él empezó a cogerme, duro, rápido, agarrándome de las caderas. El colchón chirriaba con cada movimiento.
El desconocido metió su verga en mi boca otra vez. Esta vez era más delgada, pero larga. Me llegaba hasta la garganta.
Estaba siendo usada por completo. Un tipo en mi boca, otro en mi pepa. Y yo, ahí, entregada, sin poder hacer nada más que sentir.
Alejandro aceleró. Sabía que se iba a venir. «Te voy a llenar, puta,» dijo, y sentí su verga palpitar dentro de mí. Un chorro caliente, luego otro, llenándome por dentro.
Cuando terminó, se salió. Yo sentía su leche escurriéndome por los muslos.
El desconocido se corrió en mi boca. Un sabor salado, amargo, que me obligué a tragar porque no podía escupir.
Se separaron. Los dos jadeando. Yo seguía tirada, hecha un desastre, llena de ellos.
Alejandro se acercó y me acarició la cara. «¿Estás bien? ¿Quieres que pare?»
Intenté decir «no». Quería más. Pero solo pude mover un poco la cabeza.
Él entendió. «Okey. Una ronda más.»
Y así fue. Usaron mi cuerpo otra vez. Esta vez me pusieron de lado, me metieron un dedo en el culo mientras me cogían, me llenaron la cara, los pechos. No dejaron un centímetro de mí sin tocar, sin lamer, sin poseer.
Cuando por fin pararon, yo ya podía mover un poco los dedos. La sensación estaba volviendo.
Alejandro me ayudó a sentarme. Me dio agua.
«Guayaba?» me preguntó, en serio.
«No,» pude decir, con la voz ronca. «No.»
Me ayudó a vestirme, con cuidado. El desconocido ya se había ido.
«¿Cómo te sientes?» me preguntó Alejandro en el carro, de regreso a mi casa.
«…Increíble,» dije. Y era la verdad. Estaba adolorida, llena, pero feliz. Mi fantasía se había hecho realidad. Y había sido mejor de lo que imaginé.
Él me dejó en la puerta de mi casa. Me dio un beso suave en la frente. «Hablamos,» dijo.
Entré a mi apartamento, caminando con dificultad. Me miré en el espejo. El vestido rojo arrugado, el maquillaje corrido, los ojos brillantes.
Sonreí. Fue intenso, sí. Fue heavy. Pero carajo, qué rico fue. A veces, entregarse por completo es la mejor manera de encontrarse a una misma. Y bueno, si la fantasía incluye dos vergas de ese tamaño, ¿quién soy yo para quejarme?


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