Mi fantasía en la playa nudista
Imagínate, una playa donde nadie te juzga, donde podés andar con las tetas al aire y el culo al viento, sintiendo la brisa en todos esos lugares que normalmente tengo escondidos. Aquí en Perú no hay de esas playas, todo el mundo es bien mojigato, pero en mis sueños ya me veo ahí, viviendo la locura.
Llegaría temprano, con un vestidito super corto y nada debajo, obvio. Caminaría por la arena sintiendo cómo el sol ya me calienta la piel, buscando el spot perfecto. Vería a la gente, algunos viejos tranquilos, parejas jóvenes, algunos tipos buenos… todos en bolas, como dios los trajo al mundo. Al principio me daría un poco de cosa, no voy a mentir, pero después de unos minutos, la adrenalina me ganaría.
Encontraría mi lugar, lejos pero no tanto, para que me vean. Extendería mi toalla despacio, con movimientos deliberados, sabiendo que algunos ojos ya me están mirando. Me pondría de pie, de espaldas a la mayoría, y con las manos detrás del cuello, desataría lentamente la cinta del bikini. Sentiría cómo la tela se me despega de las tetas, dejándolas libres. El aire en mis pezones sería un choque eléctrico, se me pondrían duros al toque. Después, agarraría la parte de abajo y, doblando la cintura para que se me marque el culo, me la bajaría hasta los tobillos. Ahí estaría, completamente desnuda por primera vez en un lugar público, sintiendo el sol en todo el cuerpo, en la pepa, en las nalgas… una locura.
Me acostaría boca arriba, abriendo las piernas solo un poquito, suficiente para que el que esté mirando con ganas pueda ver un destello de mis labios. Cerraría los ojos, fingiendo dormir, pero en realidad estaría super consciente de cada mirada que me recorre. Sentiría cómo mi chocha se empieza a humedecer, no solo por el calor, sino por la excitación de saber que me están viendo, que me desean.
Después de un rato, me levantaría y caminaría hacia el mar. Caminar desnuda por la arena, sintiendo cómo todos me miran, cómo los hombres se ajustan la verga al verme pasar, cómo algunas mujeres me miran con envidia o con las mismas ganas que los tipos. Entraría al agua, sintiendo el frío en las tetas, en el vientre, y cuando el agua me llegara a la cintura, me sumergiría completamente. La sensación del agua salada en toda mi piel, en mi vagina… sería increíble. Saldría del agua mojada, con el pelo pegado a la espalda, las tetas goteando, y mi pepa brillando bajo el sol. Me sacudiría un poco, como en cámara lenta, para darles un show a los que todavía no se han corrido viéndome.
De vuelta en mi toalla, sacaría el bloqueador. Esta es la parte que más me prende. Me pondría boca abajo primero, y con voz que todos alrededor escuchen, diría: «¿Alguien me ayuda con la espalda?». No tardaría ni dos minutos en que un tipo se acercara. «Yo te ayudo, nena», diría, con una voz ronca. Sus manos, grandes y callosas, tomarían el bloqueador. Empezaría en mis hombros, masajeando fuerte, bajando por toda mi espalda. Yo gemiría suavemente, para que sepa el efecto que me está haciendo. Sus dedos bajarían hasta el comienzo de mis nalgas, y se detendrían ahí, tentándome, rozando la raya. «¿Hasta abajo?», preguntaría, y yo, sin voltear, le diría: «Donde quieras».
Sus manos se abrirían camino entre mis nalgas, untando el bloqueador en cada centímetro de mi culo. Apretaría mis carnes, hundiendo los dedos, y yo me mordería el labio para no gemir muy fuerte. Después me daría la vuelta. Ahí estaría, completamente expuesta frente a él, mis tetas al aire, mi vagina a sus pies. Sus ojos se clavarían en mi chocha, que ya estaría palpitando. Empezaría a untar el bloqueador en mi escote, masajeando mis tetas con excusa, pasando los pulgares sobre mis pezones duros. «Tienes un cuerpo perfecto», murmuraría, y sus dedos bajarían por mi vientre, muy lentos, hasta llegar justo arriba de mi monte de Venus. «¿Aquí también?», preguntaría, con una sonrisa pícara. Yo solo asentiría, con la respiración entrecortada.
Sus dedos, ahora cubiertos de bloqueador, bajarían y empezarían a esparcirlo sobre mis labios vaginales. Un roce suave al principio, después más firme, rozando mi clítoris sin entrar. Yo arquearía la espalda, gimiendo, ya sin importarme quién escucha. La gente alrededor estaría mirando disimuladamente, algunos sin disimular nada. Él se inclinaría y me susurraría al oído: «Te quiero comer aquí mismo». Yo le agarraría la mano y la guiaría para que meta un dedo. «Ahora», le rogaría.
Sentiría su dedo entrando en mí, llenándome, moviéndose dentro mientras su pulgar sigue frotando mi clítoris. Estaría al borde del orgasmo, ahí, en plena playa, con decenas de personas como testigos. «No aquí», jadearía, «llevame a donde podamos estar solos». Él asentiría, con los ojos brillantes de lujuria, y me ayudaría a levantarme. Caminaríamos por la arena, yo desnuda y con su dedo todavía dentro de mí, hacia unas rocas grandes que habría al final de la playa.
Detrás de las rocas, estaría semi-escondidos, pero todavía con el riesgo de que alguien nos descubra. Él me empujaría contra la piedra caliente y me besaría con una hambre animal. Su boca bajaría por mi cuello, mis tetas, chupando y mordiendo mis pezones hasta que yo gritara. Después se arrodillaría y, sin avisar, enterraría su cara en mi chocha. Su lengua sería una máquina, lamiendo, chupando, metiéndose en mi hueco, devorándome entera. Yo me agarraría de las rocas, gritando, moviendo las caderas contra su boca, mientras miro por encima de su hombro y veo a un par de personas mirándonos desde lejos, sin hacer nada para esconderse. Eso me prendería más.
«Quiero tu verga», le rogaría, ya no pudiendo más. Él se pararía y yo vería por primera vez su miembro, duro y listo. Me daría vuelta, apoyando las manos en la roca, presentándole mi culo. «Por acá también quiero», le diría, mirándolo por encima del hombro. Él escupiría en su mano y embarraría su saliva en mi ano y en su verga. La presión de la punta en mi culo sería intensa, pero con el calor y la excitación, el dolor se transformaría en puro placer. Me la metería entera, y los dos gemiríamos al mismo tiempo. Empezaría a cogerme por atrás, agarrándome de las caderas, mientras con una mano me masajea la chocha por delante.
Los sonidos de nuestros cuerpos chocando se mezclarían con las olas. Yo gritaría como una loca, diciéndole de todo: «¡Dame más duro, papi! ¡Rompe este culo! ¡Soy tu puta!». La gente desde la playa nos estaría viendo, algunos se estarían tocando ellos mismos. La idea de ser el espectáculo de todos me llevaría al borde. «Me voy a venir», gritaría, y él, jadeando, respondería: «Yo también».
Justo en ese momento, vería a una mujer rubia, también desnuda, acercándose. Se quedaría mirándonos, con una mano en sus propios senos y la otra entre sus piernas. «¿Puedo unirme?», preguntaría, con una voz sedosa. Yo, enloquecida, asentiría. Ella se arrodillaría frente a mí y empezaría a chuparme los pechos, mientras el hombre seguía dándome por el culo. Era demasiado, la lengua de ella en mis tetas, la verga de él en mi trasero, las miradas de la playa sobre nosotros… no pude aguantar más. Un orgasmo brutal me sacudió, temblé y grité como nunca, y eso hizo que el hombre se corriera dentro de mi culo, llenándome caliente.
Cuando él se salió, la mujer se puso de pie y me besó, pasándome el sabor de mis propios pechos y de su boca. «Tu turno», me susurró, y se recostó contra la roca, abriendo las piernas. Yo, sin pensarlo dos veces, me arrodillé y enterré mi cara en su vagina, chupándola con la misma furia con la que me habían comido a mí. Su sabor era dulce, diferente al mío, y sus gemidos me guiaban. La hice venir rápido, y cuando terminó, nos quedamos las dos jadeando, con el tipo mirándonos, ya medio flácido pero con una sonrisa de satisfacción.
Nos vestimos… bueno, yo me puse mi vestido, y volvimos a la playa por separado. La gente nos miraba con complicidad, algunos nos sonreían. Me acosté en mi toalla, agotada, con el sabor de la mujer en mi boca y la leche del hombre goteando de mi culo. El sol se estaba poniendo, y yo, ahí, completamente satisfecha, sabía que esta fantasía, aunque solo en mi cabeza por ahora, era la más rica que había tenido. Ojalá algún día, huevón, ojalá. Mientras tanto, me tocará seguir soñando y tocándome en mi cuento, imaginando que esa playa nudista existe y que hay un hombre o una mujer esperándome para darme hasta no poder más.


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