Mi día en la tienda con el culo tapado
Niños tenía tiempo sin venir.
Tengo que contarles esto porque si no reviento. Fue una de las cosas más ricas y más locas que he hecho, y eso que he hecho varias, jajaja. Yo creo que fue la semana pasada, o antepasada, no me acuerdo bien porque ando con la cabeza en tantas cosas, pero bueno, eso no importa.
La cosa es que tengo ese trabajo en la tienda, ¿ya saben? Vendo ropa, atiendo a la gente, todo normal. Y ese día, no sé por qué, me levanté con una calentura que no era normal. Mi novio, el chibolo, se había ido temprano a su trabajo y yo me quedé en la cama, pensando. Y de repente se me ocurrió. Tengo ese buttplug, el negro, el que es grueso de abajo y con una base que parece un corazoncito. Lo compré hace como un mes por internet, por pura curiosidad, y solo lo había usado una vez en la casa.
Pero ese día dije: hoy sí. Hoy me lo voy a poner y me voy a ir a trabajar así. ¡Qué locura, no! Pero la idea me prendió mucho. Pensar en que toda la gente me iba a ver ahí, toda seria, arregladita, vendiendo blusas y pantalones, y yo con el culo lleno… ay, no.
Bueno, primero la preparación. Después de bañarme, me puse cremita, mucha, porque no quería que me doliera. Y ahí, en el cuarto, frente al espejo, me lo empecé a meter. Ufff, al principio costó. Es grande, ese maldito. Pero poco a poco fue entrando. Hasta que pop, ya estaba adentro. La sensación… ay, Dios, es que no se puede explicar. Te llena todo, pero no es como una verga, es distinto. Es como tener algo pesado y grueso ahí, que te recuerda todo el tiempo que estás haciendo algo malo, jajaja.
Me vestí. Me puse un pantalón de vestir, esos negros que me quedan apretaditos en el culo, y una blusa elegante. Me miré al espejo. Parecía una profesional, de esas que trabajan en oficina. Nadie, nadie iba a sospechar.
Salí de la casa y el solo caminar hasta la parada del bus… uf, cada paso lo sentía. El condenado se movía un poquito con cada movimiento. Era como si me estuviera recordando: “aquí estoy, María, aquí en tu culo”. Yo iba tratando de poner cara normal, pero por dentro estaba que hervía.
Llegué a la tienda. Abrí, como siempre. Todo tranquilo. El primer rato fue como de costumbre. Pero cuando me senté en la silla de la caja, ay, Jesús. Al sentarme, el buttplug se metió más profundo. Se acomodó de una manera que me hizo cerrar los ojos un segundo. Un calorcito rico me subió por toda la espalda.
Empezó a llegar gente. Yo atendía, sonreía, mostraba precios. “Sí, señora, esa blusa le queda perfecta”. Y todo el tiempo, sentía el peso en mi trasero. Cada vez que me inclinaba para agarrar algo de un cajón más bajo, sentía cómo se movía. Cada vez que me daba la vuelta para buscar una talla, lo sentía rozar por dentro. Era una tortura rica, deliciosa.
Un señor mayor vino a comprar algo para su esposa. Yo estaba ahí, explicándole las diferencias de tela, y de repente, al moverme, el maldito plug me dio como un toque justo en un punto… ahí… ese puntito que hace que se te pongan los pelos de punta. Tuve que agarrarme del mostrador. Creo que hasta suspiré.
“¿Se siente bien, señorita?”, me preguntó el viejo.
“Sí, sí, perfectamente. Es que a veces me da un poco de calor”, le dije, y me reí nerviosa.
Él se fue y yo me quedé ahí, apoyada, respirando hondo. Mi pepa estaba mojada. Lo sentía. El pantalón debía estar manchado, pero era negro, así que no se notaba.
La cosa se puso más heavy cuando vino un chibolo a comprar. Un muchacho joven, de unos veintipocos, bien buenmozo. Alto, con unos ojos verdes. Me pidió que le mostrara unos jeans. Yo me agaché para sacar unos del estante bajo, y al hacerlo, el plug se movió otra vez. Esta vez fue más fuerte. Casi gimo.
Me paré y el chico me estaba mirando. No a los ojos. A mis tetas. Y luego bajó la mirada a mis caderas, a mi culo. Y sonrió. Una sonrisa que no era inocente.
“Esos jeans le quedan bien también a usted”, me dijo.
Yo me reí, tratando de no sonar nerviosa. “Gracias. ¿Qué talla necesita?”.
“La mía es 32”, dijo, pero no quitaba los ojos de mí.
Mientras buscaba la talla, sentía su mirada en mi espalda. Era como si me estuviera desnudando con los ojos. Y yo, con el culo lleno, me excitaba más. Le pasé los jeans y nuestras manos se tocaron. Fue un segundo nada más, pero sentí una corriente.
“¿Tiene probador?”, preguntó.
“Sí, allá atrás”, le dije, señalando.
Él se fue a probarse los jeans. Yo me quedé en el mostrador, temblando. Me senté otra vez en la silla y, casi sin pensarlo, me moví un poquito. Sólo un poquito, rozando el asiento. La presión del plug cambiaba… ay, qué rico. Empecé a moverme muy despacito, casi sin darme cuenta, frotando mi culo contra la silla. Mi respiración se puso más fuerte.
De repente, escuché una voz. “¿Señorita?”.
Casi me da un infarto. Era el chico. Ya se había cambiado. Estaba parado a dos metros de mí, con los jeans puestos. Y me miraba con una expresión rara. Como si hubiera visto algo.
“¿Le quedan bien?”, pregunté, tratando de sonar normal.
“Sí, perfecto”, dijo. Pero no se movía. “¿Está segura de que se siente bien? Se le ve… agitada”.
“Es el calor”, repetí, como pendeja. “Mucho calor hoy”.
“Sí”, dijo él. Y se acercó más al mostrador. Ahora estaba muy cerca. Podía oler su colonia. “Parece que de verdad le afecta el calor”.
No supe qué decir. Solo lo miraba. Él apoyó las manos en el mostrador, inclinándose un poco hacia mí. Sus ojos verdes me atravesaban.
“A veces el calor se quita con… una buena ventilación”, dijo, y su tono no dejaba lugar a dudas. No estaba hablando del clima.
Yo me quedé sin palabras. Debajo del mostrador, apreté las piernas. El plug parecía haberse vuelto más grande, más caliente.
“Yo termino a las seis”, se me salió decir. No lo planeé. Simplemente salió.
Él sonrió, una sonrisa ancha, victoriosa. “Yo también. ¿Qué tal si nos tomamos un café para refrescarnos?”.
Asentí. No podía hablar. Él pagó los jeans, le di la bolsa, y se fue con un “hasta luego” que sonó a promesa.
El resto de la tarde fue una agonía deliciosa. Cada movimiento, cada vez que me sentaba, cada cliente al que atendía, era con la conciencia de que tenía eso ahí. Y ahora, además, con la expectativa de lo que iba a pasar a las seis.
Cuando por fin cerré la tienda, eran las seis y cuarto. Salí y él estaba ahí, esperando, apoyado en su moto. Me vio y se acercó.
“Pensé que te habías arrepentido”, dijo.
“No”, dije, y era verdad. Mi voz sonaba ronca.
“¿Vamos a tu casa o a la mía?”, preguntó, directo.
“A la mía. Mi novio no llega hasta tarde”.
Subí a su moto, atrás de él. Al sentarme, el plug se acomodó de una manera tan… ufff. Tuve que agarrarme fuerte de su cintura. Él arrancó y cada bache, cada curva, hacía que esa cosa se moviera dentro de mí. Creo que gemí un par de veces, pero el ruido del motor lo tapaba.
En mi casa, ni bien entramos, me empujó contra la pared de la entrada y me besó. Fue un beso salvaje, con hambre. Sus manos me agarraron el culo y apretaron. Y al apretar, presionaron el plug más adentro.
“Ay!”, grité, pero en su boca.
“¿Qué tienes ahí?”, preguntó, separándose un poco, con los ojos brillando.
“Nada”, mentí, pero él no era tonto. Metió una mano entre mi culo y la pared y tocó la base del plug, el corazóncito que asomaba por encima del pantalón.
“Mentirosa”, dijo, y sonrió. “¿Toda la day trabajando con esto?”.
Asentí, avergonzada y excitadísima.
“Qué puta más rica”, gruñó, y me dio la vuelta, contra la pared. “Quiero verlo”.
Me bajó el pantalón y la tanga de un tirón. Ahí estaba, el plug negro, metido en mi culo, brilloso con la crema y mis jugos. Él lo tocó, lo hizo girar un poco. Yo gemí y apoyé la frente contra la pared.
“Sácatelo”, ordenó.
Yo, temblando, lo agarré y lo empecé a sacar. Fue lento, se sentía cada nervio, cada milímetro. Cuando por fin salió, con un sonido húmedo, los dos jadeamos.
Él se bajó el cierre de sus jeans y sacó su verga. Estaba enorme, dura, más grande que el plug. “Ahora lo de verdad”, dijo, y sin avisar, me la metió. En el culo, directo, donde acababa de estar el plug.
El dolor fue instantáneo, pero luego se transformó en un placer tan intenso que grité. Me llenó completamente. Y empezó a cogerme ahí, contra la pared de mi entrada, como un animal. Yo gemía, le pedía más, y él me daba, cada embestida más profunda.
“¿Te gusta que te coja el culo, puta? ¿Después de andar todo el día con el juguete?”, me decía al oído.
“¡Sí, sí, papi!”
Se vino dentro de mí, caliente, y yo me vine también, temblando, con las piernas sin fuerza.
Después, en el suelo, él me dijo: “Tienes que hacer eso más seguido. Ir a trabajar con el culo tapado. Y avisarme, para yo pasar a buscarte”.
Y yo, loca como soy, le dije que sí. ¡Qué vida más rica, Dios mío!


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