JHonatan

noviembre 21, 2025

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Mi cuñada me prende

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Mi cuñada, esa mujer que mi hermano trajo a la casa como si fuera un trofeo, me está volviendo malo. Se llama Gabriela, pero yo en mi mente le digo «la condenada», porque desde que la vi, supe que me iba a traer problemas.

Ella tiene un cuerpo que no es normal, pana. Unas caderas anchas, unas tetas que se le marcan con cualquier blusa, y un culo… coño, ese culo es una obra de arte. Redondo, firme, que se le ve perfecto hasta con unos jeans sencillos. Cada vez que viene a casa, que es casi todos los domingos para el almuerzo familiar, yo me quedo mirándola como un pendejo, imaginando cómo sería agarrarle esas nalgas y apretarlas hasta dejarle los dedos marcados.

Mi esposa, Carmen, ni se da cuenta. Está ahí, hablando con ella de recetas o de cualquier vaina de mujeres, y yo, el muy marrano, con la verga dura bajo la mesa, viendo cómo Gabriela se mueve, cómo se ríe, cómo se inclina para coger algo y me muestra, sin querer, ese culo que me quita el sueño.

Ya he empezado con mis pequeños juegos. El domingo pasado, por ejemplo, ella estaba en la cocina ayudando a Carmen, y pasó por al lado mío. Yo, rápido, le puse la mano en la cintura, como para hacerle espacio. Pero me quedé ahí un segundo de más, sintiendo la curva de su cadera bajo el vestido. Ella ni se inmutó, pana. Siguió como si nada, pero yo juré que se empinó un poquito, como ofreciéndome más.

Otra vez, estaba sentada en el sofá, y se le cayó el control de la tele. Cuando se agachó a recogerlo, el vestido se le subió un poco y vi la tira de su tanga, negra, marcándose bajo la tela. Me puse tan duro que tuve que quedarme sentado un buen rato, con un cojín encima, hasta que se me bajara la erección.

Pero lo peor, o lo mejor, es cuando me toca saludarla. Siempre le doy un beso en la mejilla, como es normal, pero últimamente me he puesto más atrevido. Le pongo la mano en la espalda baja, rozándole el comienzo del culo, y me acerco más de lo necesario. Ella huele a vainilla, a algo dulce, y su piel es suave, tan suave que me dan ganas de morderla.

La semana pasada, casi me descaro. Estábamos solos en la sala, porque Carmen y mi hermano habían salido a comprar más cervezas. Gabriela estaba recogiendo los vasos, y cuando pasó frente a mí, no pude evitarlo. Le di una nalgada. Suave, disimulada, pero una nalgada al fin. Ella se giró, con los ojos abiertos, y me miró. No era una mirada de enojo, pana. Era… de sorpresa, sí, pero también de curiosidad. «Jhonatan,» dijo, con una voz que no era de reproche. Y entonces, sonrió. Una sonrisa pequeña, pícara, que me dijo todo lo que necesitaba saber.

Desde ese día, las cosas cambiaron. Ahora, cuando nos vemos, hay una tensión que no estaba antes. Ella se viste más provocativa cuando sabe que voy a estar. Usa vestidos más ajustados, escotes más pronunciados. Y yo, el muy pendejo, caigo en su juego como un tonto.

Ayer, por ejemplo, me mandó un mensaje. «Oye, Jhonatan, ¿tú sabes de algún apartamento en alquiler? Un amigo está buscando». Yo, que soy vendedor de bienes raíces, le dije que sí, que podía mostrarle uno. Pero cuando pregunté cuándo, me dijo: «Mañana en la tarde, pero que sea solo tú. No quiero que tu hermano se entere y se ponga celoso».

Eso, pana, fue una invitación. Lo sé. Y mañana voy a ir, con la verga dura desde ya, pensando en lo que podría pasar.

Pero mientras tanto, aquí estoy, en mi oficina, con la puerta cerrada, jalándomela como un adolescente pensando en ella. En su culo, en sus tetas, en su boca. Me la imagino de rodillas, chupándomela, con esos labios pintados alrededor de mi verga. O encima mío, montándome, con esas tetas rebotando en mi cara. O de espaldas, con ese culo en el aire, pidiéndome que se lo meta hasta el fondo.

Es un riesgo, lo sé. Mi hermano es un tipo tranquilo, pero si se entera, me mata. Y Carmen… bueno, Carmen es mi esposa, la mujer con la que llevo ocho años. Pero esta calentura por Gabriela es más fuerte que yo.

Hoy, en el almuerzo, hizo algo que me dejó seco. Estaba sirviéndose más agua, y cuando pasó detrás de mi silla, rozó mi espalda con su pecho. Fue deliberado, pana. Lo sentí, el peso de sus tetas contra mí, aunque fuera por un segundo. Y cuando me miré con ella, me guiñó un ojo. Así, como si fuera una broma entre nosotros.

Ahora, no puedo dejar de pensar en mañana. En ese apartamento vacío, solo nosotros dos. He planeado todo. Llevaré condones, por si acaso. Y lubricante, porque sé que si me la cojo, quiero hacerlo por todos lados.

Me la imagino ahí, recostada en la barra de la cocina, con ese vestido rojo que usó el domingo pasado. «Muéstrame el cuarto principal,» me dirá, y cuando entremos, cerraré la puerta. «Gabriela,» le diré, «estamos solos». Y ella, en vez de asustarse, se reirá. «Ya era hora, Jhonatan».

La empujaré contra la pared y le daré un beso, un beso de esos que te dejan sin aire. Le agarraré las tetas, esas tetas que tanto he admirado, y las apretaré, sintiendo cómo los pezones se ponen duros bajo mi mano. Luego, bajaré, le levantaré el vestido y le arrancaré esa tanga que tanto me vuelve loco. La oleré, la saborearé, antes de tirarla al suelo.

Y cuando esté desnuda frente a mí, me arrodillaré y le chuparé ese culo que me tiene obsesionado. Le meteré la lengua entre las nalgas, sintiendo su sabor, su esencia. Ella gemirá, agarrándose del marco de la puerta, pidiéndome más.

«¿Quieres que te lo meta?» le preguntaré, y ella, con la voz quebrada, dirá que sí. La pondré a cuatro patas, en el suelo del apartamento, y le daré por detrás, agarrándola de las caderas, mirando cómo ese culo perfecto se mueve con cada embestida.

«Grita mi nombre,» le ordenaré, y ella lo hará, sin importarle quién pueda oír. «Jhonatan, más duro, papi, más duro».

Y cuando los dos estemos al borde, le pediré que se venga conmigo. «Vamos a corrernos juntos, puta,» le diré, y ella asentirá, con los ojos llenos de lujuria.

Después, nos quedaremos tirados en el suelo, jadeando, sabiendo que acabamos de cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás. Y lo peor, o lo mejor, es que sé que no será la última vez.

Mientras tanto, aquí sigo, con la verga en la mano, imaginando ese momento. Mañana puede ser el día, pana. O puede ser un desastre. Pero el riesgo, la emoción, la calentura… eso ya lo tengo. Y por ahora, con eso me conformo. Pero si todo sale como lo planeo, pronto les estaré contando cómo me cogí a mi cuñada en un apartamento vacío. Estén pendientes, que esta vaina se va a poner buena.

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