Mi amiga del call center
Hace algunos años, cuando yo tenía 20, empecé a trabajar en un call center y, entre los compañeros que estaban capacitándose junto conmigo, había una chica de estilo alternativo muy guapa con la que comencé a platicar y nos llevamos muy bien. Le gustaban los videojuegos, el cine y el rock, así que teníamos mucho de que hablar y rápidamente se volvió mi mejor amiga en el trabajo.
Ella tenía 22 años, era de estatura baja (~1.50mts.), piel morena clara, cabello castaño oscuro a los hombros, con ojos un poco rasgados, gafas de pasta negra y con un estilo de vestir algo tomboy, con ropa holgada y maquillaje muy ligero y natural.
La primera vez que me llamó la atención su físico fue cuando llegó en licras deportivas porque se le había hecho tarde en el gimnasio, se pegaban a sus torneadas piernas y cuando caminaba se podía ver cómo sus grandes nalgas se movían con cada paso que daba.
Poco a poco, con los meses, nos fuimos agarrando confianza, siempre comíamos juntos, nos hacíamos bromas en doble sentido y cosas así. Supe que los demás compañeros notaban que su actitud era diferente conmigo porque me comentaron que pensaban que ella era lesbiana porque siempre prefería platicar con los hombres y jugar futbolito o hockey de aire (que había en las áreas de break del trabajo) en lugar de juntarse con las demás chicas. Ella ya me había dicho que era bisexual porque en una ocasión los dos volteamos a ver a una chica con grandes pechos y sin brasier que pasó frente a nosotros y yo la atrapé viéndola.
Un día estábamos platicando por mensajes de texto y le dije que me había cancelado una chica con la que iba a salir, su respuesta me sorprendió un poco, pero no tanto por la confianza que se había hecho entre nosotros.
—¿Era para coger o cita normal? —me dijo.
—Para coger, pero se ocupó con algo de sus papás.
—Uy, te vas a quedar con los huevos azules (blue balls), amigo.
—Ya sé. Ni modo, a ver porno —le dije con sinceridad.
—No la desperdicies, mejor yo te ayudo.
—Jajaja ¿Mañana o qué? —sabía que podía jugar así con ella.
—Sí. ¿Nos salimos temprano?
—Va —le respondí pensando que seguíamos bromeando.
Al siguiente día, durante nuestra hora de comida, estábamos platicando en grupo como siempre y de repente mi amiga me hizo una seña con la cabeza para hablar lejos de los demás.
—Oye, yo no estaba jugando con lo que te dije ayer —me dijo sonriendo—, si quieres podemos ir a algún lado solos —pasó su dedo índice sobre mi abdomen varias veces mientras hablaba—. Yo no tengo pareja, tú no tienes novia.
—¿Nos vamos en el otro break? —le dije sonriendo, por dentro sentí como se aceleró mi pulso, su confianza era magnética.
—Trato —me dijo extendiendo su mano para que la estrechara sin dejar de sonreír.
Así fue que, cuando faltaban dos horas para salir del trabajo, simplemente nos fuimos de ahí, y como estábamos en el centro de la ciudad fue muy fácil caminar a un motel.
En cuanto entramos a la habitación comenzamos a besarnos, le quité el suéter holgado que llevaba y su ligera blusa interior negra (después me contó que siempre las usaba en lugar de brasier). Entonces pude ver los tatuajes en su torso, dos pequeños en las costillas cerca de sus pechos y uno grande que iba desde abajo de sus senos casi hasta su ombligo. Sus pechos se veían riquísimos, grandes, con piel un poco más blanca que el resto de su cuerpo y pezones grandes y cafés.
Debo confesar que siempre he sido un hombre más de tetas, pero en cuanto esta chica se puso en cuatro frente a mí esa idea cambió. Era un culo grande y muy bien formado, además ella sabía cómo provocar con él, se bajó el pantalón solo un poco mostrando el inicio de su calzoncito mientras arrojaba sus tenis a un lado, se arrodilló en la orilla de la cama después de quitarse el pantalón y me mostró sus hermosas nalgas cubiertas solo por un pequeño calzoncito negro.
—¿Te gusta? —me dijo con seguridad y coquetería en su voz, mientras me miraba sobre su hombro con las manos en la cama.
—Me encanta —respondí antes de abalanzarme sobre ese hermoso culo.
Empecé a besar cada centímetro de piel en esas nalgotas color canela, al poco tiempo le bajé el calzoncito hasta las rodillas y metí mi cara entre sus nalgas, metía mi lengua entre sus labios vaginales y podía sentir cómo iba escurriendo mientras ella gemía cada vez más fuerte. Luego, me levanté un poco y comencé a lamer su ano, abría sus nalgas con mis manos y hacía presión con mi lengua en la entrada de su culo.
—¡Ay, qué rico! —dijo entre gemidos—. Nunca me habían comido asi.
Después de unos minutos ella misma se abrió las nalgas con sus manos para que siguiera comiéndomela, sentía cómo restregaba su trasero contra mí. En un momento ella puso una de sus manos sobre la parte de atrás de mi cabeza y comenzó a jalarme hacia sus suaves nalgas.
Cuando sentí que me soltó, me levanté y me quité el pantalón y el bóxer junto con mis tenis, coloqué mi verga que ya estaba durísima entre sus gruesos muslos y rocé varias veces sus labios vaginales para lubricarme con sus fluidos y la saliva que aún escurría.
—Te la quiero chupar —me dijo mientras giraba para sentarse en la orilla del colchón—, la voy a probar con mis juguitos.
Enseguida, se quitó las gafas y las arrojó a una esquina del colchón junto con su teléfono, sostuvo mi pene con ambas manos y la vi sorprenderse un poco, abrió los ojos e hizo la cabeza un poco hacia atrás. Luego pasó su lengua varias veces por la punta y hacía pequeños círculos sobre mi glande, al poco tiempo metió todo lo que podía de mi verga en su boca, cuando llegó a la mitad se detuvo y me miró a los ojos, yo la tomé por la nuca y empujé su cabeza, mientras ella se sostenía de mis muslos, la vi poner los ojos en blanco mientras yo sentía cómo sus dientes rozaban la mitad del tronco de mi pene.
Cuando la vi toser y su saliva escurrió por las comisuras de sus labios, dejé de hacer presión y ella sacó mi verga de su boca rápidamente para tomar aire a bocanadas, mientras recuperaba el aliento me miró a los ojos sonriendo.
—Qué rico —me dijo antes de seguir nuevamente, ella lo metía lo más que podía y yo me masturbaba con su boca, empujando su cabeza contra mí.
Después de un rato de estar así, saqué mi verga y comencé a masturbarme.
—Chupa mis huevos —le dije mirándola a los ojos y ella me obedeció enseguida.
Mientras ella chupaba y mordía un poco mis testículos, yo dejé caer varias veces mi verga sobre su cara, la sostenía hacia arriba y dejaba caer todo el peso a lo largo de su cara entera, cada vez que lo hacía ella hacia un sonido entre gemido y gruñido, para luego lamer la parte de abajo de mi pene.
—No manches, está más grande que mi cara —me dijo sonriendo una de las veces que apoyé mi verga contra ella.
—Ponte en cuatro otra vez —le dije sosteniéndola por el cuello ligeramente después de un rato.
Ella asintió en silencio y me obedeció, ambos terminamos de quitarnos toda la ropa y me coloqué detrás de ese hermoso culote. La tomé por la cintura y le metí la verga lentamente, quería que sintiera cada centímetro abriéndose paso en ella, me excitó muchísimo escuchar sus suvaes quejidos.
—Quedate ahí tantito —me dijo cuando había llegado casi a la base.
Yo le acaricié la espalda y ella doblo los brazos para apoyarse en sus codos con la cabeza en la cama. Su culo parecía aún más grande al verla así por lo que comencé a darle algunas nalgadas y veía cómo se movía su trasero por la inercia.
Comencé a moverme con ritmo lento dentro de ella mientras la sostenía de la cadera, poco a poco fui aumentando el ritmo, con cada estocada podía escucharla gimiendo más y más fuerte.
—¡Así, sigue así! —gritó cuando le estaba dando duro mientras la nalgueaba.
Al poco tiempo sentí cómo me apretaba dentro de ella, metí todo lo que pude mi verga y sentí sus contracciones mientras ella gemía y gritaba temblando. Cuando su orgasmo pasó, yo me quedé quieto aún dentro de ella y comenzó a mover su trasero de arriba a abajo, sus nalgas se abrían como si fueran a aplaudir con mi verga entre ellas.
—Qué rica te ves haciendo eso —le dije acariciando sus nalgotas.
—¿Cómo me quieres coger ahora o seguimos así? —me dijo sonriendo sobre su hombro.
—Acuéstate —le respondí y ella me obedeció.
Se acomodó con la cabeza en las almohadas boca arriba y yo me puse entre sus piernas para volver a penetrarla. Sus grandes tetas se movían al ritmo con el que se la metía, verlas así era tan rico que no pude evitar amasarlas mientras seguía dentro de ella.
Cuando apreté un poco sus pezones que estaban duros como piedra, ella comenzó a gemir más fuerte y se aferraba a la sábana con las manos. Mientras seguía penetrándola le di algunos golpes en las tetas y de repente ella me tomó por el cuello y me jaló hacia ella, nos comenzamos a besar, era muy rico sentir su respiración agitada mientras nuestras lenguas compartían fluidos.
Después de un rato, sentía sus uñas rasguñando mi espalda y comenzó a temblar de nuevo mientras gritaba mi nombre y decía cuánto le encantaba cómo me la cogía.
Me quedé adentro de ella pero dejé de moverme y me acarició la cara, ambos nos estábamos viendo a los ojos y nos sonreímos en silencio.
—¿Te puedo hacer un cumplido? —me dijo en voz baja, yo asentí en silencio—. La tienes enorme.
No supe que decir en ese momento y solo sonreí, ella hizo lo mismo y nos volvimos a besar por un rato, mi pene seguía adentro de ella.
—Ya va a ser la hora —me dijo ella después de ver su celular.
—Yo no he acabado —respondí riendo un poco.
—¿Quieres acabar aquí? —me preguntó y luego abrió la boca y señaló la punta de su lengua.
—Va. Sí.
—¿En dónde me pongo?
Salí de ella, me levanté y tiré una de las almohadas al piso y le dije que se sentara con la cabeza hacia atrás sobre el colchón. Ella me obedeció y yo comencé a masturbarme acercando mis testículos a su boca, ella comenzó a chuparlos y lamerlos.
Al poco tiempo sentí su lengua atrás de mis testículos, casi en mi ano, era algo nuevo para mí, pero muy rico. Me hice un paso más adelante y fue riquísimo sentir su lengua pasando por mi ano, mientras me masturbaba con mis testículos apoyados sobre su nariz.
En cuanto sentí que iba a eyacular dejé de flexionar las piernas y apunté hacia su carita, ella sacó la lengua y cerró los ojos. Comencé a tirar varios chorros de semen sobre ella, cayeron sobre sus mejillas, sobre su ojo derecho, en su lengua, su nariz y unas gotas en su frente.
—¡Aah! —dejó escapar un pequeño grito agudo—. Nunca había acabado en mi cara un hombre –comenzó a reírse y después intentó abrir los ojos, pero solo pudo abrir el izquierdo.
La ayudé a ponerse de pie y fue al baño para limpiarse, cuando regresó nos vestimos y salimos del motel. Eran casi las 6 de la tarde y le pregunté si quería que la acompañara a su casa, pero ella se negó, me dijo que solo tenía que tomar el metro y caminar unas calles para llegar. Ella sabia que en cambio yo tenía que tomar un camión y hacer dos horas hasta mi casa.
Esa fue la primera de muchas cogidas riquísimas que hemos tenido, con el paso del tiempo fuimos explorando más nuestra sexualidad juntos como amigos con derechos…


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