Mi adicción secreta
Mira, a mis 46 años, te confieso una cosa: hay vicios que llegan tarde, pero cuando llegan, te agarran de las entrañas. Y nunca, jamás, hubiera pensado que mi vicio iba a ser ese. Que me chupen el culo. Suena bruto, ¿verdad? Pues a mí ahora me parece lo más natural del mundo.
Todo empezó con Jorge. Un tipo que conocí en un curso de cocina, de esos que haces para no volverte loca en casa. Divorciado, como yo, con esa seguridad de los que ya han pasado por todo. Empezamos a salir, normal. Unas cenas, unas risas. En la cama era bueno, nada del otro mundo. Hasta que una noche, después de la tercera copa de vino, me soltó la bomba.
«Victoria, ¿nunca te han comido el culo?»
Casi me atraganto con el aire. «¿Qué dices? No. Claro que no.»
«¿Por qué?»
«Porque no. Qué asco, Jorge. Eso no se hace.»
Él se rió. No se ofendió. «El asco es cultural, cielo. El cuerpo es cuerpo. Y tu cuerpo, visto desde atrás, pide a gritos que alguien le dé un buen homenaje ahí.»
Me puse colorada. Me gustó que dijera eso, pero dije que no. «Ni hablar.»
Pasaron semanas. Él no insistía, pero a veces, cuando estábamos cogiendo, su mano bajaba y rozaba ese lugar. Solo rozaba. Y a mí, contra toda lógica, se me aceleraba el corazón. Una noche, estaba encima de mí, dándome fuerte, y me susurró al oído.
«Deja que pruebe. Solo un segundo. Si no te gusta, paramos.»
No sé por qué dije que sí. Quizás era la calentura, quizás la curiosidad. Asentí con la cabeza, casi sin querer.
Él me dio la vuelta, me puso a cuatro patas. Yo tenía la cara enterrada en la almohada, nerviosa, esperando no sé qué. Sentí sus manos en mis nalgas, abriéndome. El aire fresco en ese lugar que nunca siente el aire. Y luego, algo caliente. Suave.
Fue su lengua.
Un lametón largo, de abajo arriba, pasando justo por el centro. Yo grité. No de dolor, ni de asco. Fue un grito de sorpresa absoluta. Porque no era asqueroso. Era… increíblemente intenso. Una sensación eléctrica que me subió por la columna y me explotó en la cabeza.
«¿Sigo?» preguntó, y su voz sonaba ronca.
«…Sí.»
Y siguió. Coño, cómo siguió. No fue solo un lametón. Fue una sesión. Su lengua no se quedó en la superficie. Se abrió paso, metiéndose dentro, moviéndose en círculos, lamiendo alrededor. Yo gemía como una loca. Me agarré a las sábanas y me empujé contra su cara. Quería más. Necesitaba más.
Él usaba las manos para abrirme más, y su boca no paraba. A veces chupaba, a veces lamía rápido, a veces metía la punta de la lengua y la movía. Yo estaba al borde del orgasmo solo con eso, sin que me tocara la vagina ni nada.
«Joder, Jorge, así…» gemía, sin pudor.
Después de un rato largo, me dio la vuelta otra vez y me montó. Y cuando me entró, sentí que era distinto. Todo mi cuerpo estaba vibrando, sensible, y su polla dentro de mí me llevó al orgasmo en dos embestidas. Fue brutal.
Desde ese día, fue nuestro ritual. Cada vez que nos veíamos, yo acababa a cuatro patas, con él detrás, dándole con la lengua a mi culo como si no hubiera un mañana. Aprendí a relajarme, a abrirme, a pedirlo.
«Jorge, hoy quiero que me comas el culo primero,» le decía, y él sonreía.
Hasta que un día, se atrevió a más. Estaba ahí, con la lengua bien metida, y sentí un dedo. Su dedo pulgar, grueso, con lubricante, presionando. Yo me puse tensa.
«Tranquila,» dijo. «Solo un poco. Para sentir.»
Y empujó. Entró despacio, mientras su lengua no paraba. El dolor se mezcló con el placer de su boca, y fue una mezcla extraña, adictiva. Cuando el dedo estuvo dentro por completo, se movió, y yo vi las estrellas. Fue el orgasmo más fuerte de mi vida, seco, sin que me tocara en otro lado.
Ahí me convertí. Ya no había vuelta atrás. Empecé a comprar cosas. Lubricante, claro. Y luego, un juguete. Un consolador anal pequeño, de color morado. Se lo enseñé a Jorge.
«¿Te gusta?» me preguntó.
«Quiero probarlo contigo.»
Y probamos. Él me comía el culo y luego, con mucho cuidado, me iba metiendo el juguete. Yo, por mi parte, aprendí a chuparle la polla como si mi vida dependiera de ello. La vida era buena, ¿sabes? A los 46, descubrir algo así… es como volver a nacer.
El problema es que Jorge, el muy cabrón, desapareció. De la nada. Un mensaje corto. «Esto se acabó, Victoria. Lo siento.» Y bloqueado de todas partes. Ni una explicación. Nada.
Al principio me dio rabia. Luego tristeza. Pero luego, lo peor: me di cuenta de que me había dejado enganchada. Enganchada a esa sensación. A que me abran, me laman, me metan cosas por ahí.
Ahora estoy aquí. Soltera. Más soltera que la hostia. Y con un hambre que no me lo quita nadie. Me meto el juguete yo misma, en mi cama, pensando en que es su lengua. Pero no es lo mismo. No es lo mismo para nada.
A veces, cuando salgo, miro a los hombres y pienso: «¿Tú lo harías? ¿Te arrodillarías y le darías a mi culo con la lengua hasta que me pida piedad?» Pero no digo nada. Claro que no. ¿Cómo vas a soltar eso en una primera cita? «Hola, me llamo Victoria, me gusta el vino tinto y que me coman el culo con devoción.» Te mandan a freír espárragos.
Así que me toca aguantar. Y tocarme. Y recordar. Y desear.
Lo más gracioso es que ahora, hasta en las cosas más simples, me viene el recuerdo. Estoy en la ducha, y el chorro de agua caliente me da justo ahí… y cierro los ojos y es su lengua. Estoy en el supermercado, en la cola de caja, y veo a un tipo agacharse a coger una lata del estante inferior… y pienso en cómo se agachaba él.
Es un tormento. Un tormento delicioso, pero tormento al fin.
Mis amigas no lo entienden. Hablan de hombres que las lleven a cenar, que les regalen flores. Yo pienso: «Flores, qué bonito. Pero prefiero que me empoten contra la pared y me laman el ano hasta que se me doblen las piernas.» No, no lo digo en voz alta. Me quedaría más sola de lo que estoy.
Así que aquí estoy. Victoria, 46 años, contándote esto. Con un culo que pide atención y nadie que se la dé. Con un juguete morado que ya no me hace el mismo efecto. Y con la esperanza, tonta, de que aparezca otro como Jorge. Uno que no sea un cobarde. Uno que se quede. Uno que entienda que, una vez que pruebas esto, ya no hay vuelta atrás.
Y mientras tanto, brindo. Brindo en silencio, con mi vaso de vino, solo en mi salón. Larga vida a los que chupan culo con devoción. Donde quiera que estén. Y en especial, larga vida a esa sensación que, aunque sea en mi memoria, todavía me hace gemir sola en la oscuridad.


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