enero 20, 2026

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Me tocó pagar la renta en "especies"

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La cosa se puso el mes pasado. Entre que el salario no me alcanza y las tarjetas me están comiendo viva, llegó el primero y yo con la renta hecha un ocho. El señor Armando, mi casero, es un señor ya grande, como de sesenta y pico, siempre bien vestido, con un aire de respeto que da miedo. Le mandé un mensaje excusándome, que por favor me diera una semana más. Ni me contestó.

Al tercer día, el viernes en la tarde, tocaron a mi puerta con esa insistencia que solo tienen los cobradores. Miré por la mirilla y ahí estaba él, con su cara de pocos amigos. Respiré hondo. Sabía que no tenía la plata. No me quedó más remedio que abrir, pero rápido, rápido, me quité los leggings y me puse el short más corto que tengo, uno de esos que parece un calzón, y una camiseta ajustada sin sostén. Que al menos la vista lo distrajera.

«Ay, señor Armando, qué sorpresa,» dije, tratando de sonar natural, mientras me aseguraba de que al agacharme para buscar unas chancletas, se me marcara bien el culo.

Él entró, serio. «Buenas tardes, Cristina. Vine por lo que me debe. Ya son tres mensajes sin respuesta.» Me hablaba de usted, todo formal, pero sus ojos… sus ojos no podían evitar pasearse por mis piernas, por la curva de mis tetas bajo la tela fina.

«Es que la situación está difícil» me quejé, acercándome un poco más de lo necesario, dejando que mi perfume lo envolviera. «¿No me podría dar unos días más? Se lo juro que se lo pago.»

Él negó con la cabeza, pero ya no estaba mirándome a los ojos. Miraba mi escote. «No puedo, señorita. Las reglas son las reglas.» Pero su voz ya no tenía tanta firmeza.

«Por favor,» susurré, poniendo una mano en su brazo. «Hay otras maneras de pagar una deuda, ¿no?»

Se quedó quieto, mirándome como si no entendiera, pero la protuberancia que empezaba a formarse en su pantalón del traje decía lo contrario. «¿Qué está insinuando?»

En vez de responder, me arrodillé. Fue algo instintivo, de pura arrechería y desesperación. Le desabroché el cinturón, la bragueta, y bajé el cierre. Sus calzoncillos eran de esos blancos, de algodón. Y ahí, ya medio parada, estaba su verga. No era enorme, pero estaba gruesa, con las venas marcadas, y olía a hombre, a jabón neutro y a algo más… íntimo. Me la sacó él mismo, como en un trance.

«Esto está muy mal,» murmuró, pero no me detuvo.

«Calladito se ve más bonito, señor Armando,» le dije, y me la metí toda a la boca.

Coño, para ser un señor mayor, se mantenía bien. La verga estaba firme, sabía a limpio, y cuando empecé a chuparla, a lamerle los huevos que estaban más arrugados pero aún firmes, él dejó escapar un gemido que no le pega para nada a su imagen. «Dios mío, niña…» Jadeaba, y sus manos se enredaron en mi pelo, no con fuerza, pero sí con una urgencia que delataba cuánto tiempo llevaba sin esto.

Le hice una mamada con todo, metiéndosela hasta la garganta, jugando con la punta con mi lengua, masajeándole los huevos. Subí y bajé, mojándola toda con mi saliva, hasta que él empezó a temblar. «Voy a… voy a acabar,» dijo, con la voz quebrada.

Pero yo no quería que se viniera aún. No. Me levanté, lo tomé de la mano y lo llevé al sofá. «Acuéstese,» le ordené, y él, obediente, se recostó. Le bajé los pantalones y los calzoncillos por completo. Y ahí, viendo su cuerpo más viejo, con vello blanco, pero con esa verga tan viva, me dio algo de ternura. Me subí encima, pero no directo. Me di la vuelta y, en posición de 69, me bajé el short y la tanga. Sentí su aliento caliente en mi pepa, y luego, su lengua, torpe al principio, pero ansiosa, explorando mi clítoris.

Yo, mientras, me incliné hacia su verga otra vez, pero esta vez bajé más. Le separé las nalgas y, sin pensarlo dos veces, le pasé la lengua por su agujerito. Él dio un respingo y un grito ahogado. «¡Cristina! ¡Eso no…!» Pero no terminó la protesta, porque se convirtió en un gemido largo, profundo, de esos que vienen del alma. Le di unas lamidas suaves, jugué con el anillo muscular, y sentí cómo su cuerpo entero se entregaba. Nadie le había hecho eso nunca, estaba claro.

«Quiero montarte,» le dije, girando de nuevo. Me puse encima de rodillas y, guiando su verga con mi mano, me la metí. Uff, estaba mojadísima, de los juegos y de la excitación rara de la situación. Él me llenó bien. Empecé a moverme, lento al principio, mirándolo a los ojos. Él me miraba como si estuviera viendo un milagro, con la boca abierta, las manos agarrando mis caderas.

«Usted… usted es un diablo,» logró decir.

«Y usted un viejo verde,» le contesté, riéndome, y aceleré el ritmo. Y coño, para mi sorpresa, el señor Armando aguantó. No solo aguantó, sino que levantó las caderas para encontrarse con mis embestidas. El sofá crujía, nuestros jadeos llenaban el apartamento, y yo, que pensé que esto sería un trámite asqueroso, empecé a sentir un placer intenso y real. La verga era la correcta, el ángulo era perfecto, y verlo a él perderse en el placer me daba un poder que me calentaba más.

Cambié a sentarme sobre él, frotando mi clítoris contra su pelvis, y ahí fue cuando sentí el orgasmo acercarse. «Me voy a venir, Armando,» gemí.

«Yo también, hija, yo también,» gritó él, y sus manos me apretaron con una fuerza que no le imaginaba.

Los dos vinimos casi al mismo tiempo. Yo sentí las contracciones de su verga dentro de mí, bombeando leche caliente, mientras mi propio cuerpo se estremecía con una ola de placer que me hizo ver estrellas. Me derrumbé sobre su pecho, los dos jadeando, sudados, enredados.

El silencio que vino después fue incómodo. Yo me separé, me limpié con el short, y él, lentamente, como despertando de un sueño, empezó a vestirse. No me miraba. Cuando estuvo listo, se dirigió a la puerta. En el umbral, se volteó. Tenía la cara colorada, una mezcla de vergüenza y asombro.

«Esto… esto no puede volver a pasar. Es la primera vez que le soy infiel a mi mujer. En cuarenta años.» Su voz temblaba un poco.

Yo asentí, sin saber qué decir.

«La deuda del mes pasado… queda saldada,» dijo, evitando mi mirada. «Pero no se retrase con la de este mes. Por favor.» Y casi puedo oír el ‘porque no sé si podré resistir’ que no dijo.

Se fue. Yo me quedé ahí, oliendo a sexo y a hombre viejo, con las piernas todavía temblando. Ni modo. La renta de este mes sí toca pagarla en efectivo. Pero al menos gané un mes. Y coño, quién iba a decir que el viejo Armando, con sus sesenta años, iba a tener tan buen aguante y una lengua que, con un poco de dirección, prometí

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