Por
Me tocaron en un ascensor
Acabo de llegar del gym, toda sudadita y con esa energía que te deja el ejercicio, sabes, cuando la sangre te corre y te sentís viva. Iba con mi conjuntito deportivo, una mini falda negra que me queda cortita pero que para hacer ejercicio ta perfecta, y un top ajustado. Llegué a mi edificio con la idea de subir rápido, ducharme y tal vez ver alguna serie, pero el destino tenía otros planes, parce.
El ascensor estaba bajando cuando llegué. Sonó ese «ding» y se abrieron las puertas. Para mi sorpresa, no estaba vacío. Entré con un grupito de gente, como cinco personas. El espacio se puso apretado, huevón. Yo me metí hasta el fondo, contra la pared. Detrás mío se paró un señor, no tan viejo, digamos como de unos 50, bien vestido, con pinta de ejecutivo, pero con una mirada que no pasaba piola. Al principio no le paré bola, saqué mi celular y me puse a revisar mis historias, haciéndome la interesada.
Pero entonces, cuando el ascensor empezó a subir, lo sentí. Algo duro, caliente, que se empezó a rozar contra mi culo a través de la tela finita de mi falda. ¡Era su pene, huevón! El muy pendejo se había puesto duro conmigo ahí, apretado en el ascensor. Y la verdad, en vez de incomodarme, sentí una descarga de electricidad. Mi chochita reaccionó al toque, empecé a sentir cómo se me mojaba. Sin pensarlo dos veces, y sin dejar de mirar el celular como si nada, incliné un poquito más el trasero hacia atrás, apretándome más contra esa verga dura que quería salirse del pantalón. Era una locura, huevón, en un ascensor lleno de gente, con todos mirando al frente o al piso, y yo ahí, restregando mi culo contra la pinga de un desconocido. Podía sentir la forma, cómo palpitaba. Me mordí el labio para no gemir. El señor no se movió, pero su respiración se puso un poco más pesada. Yo, la muy zorra, empecé a hacer movimientos circulares bien sutiles con las caderas, frotándome como en cámara lenta, sintiendo cómo esa verga se ponía aún más dura. Era un juego, un desafío. ¿Cuánto podía calentarlo sin que nadie se diera cuenta?
Los segundos se hicieron eternos. Miré de reojo el panel. Íbamos por el piso 8. Yo vivo en el 12. Quería que ese viaje no terminara nunca. Bajé un poco la mano, como para ajustarme la falda, pero en realidad fue para levantármela un poquito más, solo unos centímetros, para que la tela no fuera una barrera tan gruesa. Ahí sentí el calor directamente, el tejido de su pantalón y la dureza insistiendo contra mis nalgas. Casi me vengo ahí mismo, huevón. La tensión era deliciosa. Podía oler su colonia, una vaina cara, y mezclado con el olor de mi propio sudor, era una combinación que me volvía loca. Cerré los ojos un segundo y me imaginé dándome la vuelta, bajándome la falda y que me la metiera ahí mismo, en el ascensor, con todos viéndonos. Pero sonó el «ding» del piso 12. Mierda.
Las puertas se abrieron. La gente empezó a salir. Yo me separé de él, sintiendo el frío de repente donde antes estaba su calor. Nos miramos por una fracción de segundo. Sus ojos me devoraron, llenos de un hambre que reflejaba el mío. Ni siquiera sonreímos. Fue un cruce de miradas intenso, bruto. Salí del ascensor con las piernas temblando, huevón. Escuché las puertas cerrarse y el ascensor seguir subiendo con él adentro. No supe su nombre, ni él el mío. Fue solo un encuentro de segundos, pero me dejó prendida como un fósforo.
Abrí la puerta de mi depa como pude, con la mano temblando. Tiré mi bolso del gym al suelo y me apoyé contra la puerta, jadeando. Ya no aguantaba. Me metí la mano bajo la mini falda y, sí, estaba empapada. Mi tanga estaba chorreando, huevón. Con la otra mano me saqué el top y me apreté una teta, imaginando que era su mano. Caminé hasta el sofá, tirándome encima y abriendo las piernas de par en par. La falda se me subió hasta la cintura. Con los dedos, me separé los labios de mi chocha, que ya estaba hinchada y rojita del deseo. Me metí dos dedos de una y fue un grito ahogado. Estaba tan caliente por dentro… Cerré los ojos y me puse a recrear todo en mi cabeza. Su verga dura en mi culo, su aliento en mi nuca, la mirada de esos otros huevones en el ascensor que no tenían idea de la pornografía que estaba pasando justo detrás de ellos.
Empecé a mover los dedos rápido, frotando mi punto G y mi clítoris al mismo tiempo. Gemia en el sillón, sola en mi depa, con la imagen de ese señor fijo en mi mente. «Sí, papi, así, dame ahí,» gemía, como si él estuviera conmigo. Me imaginé que en vez de separarme, me daba la vuelta en el ascensor y me arrodillaba a chupársela hasta que se viniera en mi boca. O que él me bajaba los calzones y me cogía contra la pared del ascensor, agarrándome del pelo. Los gemidos se me salían más fuertes. Con la mano libre me pellizqué un pezón, duro. Estaba toda sudada, el olor a sexo llenaba la sala. Iba a llegar, huevón, lo sentía. Apreté los dedos más adentro, curveándolos, y con el pulgar le di duro al clítoris. Un temblor me recorrió de los pies a la cabeza y solté un grito cuando me vine, un chorro caliente mojándome la mano y las piernas. Fue un orgasmo violento, de esos que te dejan sin aire, revolcándome en el sofá como una perra.
Después, me quedé ahí tirada, con los dedos todavía dentro, jadeando, mirando el techo. Mi celular vibró. Era un mensaje de mi novio: «¿Qué haces, mi amor?». Sonreí. Le escribí: «Nada, amor, descansando después del gym.» La ironía, huevón. Aquí, recién corrida y todavía con la concha palpitando por un desconocido del ascensor, y él sin sospechar nada. Esa es la adrenalina que me encanta. Esa wea de saber que puedo ser la novia fiel y a la vez la zorra más callejera, todo en una. Y ahora, mientras escribo esto, se me está volviendo a mojar la panty. ¿Será mucho pedir que ese señor se mude a mi edificio?


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