Me gusta ser puta en el gym
Soy Olivia, tengo 23, soy peruana, trabajo en una oficina. Y mi vicio, mi vicio secreto, es el gimnasio. No por el ejercicio, la verdad, aunque sí me gusta mantenerme bien. Sino por lo otro.
Por los hombres. Por calentarlos. Por ver cómo me miran. Por sentirme la más perra del lugar.
Todo empezó hace como un año. Iba al gym normal, con mis leggins y mi top, todo decente. Hasta que un día, por flojera, no me puse bra. El top era ajustado y se me marcaron los pezones. Fue sin querer. Pero noté que uno de los instructores, ese que siempre está con los músculos marcados, no me quitaba la vista del pecho. Me miró toda la hora. Y a mí, en vez de incomodarme, se me hizo un calor rico en la panza. Abajo también.
Al día siguiente, lo hice a propósito. Me puse un top más delgado, sin bra. Y mis pezones se pararon apenas entré al gym, con el aire acondicionado. Eran dos puntitas duras, bien marcadas contra la tela. Caminé hasta las mancuernas, tranquila, pero por dentro iba a mil. Vi a tres tipos volver la cabeza. Uno que estaba haciendo press de banca casi se deja caer la barra.
Esa noche, en mi casa, me tocaba pensando en eso. Y me vine rápido. Fue entonces que me di cuenta. Esto me prendía. Y mucho.
Ahora es mi ritual. Antes de ir al gym, me preparo. Primero, me depilo toda. Todo. Quiero que si se me marca algo, se vea liso, perfecto. Luego, elijo la ropa. Mis leggins favoritos son unos negros, de esos que son como una segunda piel. No son transparentes, pero se te marcan hasta las venas. Y lo más importante: nunca, nunca me pongo ropa interior. Para nada. Ni tanga, ni nada. Quiero que el leggin me quede pegado, que se note la forma de mi conchita. Que si me agacho, se vea la raya, los labios. Todo.
A veces, para más, me pongo un plug anal. Uno chiquito, de silicona. No es muy grande, pero se siente. Y cuando me pongo los leggins, se marca un bultito redondo justo ahí. Una sombra. Algo que no es normal. Y los que saben, saben.
Hoy, por ejemplo, fue un día perfecto. Llegué al gym como a las seis de la tarde, que es cuando está lleno de hombres que salen del trabajo. Me puse mis leggins negros, un top corto color verde menta que dejaba ver un pedazo de mi panza y, obvio, sin bra. Mis tetas no son grandes, son chicas pero firmes, con los pezones siempre parados. Hoy los tenía especialmente duros.
Caminé directo al área de peso libre. Sabía que ahí estaban ellos. Los tipos serios, los que levantan pesado, los que sudan y gruñen. Me puse frente al rack de sentadillas. Es mi ejercicio favorito, no por el ejercicio, sino por la vista que les doy.
Agarro la barra, me la pongo en los hombros. Me coloco, con las piernas abiertas al ancho de mis hombros. Y bajo. Lento. Muy lento. Siento cómo el leggin se estira sobre mi culo, cómo se mete entre mis nalgas. Sé que desde atrás se ve todo. La tela desaparece en mi raya. Se marca mi conchita, los labios, todo. Incluso el pequeño bulto del plug, si miran con atención.
Hago tres repeticiones, bien lentas. Al bajar la tercera, me quedo en el fondo, en la posición más baja, y me quedo ahí unos segundos. Aguantando. Siento los muslos arder. Pero también siento las miradas. Las siento como rayos láser en mi culo. Abro un poco más las piernas, sin levantar. Solo un poco. Para que se abra más la vista.
Cuando me levanto, me giro. Como para descansar. Y ahí los veo. Tres tipos parados juntos, cerca de las pesas rusas. No están hablando. Están mirándome. Uno tiene una botella de agua a medio tomar, congelado. Otro se ajusta el pantalón de deporte. Disimuladamente, pero yo lo vi. Se ajustó porque tenía un bulto.
Una sonrisa se me escapa. Me paso una toalla por el cuello, aunque no estoy sudando todavía. Camino hacia la máquina de abductores. Es otra buena. Me siento, pongo las piernas en los apoyos. Y cuando empiezo a abrir, el movimiento estira el leggin sobre mi entrepierna. Se pone tenso. Si alguien está al frente, puede ver la forma exacta de mis labios, hinchados, marcados en la tela negra. Y hoy, estaba especialmente mojada. Desde que vi a esos tipos mirándome, la humedad empezó. Siento el leggin un poco pegajoso ahí.
Miro hacia el frente. Hay un chico haciendo curl de bíceps. Joven, con una cara de bueno. Pero sus ojos no están en el espejo. Están clavados entre mis piernas. Tiene la boca un poco abierta. No me mira a la cara. Mira ahí. Directo.
Sigo abriendo y cerrando las piernas, con un ritmo constante. Lento. Cada vez que cierran, aprieto un poco más. Siento el plug moviéndose dentro de mí. Es una sensación increíble. Caliente, prohibida. Sé que estoy en un lugar público, rodeada de gente, y estoy prácticamente mostrando todo. Y lo peor es que lo disfruto.
Después de tres series, me levanto. El chico del curl sigue mirando. Me acerco a la fuente de agua, que está justo al lado de donde él está. Me inclino para tomar. El top se me sube un poco, enseñando más de mi panza. Pero sobre todo, al inclinarme, el culo le queda apuntando directo a él. Sé que desde su ángulo, la vista es perfecta. Los leggins, estirados, no dejan nada a la imaginación.
Tomo un trago largo. Me enderezo. Me paso el dorso de la mano por la boca. Y le miro. Directo a los ojos. Él se traga. Se pone colorado. Pero no deja de mirar.
“¿Qué?”, le digo, con una voz que suena más atrevida de lo que soy.
“Nada”, dice él, rápido. “Es que… tu ropa. Se te marca… mucho”.
“¿Y?”, pregunto. Sonrío un poco. “¿Te molesta?”
Él mira a su alrededor, como si alguien lo fuera a salvar. “No. No molesta”.
“Entonces qué”, digo. Me acerco un paso más. Estamos casi a un metro de distancia. Puedo oler su desodorante, su sudor fresco. “¿Te gusta?”
Él no dice nada. Pero asiente. Solo un pequeño movimiento de cabeza. Sus ojos vuelven a bajar, a mis tetas, a mis pezones duros que perforan la tela del top.
“Yo también estoy gustando”, digo, bajando la voz. No es un susurro, pero casi. “De verte mirar”.
Su respiración se acelera. Se ajusta el pantalón otra vez. No puede disimular la erección. Se le ve un bulto considerable.
“Tengo que irme”, dice, pero no se mueve.
“Yo también”, digo. “Mi rutina ya acabó”.
Nos quedamos ahí un segundo, mirándonos. La tensión es brutal. Podría cortarse con un cuchillo.
“¿Y ahora qué?”, pregunta él. Su voz es ronca.
“Ahora tú decides”, digo yo. Y me doy la vuelta. Camino hacia los vestidores, sintiendo su mirada en mi espalda, en mi culo, en cada paso que doy. No miro atrás. Sé que me sigue con los ojos.
En el vestuario de mujeres, está vacío. Entro a una cabina, cierro la cortina. Me apoyo contra la pared. Mis manos están temblando. Me bajo los leggins hasta las rodillas. Me toco. Estoy empapada. La tela interior del leggin está mojada de mí. Meto dos dedos. Estoy caliente por dentro, apretada. Me los saco y los veo, brillantes. Cierro los ojos y me imagino al chico del curl. Lo imagino aquí, en esta cabina, conmigo. Empujándome contra la pared, bajándome los leggins hasta los tobillos, metiéndosela sin avisar.
Me masturbo rápido, con los dedos empapados, pensando en eso. En su cara, en su bulto. En todos los que me miraron hoy. Vengo en silencio, mordiéndome el labio para no gemir, con las piernas temblando.
Después, me limpio con la toalla. Me visto de normal, con jeans y una blusa. Salgo del gimnasio.
El chico no está en la recepción. Se habrá ido. O no. Quizás me espera afuera.
Pero a mí ya me da igual. Porque la misión de hoy está cumplida. Los calenté. A varios. Me vieron. Me desearon. Y yo me vine pensando en eso.
Camino hacia mi casa, con una sonrisa que no puedo borrar. Sí, soy una puta. Lo sé. Pero en el gym, con mis leggins y sin ropa interior, me siento poderosa. Me siento dueña de todas sus miradas, de todos sus deseos sucios. Y no pienso parar. Al contrario. La próxima vez, quizás me atreva a más. A agacharme justo frente a uno. A dejar que no solo miren, sino que sepan, sin duda, lo que estoy haciendo. Lo que soy.


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