marzo 13, 2026

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Me gané un buen aumento con mi jefe

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Me llamo Gigi, tengo 34 años, estoy casada con un tipo aburrido que apenas me toca desde que nació nuestro hijo hace cinco años. Trabajo como secretaria en una empresa de logística, y mis tetas son mi arma secreta: naturales 40DD, grandes como melones, con pezones oscuros que se endurecen con la más mínima brisa y se marcan a través de cualquier blusa. Siempre las escondo bajo camisas abotonadas hasta arriba, pero sé que podrían abrirme puertas si las uso bien. Mi marido no las valora; solo se queja de que “son demasiado pesadas”. Pero yo conozco su poder.

Todo empezó una tarde en el café con mi amiga Carla. Estábamos hablando del nuevo jefe, Iván, un hombre de 55 años, casado, serio como juez, con pelo plateado-gris, barba recortada y un cuerpo que todavía se ve fuerte bajo trajes caros. “¿Viste al viejo que nos pusieron de jefe?” dijo ella riendo. Yo levanté una ceja: “¿Viejo? 55 es perfecto, Carla. Experiencia y seguro que sabe tratar a una mujer”. “¿Te gusta, eh?” preguntó. Me sonrojé un poco pero sonreí: “La verdad, sí. Y un buen polvo no me vendría mal”. Carla se carcajeó: “Ay Gigi, te encanta hacerle cornudo a tu marido”. Me encogí de hombros: “Sabes que se lo merece”. Ella dijo: “Aun así, el señor Iván está casado y todos dicen que es muy serio”. Le lancé una mirada pícara: “Ahh, pero a mí me encantan los retos, ¿no?”. Y así, entre risas, nació mi plan. Quería un aumento, pero sobre todo quería volver a sentirme deseada.

Al día siguiente empecé. Entré a su oficina con el reporte semanal, pero antes, en el baño, me desabroché un botón extra de la blusa blanca. Al inclinarme sobre su escritorio para dejar los papeles, mis tetas se derramaron hacia adelante, el escote profundo dejando ver el borde del sostén negro de encaje. Iván levantó la vista y se quedó congelado un segundo, los ojos clavados en el valle entre mis melones. “Gracias, Gigi” dijo con voz ronca, carraspeando. Sonreí inocente: “De nada, jefe”. Salí sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

Los días siguientes seguí. Un “accidente” con el café: “derramé” un poco en su escritorio y mientras limpiaba me incliné de espaldas a él, los pantalones ajustados marcando mi culo redondo. Sentí su mirada quemándome la espalda. Otro día en una reunión crucé las piernas y dejé que la falda subiera un poco, mostrando muslo. Iván no perdió el hilo de su presentación, pero noté que sus ojos se desviaban a mis piernas. La tensión crecía: su mirada iba a mis tetas cada vez que hablábamos, y yo me mojaba solo viéndolo luchar por no mirar.

Una semana después, otro “incidente”. Entré con una caja pesada de archivos, la “dejé caer” cerca de su escritorio y me agaché a recogerlos. La blusa se abrió dos botones más, mis tetas casi saliéndose del sostén, pezones duros rozando la tela. Iván se levantó para “ayudar”, pero solo se quedó mirando. “Gigi… ten cuidado” dijo con voz tensa. Me enderecé despacio, “accidentalmente” rozando una teta contra su brazo. “Perdón, jefe” dije dulcemente, sintiendo mi coño palpitar.

La tensión era eléctrica. Cada mirada suya me empapaba las bragas. Era serio, pero lo veía: cómo se ajustaba los pantalones cuando me iba, cómo pedía “reuniones privadas” para “revisar reportes”. Insistí: un botón menos cada día, un “roce accidental” en el pasillo, un susurro cerca de su oreja al darle el café.

Hasta que explotó.

Era viernes por la tarde, oficina vacía. Entré con el reporte final, blusa casi desabotonada hasta el ombligo, tetas desbordando. Me incliné sobre su escritorio, pezones casi a la vista. Iván se levantó de golpe, me agarró del brazo y me estampó contra la pared.

“Mira qué pequeña puta eres… estoy harto de que te me regales como una zorra barata” gruñó, voz ronca y cargada de lujuria. “Te voy a dar lo que quieres y te voy a tratar como la perra que eres”.

Mi coño latió de emoción. Lo había logrado. Pero no esperaba lo que vino después.

De un tirón me abrió la blusa, botones volando. Mis tetas grandes rebotaron libres, pesadas y temblando. Las agarró con fuerza, pellizcando los pezones hasta que dolió de tan rico. “Mira estas tetas… se ven deliciosas”… entones l edije: “Jefe, son tuyas con una condición: quiero un aumento”. Sonrió con expresión felina: “Sabía que eras una puta barata, pero vi tu expediente: estás casada y tienes un hijo, y aquí estás con las tetas al aire en mi cara… pero está bien perra, te doy el aumento, pero vas a ganártelo, te voy a llenar el coño de leche de macho puta barata y si te preño diras que es de tu marido”

Me bajó la falda y las bragas de un tirón, me abrió las piernas con la rodilla y metió tres dedos gruesos en mi coño empapado. Los bombeó fuerte, el sonido húmedo llenando la oficina. Gemí sin control… estaba en el cielo tan mojada y cremoso estaba mi coño que casi no me reconocia a mi misma. NUNCA ME HABIA SENTIDO ASI

“Qué coño tan mojado… eres una puta total, Gigi. Tu marido no te folla así, ¿verdad?”

Me hizo correrme la primera vez con los dedos, chorreando sobre sus zapatos, como si me hubiese orinado. Luego me puso de rodillas, sacó su polla gruesa y venosa, cabeza morada goteando. Me la metió hasta la garganta, follándome la cara con furia. “Traga, puta… esto es por provocarme semanas”, me estaba follando la cara tan fuerte que casi no podía respirar y me jalaba el cabello también, lo hacía con rabia pero con pasión, sabía que quería castigarme pero se odiaba porque lo habia hecho perder su ferreo control.

Me levantó, me dobló sobre el escritorio y me clavó la polla de un empujón brutal. Grité de placer. Me folló duro, sus huevos peludos golpeando mi clítoris, su mano sefuia tirándome del pelo, la otra amasando mis tetas como masa.

“Ahora eres mi perra… vas a venir todos los viernes a ganarte el aumento con este coño”.

Me corrí dos veces más, hice un desastre sobre los papeles del escritorio, el cuerpo convulsionando. Aceleró, gruñendo: “Toma mi leche, zorra”. Se corrió dentro, chorros espesos y calientes llenándome hasta rebosar.

Me dejó ahí, temblando, coño lleno y palpitante y se fue, me dijo limpia el desastre que hiciste, no quiero que mi oficina huela mañana a puta barata. Mi blusa estaba destrozada, el maquillaje perdido, y tenia marcado los pezones y las nalgas rojas, pero cuando llegue a casa, mi marido se habia ido con el niño a casa de su mama a cenar, asi que no tuve que dar explicaciones, para mi fortuna.

Al día siguiente me llegó la notificación de mi aumento por email desde Recursos Humanos y recibi un escueto mensaje de Ivan: “Buen trabajo, Gigi”.

Ahora todos los viernes voy a su oficina, me arrodillo y dejo que me use como su puta. Me corro más fuerte que nunca, squirteando como fuente.

Y mi marido cree que el aumento fue por “buen desempeño” como secretaria y si fue por buen desempeño pero mamandole la verga a mi jefe, ahora soy la puta golosa del jefe, y me encanta.

Que tal, les parece? Saludos no olviden comentar me gusta leer sus comentarios.

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