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noviembre 7, 2025

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Me follaron hasta sacarme de mis sentidos.

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El aire en la habitación olía a sexo y sudor. Una mezcla que ya me era familiar. Mi novio, ese hombre que conocí en una de mis tantas escapadas, se había propuesto romperme esa noche. Y vaya que lo consiguió.

Todo empezó con unos comestibles que compramos en una tienda clandestina. Nunca habíamos probado esa mierda, pero la curiosidad pudo más. Él siempre fue más aventurero que yo. Mientras yo trabajaba en la ONG ayudando a víctimas, él buscaba nuevas formas de excitación.

Anoche, después de cenar, decidimos probarlos. Estábamos en nuestro apartamento en La Paz. Las luces de la ciudad se veían through la ventana. Yo me sentía raro desde el principio. Como si mi cuerpo ya no me perteneciera.

Las primeras sensaciones fueron suaves. Un cosquilleo en la piel. Pero luego todo se intensificó. Mis piernas empezaron a entumecerse. Mis brazos pesaban como plomo. Y mi culo… mi culo parecía tener vida propia.

Mi novio me miraba con esa sonrisa pícara que tanto me gusta. Sabía lo que estaba pasando. Él también había comido su porción, pero a él lo afectaba diferente. Lo vi acercarse y supe que sería una noche larga.

Sin mediar palabra, me empujó sobre la cama. Mi cuerpo cayó como un saco de papas. No podía moverme bien, pero lo sentía todo. Cada caricia, cada mordisco, cada susurro.

«Esta noche eres mío», me dijo al oído. Su voz sonaba grave, dominante. A mí se me escapó un gemido. Siempre me calienta cuando habla así.

Empezó desvistiéndome lentamente. Primero la camisa, luego los jeans. Cuando llegó a mis calzoncillos, ya estaba completamente duro. Su mano cerró alrededor de mi verga y supe que estaba perdido.

Me dio vuelta como si fuera un muñeco de trapo. Mi cara quedó enterrada en las almohadas. No podía verlo, pero sentía su calor detrás de mí. Sus manos abrieron mis nalgas y su aliento caliente me recorrió el agujero.

«Tan lindo y tan puto», murmuró. Sus palabras me encendieron. Siempre me excita que me hable así, como si fuera su puta personal.

Sentí su lengua primero. Lamiéndome, abriéndome, preparándome. Yo gimoteaba como un animal. Las drogas hacían que cada sensación fuera mil veces más intensa. Parecía que su lengua llegaba hasta mi estómago.

Luego vinieron sus dedos. Uno, dos, tres. Me los metía con fuerza, abriéndome camino. Yo gemía y pedía más. Mi verga goteaba sobre las sábanas. Estaba tan excitado que pensé que me vendría solo con eso.

«¿Listo para mi verga, puta?», preguntó. Su voz sonaba ronca, cargada de lujuria. Asentí con la cabeza, incapaz de formar palabras.

Y entonces me la enterró. De una vez, hasta el fondo. El dolor se mezcló con el placer de una manera que no puedo explicar. Grité, pero él no se detuvo. Empezó a moverse dentro de mí con un ritmo salvaje.

Cada embestida me sacaba de mis sentidos. Ya no sabía dónde estaba. Solo existía su verga dentro de mí, su cuerpo sobre el mío, sus manos agarrando mis caderas con fuerza.

«Eres mi puta personal», jadeaba él mientras me follaba. «Este culo es solo mío».

Yo solo podía gemir y aceptar todo lo que me daba. Las horas pasaban y él seguía, incansable. Cambiábamos de posiciones, pero nunca salía de mí. A veces me ponía en cuatro, otras boca arriba, incluso me sentaba sobre su verga.

En un momento, me puso contra la pared. Mi cara apretada contra el frío cemento. Sus manos sujetaban mis muñecas detrás de la espalda. Me follaba con una furia que nunca le había visto.

«Grita, puta», me ordenaba. «Quiero que los vecinos sepan lo zorra que eres».

Y yo gritaba. Gritaba hasta quedarme sin voz. Entre gemido y gemido, le pedía que no parara. Que me rompiera. Que me usara como su juguete sexual.

La sensación era increíble. Las drogas seguían haciendo efecto, haciendo que cada movimiento fuera una explosión de placer. Sentía su verga en lo más profundo de mi ser. Parecía que me llegaba hasta la garganta.

En algún momento, me vino por la espalda. Su semen caliente corriendo por mis nalgas. Pero ni siquiera eso lo detuvo. Siguió follándome, ahora con su propio semen como lubricante.

Luego me dio vuelta y me metió su verga en la boca. «Límpiala, puta», ordenó. Y yo obedecí, saboreando nuestra mezcla. Mi verga estaba tan dura que dolía.

Cuando finalmente me dejó caer sobre la cama, estaba exhausto. Cada músculo me dolía. Mi culo sentía como si hubiera pasado por una trituradora. Pero nunca me había sentido tan satisfecho.

Él se recostó a mi lado, también jadeando. Pasaron varios minutos antes de que alguno pudiera hablar.

«Te gustó, ¿verdad?», preguntó finalmente. Su mano acariciaba mi pelo con suavidad, en contraste con la crudeza de hace unos momentos.

Asentí, sin fuerzas para hablar. Sabía que al día siguiente tendría moretones por todo el cuerpo. Pero cada uno sería un recordatorio de lo que había pasado.

«Me dijiste que te gustaba el CNC», recordó. «Espero que estés contento».

CNC. Consentimiento no consentido. Una de mis fantasías más oscuras. Él la había cumplido a la perfección.

Me levanté con dificultad y fui al baño. Al verme en el espejo, no pude evitar sonreír. Tenía los labios hinchados, el pelo revuelto, marcas de mordiscos en el cuello. Parecía un desastre, pero un desastre feliz.

Cuando volví a la cama, él ya estaba medio dormido. Me abrazó y murmuró algo incomprensible. Me quedé mirando el techo, sintiendo cómo mi culo palpitaba con cada latido del corazón.

Recordé entonces otras aventuras. Mi tío el hipócrita, que me cogió en una fiesta familiar. Mi primo Marco en aquel hotel. Raúl, el de contabilidad. Pero esta… esta era diferente. Con mi novio había algo más. Algo que iba más allá del sexo casual.

Me quedé dormido pensando en eso. En cómo había encontrado a alguien que entendía mis fantasías más oscuras. Alguien que no juzgaba mi lujuria, sino que la celebraba.

A la mañana siguiente, me desperté con su cuerpo pegado al mío. Su verga dura otra vez contra mi espalda. Sonreí. Parecía que la noche no había terminado.

«¿Otra vez?», pregunté, sintiendo cómo sus manos recorrían mi cuerpo.

«Tu culo es adictivo», murmuró contra mi cuello.

Y supe que sería otro día de sexo salvaje. Pero no me quejaba. Después de todo, soy un agujero feliz. Un puto satisfecho de ser usado por su hombre.

Mientras me preparaba para otra sesión, pensé en lo afortunado que era. De tener a alguien que me entendía. Que me daba lo que necesitaba, incluso cuando yo mismo no sabía lo que era.

Su verga entró en mí otra vez, y todos mis pensamientos se desvanecieron. Solo existía el placer. El dolor. La entrega total. Y supe que no importaba cuántas veces me follara, siempre querría más.

Así es mi vida. Una sucesión de encuentros sexuales, algunos casuales, otros no tanto. Pero todos memorables. Todos parte de lo que soy.

Y con mi novio, sé que esto es solo el beginning. Tenemos muchas fantasías por cumplir. Muchas noches de sexo salvaje por delante.

Y yo estaré aquí, listo para ser su puta personal. Para que me folle hasta sacarme de mis sentidos. Porque al final, eso es lo que soy. Su puto. Su juguete sexual. Su hombre.

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