Valeria Sofía Mendoza

octubre 6, 2025

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Me excita pensar en las pajas que me dedican los hombres

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Ay, no saben cómo me pone eso, es que solo de pensarlo se me moja toa la tanga, de verdad. A mí lo que me vuelve loca, lo que me tiene así de pasada de la raya, es imaginarme a todos esos manes, conocidos y no tanto, dándosela bien rico pensando en esta pelada.

Mis compañeros de trabajo, por ejemplo, esos que me ven llegar con mis tacones y mi falda pegada, que me saludan educados pero con esa miradita que me desviste. Yo sé, yo lo siento, que cuando llegan a sus casas, o se encierran en el baño de la oficina, se sacan esa verga tiesa y empiezan a jalársela viendo mis fotos del Facebook, o del Instagram, donde subo unas fotitos bien subidas de tono, disimuladitas pero que ustedes, los muy cachondos, saben leer perfectamente. Me imagino sus manos, unas suaves de oficinista, otras más ásperas, agarrando con fuerza sus pijas, grandes, chiquitas, gruesas, como sea, pero todas palpitando por mí. Que rico sentir que soy el juguete de sus fantasías, la puta secreta de sus mentes.

Y mis ex’s, uy, esos no fallan. Seguro cada vez que se consiguen una novia nueva y la están follando, en el momento del polvo cierran los ojos y es mi cara la que ven, es mi culo el que están agarrando. Se acuerdan de cómo se los mamo, de cómo gimo cuando me la meten por atrás, de lo puta que soy en la cama. Y ahí están, dándole duro a su mujer pero imaginando que soy yo la que está debajo, la que les está diciendo al oído todas esas porquerías que tanto les gusta oír. Eso me prende demasiado, saber que aunque tengan a otra, en su cabeza más íntima, la que en verdad importa, soy yo la reina.

Pero es que no son solo ellos. Es el man del almacén que siempre me mira con una sonrisa cuando voy a comprar, es el vecino que se asoma por la ventana cuando llego en la noche, es el tipo random que me silbó en el transmilenio. Gente que ni conozco, pero que en su soledad, en sus noches de aburrimiento y calor, han encontrado en mi imagen el combustible para una paja rápida o una larga sesión de masturbación. Me visualizo en sus mentes: mis tetas, que sé que les encantan, mi boca pintada, mis piernas… y mi culo, mi maldito culo que es mi orgullo. Los imagino buscando frenéticos alguna foto mía en redes, encontrando una donde se me marca el pantalón o donde uso un escote generoso, y con eso les basta. Empiezan a acariciarse, a respirar pesado, a gemir mi nombre bajito para que nadie los oiga. «Valeria», susurran, «Valeria, qué puta eres». Y se corren, eyaculan con fuerza, viendo mi foto, manchando la pantalla del celular o el monitor con su leche caliente, ofrendándome su semen. Esa es mi victoria. Esa es mi poder.

En las noches, cuando por fin estoy sola en mi apartamento, después de un día de trabajo, me tumbo en la cama y empiezo mi ritual. Apago las luces, solo queda la pantalla del teléfono iluminando mi cuerpo. Cierro los ojos y elijo a uno.

Hoy, por ejemplo, es Juan, un compañero del contable, tímido, de lentes. Y me lo imagino en su baño, con el pantalón abajo, la camisa blanca desabrochada. Se ha puesto un video mío, uno corto donde estoy bailando. Yo, en mi cama, abro las piernas y con una mano empiezo a acariciarme, meto dos dedos en mi vagina y ya está encharcada, es increíble lo rápido que me prendo con esto. Me imagino su verga, no muy grande, pero bien parada, y su mano moviéndose arriba y abajo, cada vez más rápido. Siento que su mirada está fija en mis caderas en la pantalla. Yo froto mi clítoris con los dedos mojados, en círculos rápidos, y en mi mente le estoy diciendo: «Sí, Juan, sí, jala esa pija por mí, córrete por esta puta, sé que quieres bañarme con tu leche». Y él, en mi fantasía, obedece. Gime, su cuerpo se tensa y una corrida espesa y blanca sale disparada. Eso es lo que me hace explotar. La idea de que su placer, su orgasmo solitario, me pertenece. Un espasmo brutal me recorre de los pies a la cabeza, grito en la almohada, mis caderas se levantan de la cama y yo también me corro, un chorro de mi propio placer me sale, mojando todavía más mis dedos y las sábanas.

Es delicioso, es adictivo. Soy la diosa de sus pajas, la musa de sus fantasías más sucias, y este es mi culto secreto.

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