Me enseñaron a chupar
La cosa es que de un tiempo pa´cá me entró una curiosidad arrecha por probar una pipe, marico, ver una verga ahí enfrente y metérmela en la boca pa´ver qué se sentía. Yo con mi mejor amiga, que le digo La Nena, tenemos una confianza del carajo, entonces un día le solté el peo: «Oye, Nena, tengo esta vaina en la cabeza, me muero por chupar un güevo». Ella es burda de abierta, la muy loca se rió y me dijo: «Chamo, ¿en serio? ¡Qué boleta! Mira, si quieres, puedes probar con el de mi novio, con Carlos, pa´que experimentes y veas si te gusta la vaina». Yo me quedé ahí tieso, marico, no lo podía creer, pero dije: «¡Dale! ¡Hágale pues!». Y ella coordinó to´, la muy arrecha.
Quedamos en su casa un viernes en la noche. Llegué todo nervioso, marico, con el corazón a mil. Ellos viven en un apartamento en El Paraíso, tú sabes, un sitio normal. Cuando entré, Carlos estaba ahí en el sillón, el muy güevón, viendo television y fumando un cigarrillo como si nada. La Nena me recibió con un abrazo y me guiñó un ojo. Después de un rato, la cosa se puso interesante. Carlos se paró y, sin decir mucho, se soltó el short y los calzoncillos y quedó pelao en el sillón, con la verga ahí parada, marico, dura y gruesa, con unas venas que se le marcaban burda. Yo me quedé mirando esa cosa, marico, no sabía si rezar o echarme a correr.
La Nena me agarró del brazo y me dijo: «Vamos, Josué, no seas maricón». Y ahí fuimos los dos, nos pusimos de rodillas en el piso, frente a Carlos, que seguía fumando como si fuera lo más normal del mundo, con una sonrisa de satisfacción en la jeta.
Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho, marico. La Nena me miraba y me decía: «A ver, Josué, empieza por acariciarla, suavecito». Yo extendí la mano, temblando, y la agarré. ¡Coño, marico! Estaba caliente y dura, como un palo, pero con la piel finita.
Empecé a masajearla, a subir y bajar, y Carlos soltó un gruñido bajito, cerrando los ojos. La Nena me animaba: «Así es, pana, tú puedes». Después, ella se acercó y le dio unos besos en la punta, chupándola suave, y me dijo: «Mira, Josué, así se hace». Yo, con los nervios, me acerqué y abrí la boca. Cuando esa punta me tocó los labios, sentí un calambre por to´el cuerpo, marico. La Nena me guió: «Mete más, no tengas miedo». Y ahí va, me la empujó un poco más adentro. ¡Ayyy, coñazo! Sentí cómo me llenaba la boca, el sabor a piel y a sudor, marico, no sé cómo describirlo, era salado y caliente. Empecé a mover la cabeza, a chupar como me decía ella, con la lengua en la parte de abajo, en ese huequito. Carlos ya no aguantaba, marico, gemía y metía los dedos en mi pelo, empujándome más. «Sí, así, chámaco, así mismo», decía él, con la voz ronca.
La Nena, la muy zorra, no se quedó atrás. Se puso al otro lado y empezó a chupar los huevos de Carlos, metiéndoselos a la boca y lamiéndolos como si fueran un helado. Yo seguía ahí, con la verga en la boca, sintiendo cómo crecía más y más. De repente, La Nena se acercó a mi oído y me dijo: «Vamos a hacerle una mamada doble, Josué, tú por un lado y yo por el otro». ¡Marico, qué vaina tan arrecha! Los dos nos pusimos a chupar al mismo tiempo, yo en la punta y ella en la base, con las manos en los huevos.
Carlos se volvió loco, marico, empezó a mover las caderas y a gemir más fuerte: «¡Coño, así, no paren!». Yo sentía cómo la verga palpitaba en mi boca, y La Nena me guiaba: «Más rápido, Josué, usa la lengua». La respiración se me salía, marico, tenía la boca llena y la nariz llena de su olor, una mezcla de limpio y macho. En un momento, Carlos gritó: «¡Ya voy, coño!».
La Nena me agarró la cabeza y me dijo: «Abre bien la boca, Josué, que se va a venir». Yo, nervioso, abrí como un pendejo, y ahí fue, marico, Carlos soltó un rugido y empezó a echar leche, a chorros, caliente y espesa, que me cayó en la lengua y en la garganta. ¡Coño, marico, no sabía si tragármela o escupirla! La Nena, mientras, lo masturbaba apuntando hacia mi cara, y me decía: «Trágatelo, Josué, no seas marico, trágatelo todo». Y yo, como un idiota, tragué, marico, sentí ese sabor a sal y a cloro que se me metió hasta el estómago. Un poco le cayó en la mejilla y en la barbilla, yo ahí, con la cara llena de su leche, jadeando y con los ojos llorosos.
Carlos se recostó en el sillón, exhausto, y La Nena se rió, limpiándose la boca. «¿Viste, Josué? No era pa´tanto», me dijo. Yo me quedé ahí arrodillado, mareado, con el sabor de su semen todavía en la boca y la verga de Carlos ahí, blandita ahora, frente a mí. No podía creer lo que había pasado, marico, pero al mismo tiempo, sentí un calor en el culo que no me dejaba tranquilo.
La Nena me ayudó a levantarme y me dio un pañuelo pa´que me limpiara. «¿Y, te gustó?», me preguntó. Yo solo asentí, sin poder hablar, marico, porque la boca me ardía y la cabeza me daba vueltas. Esa noche, cuando llegué a mi casa, me metí en la ducha y no pude evitar tocarme el culo pensando en esa verga, marico, en cómo se sentía en mi boca y en que quizás, solo quizás, la próxima vez me la meta por atrás.


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