septiembre 9, 2025

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Me detoné a la jefa en su oficina

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Wena cumpa, hoy les voy a contar la jugada que me eché con mi jefa, la mujer que siempre anda con cara de culo. Resulta que con la flaca nueva de la cafetería hemos estado webiando harto, la mina es rica, buena para el culeo, pero nada del otro mundo, puro polvo rico y ya. Pero mi jefa, Andrea (como 40 años, pero bien cuidada, con un culo que no para de moverse en esas faldas ajustadas que usa), se había puesto rara hace semanas, mirándome con una cara que no cachaba si era rabia o pura calentura.

La weá es que ayer me mandó un mensaje pidiendo que subiera por su oficina pa’ «coordinar horarios». Yo entré pensando en la pega, pero la muy zorra tenía la puerta semi cerrada y se le notaba la tensión en el aire. Me dijo que me sentara en la silla frente a su escritorio, y empezó a hablar de weás laborales, pero ni yo ni ella estábamos poniendo atención. No paraba de morderse los labios y de mirarme fijo, hasta que no aguantó más y se levantó de su silla.

«Sabís que he estado viendo cómo te miras con la niña nueva», me dijo, acercándose. «Y no puedo dejar de pensar en cómo serí contigo.» La muy perra se arrodilló ahí mismo, en su oficina con esas paredes de vidrio que todos pueden ver (pero con las cortinas semi cerradas, por suerte), y me abrió el pantalón. Ni me lo esperaba, cumpa. Me sacó la pija ya dura (porque obvio, con esa vista de sus tetas asomándose del escote, ya estaba listo), y se la metió a la boca entera.

¡La conchetumare que sabía mamar! La muy experta no solo la chupaba, sino que se metía hasta el fondo, haciéndome gemir como maricón. Le agarraba el pelo y la apretaba contra mi verga, sintiendo cómo se ahogaba un poco, pero la muy puta parecía encantarle. Me lamía los huevos, me mordisqueaba el tronco, y todo esto mientras sus manos me apretaban las piernas. Yo no podía creer la weá, mi jefa, la señora seria, tragándosela como si fuera una profesional.

Cuando ya no aguanté más, la levanté y la puse sobre su escritorio, tirando todos sus papeles y weás importantes al suelo. Le bajé la falda y los calzones, y la muy zorra ya estaba empapá’. Ni siquiera usamos condón, porque la doña me dijo al oído: «No te preocupí, estoy limpia y tomo pastillas». Y ahí me entró, cumpa. Se la metí de una, sintiendo cómo su pepa me apretaba como si fuera más joven que la mina de la cafetería. Gemía como loca, gritándome que le diera más duro, que la hiciera suya.

El escritorio crujía con cada embestida, y nosotros sudando como chanchos. La muy perra se vino como a los cinco minutos, gritando mi nombre, y yo no aguanté más y me corrí adentro de ella, llenándola entera. Qedamos ahí, jadeando, con la ropa hecha pico, mirándonos como si nada hubiera pasado. Después se limpió con unos papeles, se vistió como si fuera otra vez la jefa estricta, y me dijo: «Esto no puede salir de aquí. Y cuidado con la de la cafetería.» Ahora no sé qué weá hacer, porque si la otra mina se entera, la chamba se va a poner más incómoda que la chucha. Pero la verdad, cumpa, valió cada maldito segundo.

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