Por
Me dejé coger por dinero, y fue delicioso!
Hace un par de semanas había conocido al amigo de un amigo, de ahí interactuamos solo un par de veces, charlas normales, cero caliente. Un día me mandó mensaje con una propuesta, es decir, tener un encuentro por cierta cantidad. Desde el principio me dijo lo que quería: que se masturbarse con mis tetas, con mis pies, el tipo de vestimenta que quería que usara, entre otras peticiones. Todo respaldado con la cantidad de dinero. Al or*cio me quedé en shock, la verdad. Le pedí unos días para pensarlo. Pero al final acepté, ya solo acordando los detalles. Y la verdad me gustó mucho, no solo por el dinero, si no también por el encuentro.
El tipo, vamos a llamarlo Lucas, a primera vista era de lo más normal. Un profesional, serio, con una ropa que gritaba «oficina» y una conversación que no pasaba del clima o el trabajo. Incluso un poco insulso, te diría. Pero en sus ojos había algo, un brillo rápido cuando me miraba de reojo, que delataba otra cosa.
Cuando llegó el día, me vestí como me pidió: un vestido negro ceñido, sin nada debajo, y unos tacones altos que hacían crujir el piso. Llegué a su edificio, un lugar nice en una zona buena. Subí con el corazón a mil. Él abrió la puerta, ya más relajado, en jeans y una camiseta. Me hizo pasar.
El departamento era amplio, limpio, ordenado. Olía a limón y a algo más… a vida de pareja. Fue cuando vi las fotos. En una repisa, una foto grande de él con una mujer sonriente, abrazados en la playa. Otra, más pequeña, de una boda. «¿Ella está…?», pregunté, señalando con la cabeza.
«Mi esposa. Hace siete años, desde el colegio», dijo sin inmutarse, mientras me servía un trago. «Está pasando las fiestas con su familia, en la costa. Vuelve en una semana.»
Sentí un pinchazo raro. No era celos, para nada. Era algo más… una mezcla de morbo y de una sensación extraña de estar invadiendo un espacio sagrado. El sofá grande, de tela gris, donde seguro veían películas los domingos. La cocina abierta, con una isla de mármol donde tal vez desayunaban juntos. Y el pasillo que debía llevar al cuarto.
Tomamos el trago casi en silencio. La tensión era palpable, como un cable a punto de fundirse. Él puso su vaso sobre la mesa y me miró. «¿Lista?».
Asentí. En ese momento, toda la teoría se convirtió en práctica. Me levanté y me paré frente a él. Él se recostó en el sofá y con un gesto me indicó que me subiera. Me monté a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo cómo ya tenía una erección dura bajo el jean. Su respiración se volvió más profunda.
«Las tetas primero», dijo, su voz ya no era la del tipo serio, tenía un tono bajo, autoritario.
Con manos que me temblaban un poco, me bajé el escote del vestido, dejando mis senos al aire. Él los miró como si fueran una obra de arte, con una avidez que me encendió por dentro. Luego sacó su verga. Y, hermano… qué verga. Era grande, gruesa, con las venas muy marcadas, y la cabeza bien rosada y gruesa. Se la empezó a jalar lentamente, mirándome fijamente a los ojos, mientras con la otra mano me agarraba un pecho, apretándolo, masajeándolo, tirando del pezón.
«Acércate más», ordenó. Me incliné, hasta que mis tetas rodearon su verga. Él soltó un gruñido y empezó a follarlas, moviendo su cadera hacia arriba, deslizando su miembro entre mis senos, que apreté con mis brazos para darle más sensación. El precum humedecía mi piel. «Así, puta, así», gemía él, y cada vez que me llamaba así, sentía una descarga eléctrica. Me estaba usando, era verdad, pero Dios, me estaba excitando a niveles brutales.
Su ritmo se volvió frenético. «¡Te voy a chorrear!» avisó, y con un gemido ronco, se corrió. Chorros calientes y espesos de leche salieron disparados, cubriendo mis tetas, mi cuello, incluso me llegó un poco a la barbilla. El olor, salado y masculino, llenó el aire. Jadeó, recostándose, mientras yo me quedaba ahí, empapada de él, en el sofá donde quizás él abrazaba a su mujer.
Pero no terminó ahí. Después de limpiarse y de mirarme con esos ojos ahora oscuros por el deseo, se levantó. «Ahora la boca. En la cocina.»
Me llevó de la mano, no con suavidad, sino con una determinación que no admitía discusión. Me puso frente a la isla de mármol, fría contra mis manos. «Ponete ahí.»
Me subí, sintiendo el mármol helado a través de la fina tela de mi vestido. Él se paró entre mis piernas, ya con la verga otra vez dura, increíblemente. Agarró mi cabeza con ambas manos, enredando los dedos en mi pelo, y acercó mi boca a su miembro. «Abrite.»
Lo hice. Metió la punta y luego, sin más, la embistió toda. Me atraganté, las lágrimas asomaron en mis ojos. Él no se detuvo. Empezó a follar mi boca con una fuerza animal, jalándome del pelo para controlar el ritmo, profundidad, todo. «Chúpala, puta, bien. ¿Te gusta? ¿Te gusta la verga de un hombre casado en tu garganta?». Yo solo podía hacer sonidos ahogados, babear, y tratar de no ahogarme. La humillación, lo prohibido del lugar, la violencia del acto… me tenían más mojada que nunca.
Después de un rato que se sintió eterno, me soltó. Jadeaba. «No me corra en la boca», logré decir, con la voz ronca.
«No te preocupes», dijo, con una sonrisa cruel. «Te la guardo para otro lado.»
Me agarró de la mano y me arrastró al dormitorio. Era enorme, con una cama king size, impecable. La cama donde dormía con su mujer. Donde tenían su sexo «vainilla», como él mismo lo llamó después. Me tiró sobre ella, la espalda contra las sábanas limpias que olían a suavizante.
Sin ningún preámbulo, me levantó el vestido, me abrió las piernas y se lanzó sobre mí. Esta vez no hubo saliva ni lubricante. Sintió lo empapada que estaba y se metió de una. Un grito se me escapó. Me llenó completamente, era enorme, y el contraste de estar en su cama, en su espacio íntimo, con ese hombre transformado en bestia, me volvió loca.
Me cogió salvajemente. Primero de frente, mirándome fijamente, cada embestida era una afirmación de poder. Luego me dio la vuelta y me puso a cuatro patas, agarrándome de las caderas para clavarme más hondo. «Este culo es mío ahora», gruñía. «Mi mujer nunca se deja dar por aquí.» Esa confesión, en pleno acto, fue lo más excitante y perturbador. Me usaba de una manera que a ella no, me daba lo que a ella no quería. Después, me sentó sobre él y me hizo cabalgar, mientras me manoseaba las tetas aún pegajosas con su leche.
No fue una vez. Fueron tres. Tres veces que me hizo venir, que me llenó, en su cama. Cada vez más intenso, más sucio, con más palabras que me degradaban y que, en vez de apagarme, me prendían como gasolina.
Al final, los dos quedamos exhaustos, sudados, en un desorden de sábanas. El silencio volvió, pero ya no era incómodo. Era el silencio de un pacto cumplido. Se levantó, fue a su billetera, y me dio un fajo de billetes. Más de lo acordado.
«Eres una buena puta», dijo, y esta vez no sonaba a insulto, sino a un cumplido profesional.
Me vestí en silencio. Al salir, miré una última vez el departamento ordenado, la foto de la pareja feliz. Y yo, con las piernas temblando, el sexo adolorido y lleno de él, y el bolso notablemente más pesado.
Tuve miedo de no disfrutarlo, de sentirme mal. Pero la verdad es que lo disfruté como una loca. El morbo, el descontrol, la calidad de su verga y cómo la usaba… uf. Y al final, mi cuenta bancaria quedó bien holgada para fin de año. Fue raro, fue intenso, y sí, me dejé coger por dinero. Pero no me arrepiento.
4 respuestas
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Ufffff que relato tan delicioso
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Mas delicioso fue vivirlo 🤤🎆
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Que rico morbo fue primera vez que hiciste eso ?
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Siii y por puro gusto porque ni falta que me hace 😏
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