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Anónimo

octubre 14, 2025

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ME COJO A UNA ALUMNA

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(Oye, la verdad es que esto me tiene con los nervios de punta y necesito contarlo en algún lado. Soy un peruano viviendo en Bogotá, 25 años, dando clases de guitarra para sobrevivir mientras estudio. Y esta situación… esta situación con una de mis alumnas me está volviendo loco. Se llama Valentina, tiene 18 años recién cumplidos, y aunque la diferencia de edad no es un abismo, yo me siento un viejo verde cada vez que la veo. Pero no puedo evitarlo.)

Todo empezó hace como tres meses. Ella llegó a mi pequeño estudio, que en realidad es solo la sala de mi apartamento adaptada, buscando clases para entrar a la banda de su universidad. Desde el primer día me pareció linda, pero me dije: «Tranquilo, es tu alumna, no pasa nada». Y así fue las primeras semanas. Puro profesionalismo. Corregía sus acordes, le explicaba teoría, lo normal. Hasta que llegó ese día maldito y bendito. Hacía un calor infernal en Bogotá y ella llegó con unos leggins negros, esos que se pegan como una segunda piel. Y cuando se dio la vuelta para agarrar su estuche de guitarra, lo vi. Se le transparentaba la panty. No era cualquier panty, era un hilo negro, o quizás ni siquiera traía nada, porque se le marcaba perfectamente la raya de sus nalgas, redondas y firmes. Me quedé mirando como un idiota, con la boca semiabierta, hasta que ella se dio la vuelta y me sonrió, como si nada. En ese momento, la sangre me bajó directo a la verga, que no tardó ni dos segundos en ponerse dura como una piedra, palpitando dentro de mi jean. Del team sangre, como dicen, y cuando se me para, se pone grande, gruesa y se le marcan unas venas que a más de una le ha llamado la atención. Ese día fue un infierno tratar de dar la clase. Cada vez que me paraba detrás de ella para corregirle la postura del brazo, mi entrepierna quedaba a centímetros de su trasero. Podía sentir el calor de su cuerpo. Y ella… ella no se movía. Al contrario, a veces arqueaba un poquito la espalda, como ofreciéndose.

La segunda vez que vino, supe que no era casualidad. Llegó con una falda corta y unos leggins igual de transparentes. Yo, ya más osado, me puse detrás de ella para «ayudarle» con la posición de los dedos en el mástil. Mi verga, otra vez dura e insoportable, rozó su nalga a través de la tela. Los dos nos quedamos quietos un segundo. Ella no se apartó. Al contrario, hizo un movimiento sutil, casi imperceptible, hacia atrás. Fue como una descarga eléctrica. Podía sentir la tela del legging presionando contra el glande de mi verga. Me aparté rápido, con el corazón a mil, diciéndome que era un idiota, un irresponsable. Pero el daño ya estaba hecho. La semilla del morbo estaba plantada.

Las clases se convirtieron en esto. En un juego peligroso, excitante y adictivo. Yo llegaba a esperarla ya con la verga semi-erecta, solo de anticipación. Ella, la muy zorra, siempre encontraba la manera de usar una ropa que me volviera loco. Y siempre, siempre, terminábamos en esa posición: yo detrás, mi mano «inocente» sobre su cadera para guiarla, y mi paquete, ya completamente duro y venoso, rozándole las nalgas. A veces, cuando el calor era demasiado y la tensión se hacía insoportable, yo disimuladamente ponía mi mano sobre su cadera, no sobre la ropa, sino metiendo los dedos por debajo de su blusa, sintiendo el calor de su piel. Ella emitía un pequeño suspiro y se arrimaba más hacia mí. Nos quedábamos así, pegados, mi verga hundiéndose entre sus nalgas a través de la ropa, respirando el mismo aire cargado de lujuria. Una vez, estuvimos tan cerca que juré que podría haberla penetrado ahí mismo, solo bajándole un poco el legging. Se sentía tan real, tan húmedo y caliente incluso con las capas de tela de por medio, que casi me corro en mis pantalones. Ella lo notó, porque se rió bajito y dijo «profe, está muy duro hoy el ejercicio», con una voz cargada de malicia que me dejó claro que ella sabía exactamente lo que estaba pasando.

Lo más heavy fue hace dos semanas. Estábamos en un ensayo con la banda universitaria. Ella en el bajo, yo supervisando. El lugar estaba lleno de gente, incluido su novio, un tipo grandote que siempre la miraba con posesividad. En un momento, yo me acerqué para ajustarle la correa del bajo. Quedamos en un rinconcito, semi-escondidos por los amplificadores. Mi frente casi rozaba su hombro. Y entonces, sintiendo la audacia que solo da el morbo, deslicé mi mano desde su cintura hasta su abdomen bajo, muy bajo. Ella contuvo la respiración. Con la punta de mis dedos, presioné suavemente justo sobre el hueso púbico, a través de la tela de su pantalón. Podía sentir el calor abrasador que salía de su entrepierna. Mi otra mano, como si nada, seguía ajustando la correa. Nos quedamos así unos diez segundos que me parecieron una eternidad, con mi verga palpitando y amenazando con romperme el cierre, y ella, quieta, pero con el cuerpo tenso, entregado. Su novio estaba a quince metros de nosotros, hablando con el baterista. Fue lo más cercano al sexo que hemos tenido, y a la vez, lo más frustrante.

Porque esa es la regla no escrita, la «política rara» que mencioné. No hay penetración. No hay sexo explícito. Es solo esta danza de miradas, rozones y manos que se atreven un poco más cada vez. Pero, hermano, es que se ha vuelto tan difícil. Después de esa vez en el ensayo, nos vimos en una clase particular y la tensión era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Ella se sentó con la guitarra y en vez de tocar, me miró directamente a los ojos y dijo: «Profe, tengo un problema con el diapasón. ¿Me lo puede revisar?». Y abrió las piernas solo un poquito, suficiente para que yo viera, entre sus muslos, la humedad que empapaba su legging gris. Fue una invitación tan clara que me dolió la verga de lo dura que se puso. Me arrodillé frente a ella, como para revisar la guitarra, pero mi cara quedó a centímetros de su chocha. Podía olerla, un aroma dulzón y musgoso que me mareó. Le pasé los dedos por las cuerdas, pero ambos sabíamos que era un teatro. Lo que quería era meter mi cara ahí y devorarla hasta que gritara. En vez de eso, me levanté con dificultad, con el pantalón deformado por la erección, y le dije que todo estaba bien con la guitarra.

Ahora, nuestra comunicación por redes es super fría, super profesional. «Buenos días, profe, ¿a qué hora es la clase?». «Hola, Valentina, a las 4 pm.» Nada más. Pero cuando nos vemos, en las clases o en los ensayos, el juego continúa. Una mirada furtiva, un rozón que dura un segundo de más, mi mano «accidental» en su cintura baja. Es una tortura deliciosa. Y lo peor, lo que realmente me mata, es saber que tiene novio. Un tipo que la viene a buscar, que la abraza, y que no tiene idea de que su novia se frota contra la verga de su profesor de música cada vez que tienen la oportunidad. A veces pienso en que él se la coge, y en vez de darme rabia, me excita más. Imagino que ella piensa en mí cuando está con él.

La cosa no puede seguir así. O terminamos cogiendonos como animales en la primera oportunidad que tengamos, o esto va a explotar de la peor manera. Y viendo cómo vamos, con la manera en que ella se arrima y cómo me mira cuando cree que no la veo, me atrevo a decir que la penetración, aunque sea contra toda política, es solo cuestión de tiempo. Y cuando pase, hermano, te juro que no voy a poder ser gentil. La voy a coger contra la pared de mi estudio, le voy a bajar esos leggins que me vuelven loco y se la voy a meter toda, sintiendo por fin cómo está por dentro, mientras le grito en el oído lo puta que ha sido todo este tiempo.

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