Por
Me cogi al esposo de mi hermana
Esa tarde iba a ser una visita normal. Mi hermana, la santita de la familia, me había invitado a su casa para que la ayudara a elegir unas cortinas nuevas. Su esposo, Roberto, estaba allí, como siempre, con esa aura de hombre tranquilo y serio que a mi hermana le encantaba presumir. Pero yo sabía la verdad. Porque mi hermana, cuando se emborrachaba un poco o se sentía demasiado confiada, me contaba secretos. Y el más jugoso de todos era el tamaño de la verga de su marido.
«Es enorme, Valen, te juro», me susurraba por teléfono, con esa voz de niña buena que escondía una perversidad que solo yo conocía. «Y cuando me la mete por detrás, Dios mío, siento que me parte en dos. Pero lo malo es que siempre quiere darme por el culo, y a mí no me gusta mucho, me da cosa».
Esa confesión se me quedó grabada a fuego. Cada vez que veía a Roberto, saludándome con un beso en la mejilla, serio y correcto, yo ya no veía al contador aburrido. Veía la verga enorme que, según mi hermana, su esposa no sabía apreciar del todo. La idea empezó a crecer en mi cabeza, como una mala hierba, pero deliciosa. Un reto. Una tentación prohibida que me hacía mojar la tanga solo de pensarlo.
El día de las cortinas, mi hermana recibió una llamada urgente. Una amiga tenía una crisis y necesitaba que fuera. «¿Te quedas un rato con Rober? No tardo», me dijo, recogiendo sus cosas. Yo, con una sonrisa de ángel, asentí. «Tranquila, yo lo entretengo». La puerta se cerró y el aire en la sala se espesó de repente.
Roberto estaba sentado en el sofá, viendo las noticias. Yo me acerqué y me senté a su lado, no en el otro extremo, sino lo suficientemente cerca para que nuestros muslos se rozaran. «Qué aburrido estar aquí solo, ¿no?», dije, con un tono que no dejaba lugar a dudas.
Él me miró, un poco sorprendido. «Bueno, sí. Pero ya vuelve tu hermana».
«Oh, no creo», susurré, acercando mi boca a su oído. «Su amiga siempre tarda horas en esos dramas». Mi mano, como por casualidad, cayó sobre su muslo. No la quité. La dejé ahí, caliente, pesada. Sentí el músculo tensarse bajo el pantalón. «Mi hermana me ha contado cosas de ti, Roberto. Cosas… interesantes».
Su respiración se alteró. Era apenas perceptible, pero yo la sentí. «¿Qué cosas?», preguntó, con la voz un poco más ronca.
«Cosas sobre lo que te gusta. Sobre lo que ella no siempre quiere darte». Mi mano se deslizó unos centímetros hacia su entrepierna. Ya se notaba el bulto, creciendo bajo la tela. Era verdad. Era enorme. Un nudo de excitación y ansiedad se me formó en la garganta.
Él no apartó mi mano. Al contrario, cerró los ojos por un segundo. «Esto está muy mal, Valentina».
«Lo sé», dije, y esa vez fui yo quien cerró la distancia. Le besé. Fue un beso sucio, lleno de lengua y de intención, sin el preámbulo tímido de un primer encuentro. Él dudó un instante, pero luego su boca se abrió y su lengua encontró la mía con una urgencia que delataba años de fantasías reprimidas. Sus manos me agarraron de la cintura y me subieron a su regazo. Podía sentir su verga dura, palpitando, presionando contra mi centro. «Quiero verla», jadeé, rompiendo el beso. «Quiero ver esa cosa de la que mi hermana tanto habla».
Casi nos caemos del sofá para llegar al dormitorio. Su dormitorio. La cama donde dormía con mi hermana. Eso me prendió más. Me empujó contra la cama y se arrodilló frente a mí. Con manos temblorosas, me bajó los jeans y la tanga. El aire frío de la habitación me golpeó la piel, pero yo estaba ardiendo. Él se quedó mirando mi sexo, depilado y ya brillante de excitación, y luego se lanzó.
Dios, cómo chupaba ese hombre. No era delicado. Era hambriento, voraz. Su lengua era ancha y plana, y la movía por todo mi coño como si quisiera memorizar cada pliegue. Se metía dentro, luego subía a mi clítoris y lo succionaba con una presión que me hizo gritar. Sus dedos se unieron a la fiesta, dos, luego tres, metiéndose y saliendo de mí con un ritmo que me volvía loca. Yo me aferraba a las sábanas de mi hermana, gemía su nombre, «Roberto, sí, ahí, no pares», y él obedecía, intensificando el ritmo.
«No me hagas venir aún», supliqué, pero fue inútil. El orgasmo me sacudió con una fuerza brutal, un tsunami que me hizo arquear la espalda y gritar hasta quedar ronca. Él no se detuvo. Siguió lamiéndome, succionando, bebiendo mis jugos hasta que los espasmos cesaron y yo quedé jadeando, hecha un desastre.
Luego, se puso de pie y se bajó el pantalón. Y ahí estaba. Mi hermana no había exagerado. Era una bestia. Morena, gruesa, con la cabeza grande y morada, y unas venas que parecían caminos en un mapa de placer. Me la quedé mirando, hipnotizada. «Chúpamela», ordenó, y su voz ya no era la del marido tranquilo. Era la de un hombre poseído por el deseo.
Me arrodillé en la alfombra, frente a él. Agarré esa masa de carne con ambas manos y la llevé a mi boca. No cabía. Ni la mitad de la cabeza. Pero lo intenté. La lamí, la besé, la chupé como si fuera el último helado del mundo. Sabía a hombre, a testosterona, a pecado. Él me agarraba del pelo y empujaba, follando mi boca, y yo dejaba que lo hiciera, ahogándome en su tamaño, llorando y babeando, pero sin soltarla. Hasta que sentí un sabor salado y su cuerpo se tensó. «Me voy a correr», gruñó.
Yo abrí más la boca y asentí, con los ojos llenos de lágrimas. Quería su leche. La quería toda. Con un gemido gutural, explotó en mi boca, chorro tras chorro de un semen espeso y caliente que me llenó la garganta. Tragué, sin dejar de mirarlo a los ojos, y luego limpié lo que se me había escapado con el dorso de la mano. Él jadeaba, mirándome como si fuera un demonio al que acababa de liberar.
Pero no había terminado. Me levantó y me puso a cuatro patas sobre la cama, sobre la colcha que mi hermana había elegido con tanto cuidado. «Quiero tu culo», dijo, y sus palabras eran un eco de lo que mi hermana me había confesado. A ella no se lo daba. A mí sí.
Escupió en su mano y me lubricó el agujero, luego presionó la cabeza de su verga, todavía pegajosa de mi saliva y su leche. «Relájate», murmuró, pero era una orden. Y cuando entró, a pesar de la preparación, fue como ser partida por la mitad. Un dolor brillante y agudo que rápidamente se transformó en una sensación de plenitud brutal, de estar siendo reventada y reconstruida al mismo tiempo. Empezó a coger, agarrándome de las caderas, y cada embestida hacía crujir la cama y golpear la cabecera contra la pared. Yo gemía, ladraba, le rogaba que no parara, que me rompiera, que me usara como su perra. Porque en ese momento, eso era lo que era. La perra sumisa de mi cuñado, en la cama de mi hermana.
Se vino dentro de mi culo, con un rugido, llenándome de un calor que sentí que me quemaba por dentro. Pero no fue suficiente. Esa tarde, en esa habitación, me cogió cuatro veces. En diferentes posiciones. Contra la pared, sentada en él, de lado. Cada vez me llenaba de leche, en mi coño, en mi boca, otra vez en mi culo. Era insaciable. Y yo, más puta que nunca, lo recibía todo, exhausta, adolorida, pero más viva que en toda mi vida.
Cuando mi hermana llamó para decir que ya venía, el pánico nos golpeó a los dos. Nos vestimos a toda prisa, abrimos las ventanas para ventilar el olor a sexo, intentamos arreglar el desastre. Nos miramos, y en sus ojos vi la misma mezcla de culpa y de triunfo que debía haber en los míos.
Desde entonces, no ha parado. Los mensajes llegan a todas horas.
«Necesito tu culo otra vez…»
«No puedo dejar de pensar en cómo gritabas…»
«Tu hermana no me satisface».
Es agobiante. Para mí fue una aventura épica, una historia para añadir a mi colección. Pero para él, parece que fue la puerta a un nuevo mundo. Y ahora, cada vez que mi hermana me habla de lo feliz que es en su matrimonio, yo me sonrío por dentro, sintiéndome un poquito culpable, recordando su leche caliente dentro de mí..


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