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diciembre 1, 2025

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Me cogí al ahijado de mi marido SEIS VECES en un día

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Desde que mi esposo se hizo su padrino hace ya varios años, este muchacho viene a la casa por cualquier cosa. Siempre fue delgado, tímido, con esas orejas grandes que le daban un aire de perrito callejero. Pero en los últimos dos años, algo cambió. Se le estiró el cuerpo, le salieron músculos largos y fibrosos en los brazos, y esa mirada… esa mirada dejó de ser la de un niño. Era una mirada que se me quedaba pegada cuando pasaba a mi lado, que recorría mi espalda cuando me inclinaba a agarrar algo de la nevera. Una mirada que sabía lo que quería, aunque quizás él mismo no lo supiera.

Mi marido, lo mandaba a hacer cualquier vaina. “Sebas, ven a ayudarme con el garaje”, “Sebas, la cerca del jardín se está cayendo”. Y él venía, calladito, obediente, sudando bajo el sol con su camiseta blanca que se le pegaba al cuerpo. Yo lo miraba desde la ventana de la cocina, con un vaso de agua fría en la mano, sintiendo cómo un calor extraño, prohibido, me subía desde el vientre. Tenía 19 años. Yo, 42. Pero en esos momentos, la edad era solo un número que se me derretía entre las piernas.

El viernes pasado hizo un calor infernal. Mi marido se había ido de viaje de negocios, como siempre. La casa era mía, y el silencio era tan pesado que podía escuchar mis propios pensamientos sucios. Sebastián vino temprano, como le había pedido, a podar el jardín. Lo vi desde la puerta, con esos audífonos puestos, concentrado en la máquina, los músculos de sus brazos tensándose con cada movimiento. Llevaba unos shorts viejos, llenos de pintura, que se le habían vuelto un poco ajustados. Y ahí, cuando se agachó a recoger unas ramas, vi el contorno de su verga, marcándose contra la tela. No era una abultación discreta. Era una promesa clara, obscena, que me dejó la boca seca.

La idea se me ocurrió de repente, impulsiva, peligrosísima. Sin pensarlo dos veces, me quité la bata que llevaba sobre el bikini. Ni siquiera era un bikini decente. Era un hilo, un trozo de tela roja que apenas cubría nada. Me dirigí a la piscina, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Sabía que me estaba mirando. Podía sentirlo, como un peso ardiente entre mis hombros.

Me sumergí en el agua fresca, flotando un momento, antes de salir y recostarme en el borde, cerrando los ojos al sol. Pero no los cerré del todo. Entre las pestañas, lo vi. Se había detenido con la podadora en la mano. Se había quitado los audífonos. Me estaba mirando fijo, y no al rostro. Estaba mirando mis tetas, que casi se salían del top, y mis piernas, abiertas de una manera que no podía ser casual.

“¿Necesita algo, madrina?”, preguntó, con una voz que intentaba ser respetuosa pero que temblaba levemente.

Abrí los ojos por completo y lo miré. “Hace mucho calor, Sebastián. ¿No quieres un baño?”.

Se quedó paralizado. Tragó saliva. “No… no tengo traje de baño”.

Yo me incorporé lentamente, saliendo del agua, dejando que el sol me secara la piel. El hilo rojo estaba empapado, transparente, y sabía que no dejaba nada a la imaginación. “¿Y quién dijo que necesitas uno?”.

Sus ojos se abrieron como platos. Fue como si le hubiera soltado una descarga eléctrica. Se quedó ahí, en el césped, con la máquina ronroneando en su mano, incapaz de moverse, de hablar. Yo di un paso hacia él, luego otro. El césped mojado bajo mis pies descalzos. Cuando estuve a un metro de distancia, pude ver el pánico y el deseo luchando en su rostro. Y algo más, algo primitivo que empezaba a ganar.

“Apaga esa máquina”, le dije, con una voz que no reconocí como mía. Era baja, ronca, cargada de intención.

Él obedeció. El silencio fue absoluto. Solo el zumbido de las chicharras y el latido salvaje de mi propio corazón.

“¿Tienes miedo?”, le pregunté, acercándome un poco más. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el olor a pasto recién cortado y sudor joven.

Asintió, sin poder negarlo.

“No deberías”, susurré, y entonces, con un movimiento que había ensayado mil veces en mi mente, me desaté el top del bikini. Mis tetas cayeron libres, pesadas, los pezones oscuros y erectos por el frío del agua y la excitación. Él emitió un sonido, un jadeo ahogado. “Esto es lo que quieres, ¿verdad, Sebastián? Lo que has estado mirando a escondidas”.

No esperé a que respondiera. Me quité el hilo de abajo, quedando completamente desnuda frente a él, en medio de mi jardín, bajo la luz cruda de la tarde. Él no apartó la vista. Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo con una hambre que me incendió por dentro.

“Tócame”, le ordené.

Sus manos temblorosas se alzaron, vacilando en el aire, hasta que una de ellas se atrevió a rozar mi cintura. Fue un contacto eléctrico. La otra mano se posó en mi cadera, luego se deslizó hacia mi trasero, apretándolo con una fuerza que no esperaba de alguien tan flaco. Yo gemí y me abalancé sobre su boca, besándolo con una desesperación que llevaba meses, quizás años, acumulando. Él respondió torpemente al principio, pero pronto aprendió, su lengua encontrando la mía con un ansia que me quitó el aliento.

Lo empujé hacia atrás, hasta que sus piernas dieron contra el borde de la piscina, y cayó sentado en el césped. Sin perder un segundo, me monté sobre su regazo, sintiendo la dureza inmensa de su verga a través de los shorts. Era verdad. Era enorme. Un bulto grueso y largo que palpitaba contra mi pubis. Me restregué contra él, frotando mi coño empapado sobre la tela, y él gimió, enterrando la cara en mis tetas.

“Chúpamelas”, le pedí, y él obedeció, succionando mis pezones con una energía voraz, como si fuera la primera vez que probaba una mujer. Sus manos recorrían mi espalda, mis nalgas, metiéndose entre mis piernas para encontrarse con mi humedad. “Dios, madirna… está tan mojada”, murmuró contra mi piel.

“Y es toda para vos”, le dije, bajándome de su regazo y arrodillándome frente a él. Le desabroché el cierre de sus shorts y se los bajé, junto con sus calzoncillos. Y ahí estaba. Su verga saltó libre, imponente. Morena, gruesa, con las venas marcadas, y la cabeza ya brillando con una gota de precum. Era perfecta. Me la llevé a la boca de un solo movimiento, ahogándome voluntariamente en su tamaño, saboreando su sabor salado y masculino. Él gritó, un sonido gutural, y sus manos se aferraron a mi pelo, guiando mis movimientos. “Así… así… no pare, por favor”.

Después de unos minutos, lo empujé hacia atrás, sobre el césped. “Ahora quiero que me comas a mí”, le dije, y me posicioné sobre su rostro, ofreciéndole mi coño directamente. Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Se abalanzó como un hombre que se muere de sed, metiendo su lengua dentro de mí, lamiendo, succionando, explorando cada pliegue. Fue el mejor sexo oral de mi vida. Largo, intenso, desinteresado. Me hizo venir dos veces, seguidas, hasta que mis piernas temblaron y tuve que apartarme.

“Ahora”, jadeé, poniéndome a cuatro patas sobre la hierba. “Ahora dame por detrás. Como a una perra”.

Él se colocó detrás de mí, y sentí la punta de su verga enorme buscando mi entrada. Cuando la encontró, empujó. Lentamente al principio, porque era demasiado grande, pero luego, cuando cedí, se metió hasta el fondo. Un grito se me escapó, un grito de placer puro y absoluto. Empezó a moverse, agarrándome de las caderas, y cada embestida era una afirmación. Él ya no era el niño tímido. Era un hombre follándome en mi jardín, y yo era su puta.

Cambiamos de lugar. Fuimos a la piscina, donde me tomó contra el borde, con el agua chapoteando a nuestro alrededor. Luego a la sala, donde me sentó en el brazo del sofá y me penetró mientras yo me aferraba a sus hombros. Finalmente, en mi cama matrimonial, donde me puse arriba y lo monté, controlando el ritmo, mirándolo a los ojos mientras sentía cómo me llenaba por completo.

Nos vinimos juntos, él dentro de mí, yo gritando su nombre en el cuarto donde duermo con mi esposo. Después, jadeantes, cubiertos de sudor y vergüenza y gloria, nos quedamos mirando al techo.

“Tu padrino nunca puede saberlo”, le dije, rompiendo el silencio.

“Nunca”, prometió, con una voz grave que ya no era la de un muchacho.

Ese día, Sebas me cogió seis veces. En cada rincón de la casa. Más veces de las que mi marido me ha tocado en el último mes. Y cada vez fue mejor, más confiado, más salvaje.

Hoy, mi esposo vuelve a casa. Y yo estoy aquí, con el coño todavía adolorido…

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