Por
Anónimo
MAMÁ Y MI OPERACIÓN DE FIMOSIS
– Querida – dijo mi padre -, Monchito tiene un problema.
Mi madre abandonó sus tareas en la cocina y se acercó a la ducha donde papá me ayudaba a bañarme, pues me había dañado el hombro, brazo y mano derechos jugando a fútbol.
– ¿Qué problema? – preguntó ella, mientras yo pudoroso trataba de tapar mi desnudez con la mano sana.
– Monchito no descapulla, ¿no lo ves? – dijo papá tratando de empujar el prepucio para dejar al descubierto el glande -. Lo que sí tiene en su sitio son dos hermosos testículos.
Yo protesté como pude, pero al final fue mi madre la que puso fin al dilema.
– Eso se lo soluciono yo en un plisplás, con un remedio casero que mi madre aplicó a mis hermanos, que también tenían fimosis.
Y así fue como, durante más de una semana, cuando yo me iba a la cama tras cenar, mi madre se sentaba a mi lado, me bajaba el pijama y, mojando su dedo índice en una mezcla de aceite de almendras y manzanilla, lo metía dentro de mi prepucio y empezaba a girar una y otra vez durante un buen rato. Ni que decir tiene que esta acción me ponía la polla más dura que el acero y el regustín que sentía solo yo lo sabía. Por si fuera poco, mamá siempre venía con su camisón de dormir en el que transparentaban las dos soberbitas tetas que la naturaleza le había dado. Aquellos pechos y aquellos pezones abultados eran los que ponían loco a papá noche sí y noche también cuando echaban un buen polvo. Y eran los que también ponían cachondos a los amigos de papá, a mis compañeros de clase… y ahora también a mí mismo.
– ¿Te molesta este movimiento, Monchito? – me decía ella melosa y hasta con cierto deleite -. Tienes que tener paciencia; ya verás qué pronto se soluciona este pequeño problema. Al descapullar, mearás mejor y podrás asear tus partes convenientemente.
Yo me callaba y trataba de poner la mente en blanco, aunque todas las noches esperaba ansioso la venida de mami. Hasta que una noche, tras aplicarse a fondo con el retraimiento del prepucio y frotamiento del capullo, un líquido viscoso empezó a salir del pene. La cabeza impregnada del aceite mágico estaba a punto de reventar y, ante el estupor de mi madre, explotó en medio de grandes convulsiones mías pringándole sus delicadas manos. Mi madre salió aterrada de mi cuarto, gritándole a mi padre:
– Hay que llevar a Moncho – dejó de llamarme Monchito – al urólogo. Su fimosis no se soluciona con remedios caseros.
Mi circuncisión resultó todo un éxito. Aquella noche dormí en el hospital como medida de precaución. En mi habitación, separados por un biombo, estaba otro paciente: un gigantón negro de unos treinta años, al que iban a operar al día siguiente de hidrocele, que para el que no sepa es acumulación de líquido en los testículos. Al parecer los tenía como dos melones lo que, unido a su poronga descomunal, le impedía prácticamente caminar. Mi madre me acompañaba cuando se acercó el médico a interesarse por mi evolución. Era un hombre joven y atractivo.
– ¿Quedará bien mi hijo? – preguntó mamá.
– Claro, señora. Se trata de una operación muy sencilla. No debieron esperar tanto a hacérsela al chico, estas cosas se detectan muy pronto. Le hemos cortado un trozo de pellejo en redondo, le hemos puesto p unos puntos de sutura que caerán solos dentro de unas semanas, y ya está.
– Y estéticamente, ¿le quedará bien el miembro? – insistió mi madre.
– Perfecto, no tema. Yo mismo estoy operado y me ha quedado divina.
– ¿Seguro, doctor?
– Seguro, señora. ¿Quiere verla?
No dudó un instante mi madre, que ya empezaba a recalentarse ante aquel médico tan amable y de buen porte: alto, espadas anchas, cabellos rubios… Y no tardaron en encerrarse en el cuarto de baño anexo para realizar la comprobación que tanto preocupaba a mi mamá. Yo seguía medio aturdido por los efectos de la anestesia pero al negro no se le había escapado detalle…
Nada más encerrarse en el cuarto de aseo, mamá se sentó en la taza del baño aguardando que el doctor le mostrase la maravilla de su circuncisión. Este se abrió la bata, se bajó el pantalón y el bóxer y le mostró una verga de considerable tamaño, erecta y sin el capuchón del prepucio, bonita de verdad. Mamá se arrojó como una posesa a introducir aquella poronga en la boca y lamérsela con ansia desde el capullo hasta los mismísimos huevos. El médico se inclinó sobre mi mamá, le sacó la blusa, le bajó el sujetador y puso su polla entre sus dos senos. Desde el primer momento le habían llamado la atención las soberbias ubres de la madre de su paciente. Solo supo decir: «Una cubana». Y mamá comenzó a masturbarlo frotándole el falo con las dos tetas con ritmo, apretándole al máximo con ambas como si de una jodienda se tratase… hasta que el joven doctor se corrió salpicándole la leche por toda la cara. El negro no había perdido detalle desde el agujero del cerrojo, para lo que se había levantado de la cama arrastrando su pesada entrepierna. Y yo no había perdido de vista al negro.
Todo era calma y oscuridad a las tantas de la madrugada en la habitación del hospital. Mamá dormitaba en un sofá al pie de mi cama. Yo era incapaz de dormir, imaginándome lo que habría pasado dentro de cuarto de baño, mamá quizá soñase con la «cubana» que le había hecho al apuesto doctor o aún saboreaba en su baca los restos de lefada. El negro tampoco dormía. El hijoputa se aseguró que todo estaba tranquilo, se levantó de la cama y se dirigió a donde estaba mi madre. La cogió en brazos y la llevó con el máximo sigilo a su lecho. Recolocó cuidadosamente la mampara para asegurarse de que yo no vería nada. Mamá se sobresaltó en un principio al verse trasladada de aquella manera con los poderosos brazos de aquel gigante, pero calló. El hombre la depositó sobre la cama, la desnudó de cintura para abajo y sin contemplaciones, consciente de que estaba en una situación de riesgo si yo me despertaba o si entraba en el cuarto una enfermera, introdujo las bragas en la boca de mami para que sus gemidos no trascendieran, abrió de piernas a la gordibuena, a la que ya notó mojada, y sin piedad le metió sus casi treinta centímetros. Bombeó y bombeó… Los huevos hidrocélicos golpeaban contra la vagina produciendo un sonido chopchop considerable. Mamá empezó a gemir de placer. Aquella penetración le había faltado con el médico, su útero estaba soltando fluidos desde que se encerró en el baño con el médico y necesitaba un alivio. Y aquel alivio vino de aquel animal sexual que compartía habitación con su hijo. Chopchop, así una y otra vez. El negro estaba a punto de correrse. Le habían prohibido eyacular hasta un mes antes de su operación, así que estaba más caliente que un mandril en celo. A la mierda la operación, aquella oportunidad no la iba a perder con aquella puta blanquita de buen culo y mejores tetas. Y se corrió como una bestia desbocada y ella, al sentir aquel raudal de lefada tórrida y abundante dentro de sus entrañas, también orgasmó, no una sino hasta tres veces. Allí, a un metro de su hijo del alma. Creía que yo estaba dormido pero no había perdido detalle de aquel lujurioso encuentro interracial. Los puntos de sutura de mi reciente circuncisión saltaron por el aire, tal era el grado de excitación que tenía y, sin tocarme, tuve la más grande corrida que recuerde.
A la mañana siguiente, cuando mi madre y yo nos disponíamos a marchar para casa, escuchamos el comentario que médico y enfermeros hacían al negro antes de llevarlo al quirófano:
– Esto parece un milagro, amigo. El hidrocele en ambos testículos ha desaparecido. A ver si lo que usted tenía era una orquitis por acumulación seminal. ¿A usted eyaculado esta noche?
Mamá y el negro se miraron en silencio y salimos de la habitación.


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