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Anónimo

noviembre 8, 2025

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LOS VAGABUNDOS AGRADECEN LA CARIDAD DE MAMÁ

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La mujer gordibuena, madre de familia, felizmente casada y con un gran corazón se prestó a colaborar como voluntaria en la Asociación de Damas Benefactoras, y no había semana en que, tras terminar sus tareas como ama de casa, ocuparse de la atención de sus hijos en edad escolar y atender sus obligaciones como esposa, no visitase los arrabales de la ciudad para llevar a los más necesitados todo tipo de ayuda material recolectada en la asociación: alimentos, ropa, utensilios varios… y consuelo. Algunas veces le acompañaba su hija y otras su hijo, porque quería que conociesen la realidad social y se educaran en la caridad hacia el prójimo. Esta tarde le correspondió a Moncho, el chico, acompañarla a uno de los suburbios más pobres y peligrosos de la ciudad.
– ¿No tienes miedo en ir a esos sitios? – preguntó el marido durante la comida.
– En absoluto. Un buen espíritu me acompaña en estas acciones – respondió ella -. Además viene conmigo un hombrecito… ¿eh, Monchito?
Moncho no respondió. Se armó de resignación y lamentó mucho que todavía los celulares no estuviesen al alcance de todos, porque aportaban una gran seguridad ante cualquier peligro.

El autobús llevó a Moncho y su madre hasta las afueras de la ciudad tras un trayecto interminable de casi una hora. La mujer llevaba anotado el lugar donde se encontraban los menesterosos, dos hombres que con frecuencia pedían limosna a la puerta de la iglesia o del mercado. Le llevaba una gran bolsa con algo de ropa y comida. Al fin, después de caminar madre e hijo por un extenso descampado llegaron a un pinar donde había un automóvil destartalado, que al parecer le servía de cobijo a estos dos desgraciados.
– Hola – dijo ella -. Soy miembro de la Asociación de Damas Benefactoras. Venimos a traerle algo de ayuda.
Los dos hombres miraron con desconfianza a los dos recién llegados. Los vieron de arriba a abajo como para analizarlos con detenimiento. Pero más a ella, reparando con mirada lasciva en su buen cuerpo, su rostro sensual, sus soberbias tetas y el culo prieto y respingón que sobresalía de unos apretados leggins. Eran ellos relativamente jóvenes, no llegaban a los 40 años y se parecían mucho entre ellos, sin duda serían hermanos o primos. Desaliñados y con barba de varios días, vestían sendos pantalones de chándal y unas sucias camisetas.
– Veo que necesitan algo de ropa – rompió ella el incómodo silencio -. En esta bolsa hay de todo.
El más joven se aproximó a Moncho y su madre y arrebató de la mano de esta la bolsa.
– Veamos lo que trae esta dama de la caridad – dijo al fin con sorna. Y arrojó todo el contenido al suelo.
– Vaya – dijo el otro -. Galletitas, yogures, fruta fresca… Dos jeans, una sudadera, unos zapatos viejos … ¡Y calzoncillos!
– ¿Qué calzoncillos de mierda son estos? – habló el mayor -. Estos no le valen ni a ese chaval. Con la polla que tengo esto no me sirve para nada.
– No hables así a la señora – dijo en tono burlesco el hermano -. Esta grata visita va a llevar una mala impresión de nosotros.
– Si es verdad, hermanito, estos calzoncillos no me pueden sujetar mi poronga. Vamos a comprobarlo.
Y bajándose el pantalón y el slip mugriento que llevaba puesto quedó con el miembro al aire. La mujer se disponía a irse pero Moncho había quedado petrificado viendo semejante verga. Aun no erecta, esta medía más de 20 centímetros y de en medio de una gran pelambrera rizada colgaban dos testículos como dos melones.
– ¡Vámonos Monchito, aquí no hacemos nada! – dijo la madre. Pero ya el más joven se había situado detrás del chico y lo sujetaba con fuerza.
– De aquí no se va nadie – dijo -, hasta que reciba el agradecimiento que se merece.
Y, empujando a Moncho, lo introdujo en la parte trasera de aquel coche destartalado que les servía de albergue a los dos indigentes. Sacó una llave de uno de sus bolsillos y encerró al muchacho sin posibilidad de escapada. Los cristales de las ventanillas estaban atorados de tal manera que no subían ni bajaban, el olor era insoportable y la tapicería de los asientos mostraban inconfundibles manchas de semen y todo tipo de inmundicias. Moncho comenzó a golpear inútilmente los cristales pidiendo socorro y llamando a su madre.
– No me has dicho si te ha gustado mi poronga, guapa. Espera a ver la de mi hermanito.
Y condujeron a empellones a la mujer a un claro donde tenían extendida una mugrienta manta. Esta se revolvía como podía pero pronto los dos desalmados la atenazaron de tal manera que pudieron despojarla sin problemas de todo lo que llevaba puesto: chaqueta, blusa, leggins, sujetador … y bragas.
– ¡Vaya, tienes la concha rubia, como el pelo de tu hijito! – rio uno de ellos.
– Ya sabes que a mi no me gustan los chochos peludos – dijo el otro -. Lo quiero lampiño como el de una Barbie. Sujétala que le voy a rasurar la concha para que se muestre abultadita y la rajita sonrosada como aquella… ya sabes.
– Claro que sé. Nuestros años de cárcel nos costaron – carcajeó el otro.
Y mientras uno sujetaba a la mujer por los brazos, el otro le separó los muslos y dirigió una navaja barbera a la entrepierna. Ante el riesgo de que la hiriera, la madre de Moncho permaneció estática mientras aquel hijoputa le afeitaba hasta el último pelo de la chucha. Mientras, el chaval clamaba con desesperación dentro del auto, desde donde podía ver perfectamente la escena.
– No sabes lo que te aguarda, dama caritativa – dijo el mayor mientras se desnudaban ambos hombres al completo. No mintió cuando anunció con anterioridad de que la polla de su hermano aún era más monstruosa.
Con la chucha afeitadita como una bebita, uno de ellos se ocupó de lamerle la raja con deleite hasta conseguir que la mujer se lubricase. El clítoris se excitó de tal manera que parecía una pijita pidiendo guerra. El otro había introducido su verga en la boca de la hembra mientras pellizcaba hasta la crueldad sus pezones. La mujer se revolvió rechazando monumental polla, no solo por el tamaño sino porque estaba impregnada de un asqueroso y abundante esmegma, además de un olor nauseabundo.
– ¿No te gusta mi requesón, golfilla? – dijo el hombre obligándole a absorber todo aquel cúmulo de suciedad y sebo -. Seguro que está más rico que los putos yogures que nos has traído.
Y le hizo tragar todo el esmegma. Y luego, también el del otro vagabundo.
– Ya esta mojadita. ¿Quién va primero, hermano?

El pobre de Monchito no daba crédito a lo que estaba viendo. Ni en sus pajas más calenturientas se había excitado tanto. Y es que ahora mamá parecía estar disfrutando de tan morbosa situación. Ya no oponía resistencia e incluso colaboraba en las posturas que le obligaban a tener. Uno primero y otro después la follaron por su nuevo coño infantil y en ambas ocasiones parecía estar gozando. Monchito poco sabía de orgasmos femeninos, pero aquellos gemidos y gritos que emitía su mamá no sabía si eran de dolor… o placer. El colmo fue cuando la sodomizaron
– Métesela tú por el culo, hermanito, que la tienes más pequeña.
Y así fue. Aun con dificultad, puesta ella a cuatro patas, la verga del mayor entró al completo en el orto de la mujer. Así, insertado como estaba, el hombre se dejó caer de espaldas, puso la mujer espatarrada con el coño abierto al máximo y se lo ofreció a su hermano. Así, en modo sandwiche, estuvieron bombeando un buen rato, bañados los tres en sudor y fluidos. «¿Estará sufriendo mami?», pensó para sus adentros Moncho ingenuamente. Pronto salió de dudas el chaval: su madre llevó sus dedos mojados en saliva a la vagina para masajear más si cabe su clítoris y conseguir el orgasmo de su vida. ¡Estaba gozando como una perra!, dedujo sin dudarlo el chaval. Y por un momento pensó en su pobre padre, trabajador sacrificado, convertido en un cornudo por dos miserables y asquerosos indigentes en un descampado de las afueras… Pero no se cortó, superexcitado como estaba: se bajó los pantalones y se sacó su pija bien erecta y ya de tamaño considerable para su edad y se hizo la manuela de su vida. Casi al tiempo que orgasmaba aquel trío que tenía enfrente, Monchito disparó contra la puerta del coche donde estaba cautivo la mayor cantidad de lefada que hasta entonces habían soltado sus huevecillos.

– ¿Iremos a la policía a denunciar a estos vagabundos, mami? – preguntó el chaval cuando ya estaban de vuelta a casa.
– Sería una falta de amor al prójimo, hijito. Esto no se le puede contar a nadie. Las caridades no se cuentan. ¿Sabes lo que dice el evangelio?
– No, mamá.
– «Lo que haga tu mano derecha, que no lo sepa la izquierda». Esto quiere decir que no hay que presumir de ser generoso y comprensivo.
Monchito calló. No estaba mal la frase. Y no se sintió culpable de haberse hecho el gran pajote de su vida mientras dos desconocidos se follaban a su mamá y esta gozaba como nunca. Porque se había masturbado con la mano derecha y la izquierda no se había enterado.

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