¿Los malotes son solo para coger?
Es verdad lo que dicen, los chicos malos son solo para coger, y qué bien que uno los coje, Pero déjame contarte bien esta historia, que es de verdad, como te digo, en esa época tenía mis 22 añitos y un fuego por dentro que no veas.
El tipo se llamaba Leo. Imagínate, el prototipo del chico malo: rastas hasta los hombros, una argollita de plata en la oreja, siempre con su patineta bajo el brazo y unos jeans rotos que se le pegaban a un culo que parecía de dios griego. Lo veía pasar por la plaza Bolívar, patinando como si el mundo fuera suyo, con esa actitud de «no me importa nada», y a mí, que siempre fui la niña bien de la familia, se me salía el corazón del pecho. Me sentaba en una bancota, con mi limonada, y lo espiaba, disimulando, pero él debió notarlo. Un día, no sé cómo, empezamos a hablar.
Fue en un concierto de rock en el Parque La Guaricha. Él vendía pulseras y yo fui con unas amigas. Nuestras miradas se engancharon y fue como un choque eléctrico. Cambiamos el ICQ (sí, ese tiempo, mi amor, qué vieja soy) y ahí empezó todo.
Las conversaciones por el computador de mi casa, en las noches, se volvieron rápidamente en puro morbo. No había «hola, ¿cómo estás?», era directo al grano. Él me escribía: «Soñé que te tenía contra una pared y te bajaba ese shortcito que usaste hoy». Y yo, temblando, le respondía: «Y yo soñé que te chupaba esa verga hasta que te vinieras en mi boca». No había pena, ni rodeos.
Era pura lujuria cruda. Quedamos en cumplir nuestras fantasías, una por una. La primera fue en el estacionamiento del mismo parque, de noche. Llegué con un falda cortísima y sin calzones, como me lo había pedido. Él estaba recostado en su patineta, fumando. Ni siquiera un beso. Me miró con esos ojos oscuros y dijo: «Pégate a ese carro azul y abre las piernas».
Lo hice, con el corazón a mil. Se acercó, se arrodilló, y en la penumbra, con el riesgo de que alguien nos viera, me metió la lengua en el chocho. ¡Ayyy, no te imaginas! Era un animal, comiéndome como si no hubiera comido en días, mientras sus manos me apretaban las nalgas con fuerza. Yo gemía, agarrándome de la capota del carro, sintiendo el frío del metal contra mis piernas. Me hizo venirme así, en silencio, con los labios temblando. Luego se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y dijo: «La próxima, te la meto». Y se fue patinando. Yo me quedé ahí, deshecha, las piernas como gelatina.
La segunda vez fue en mi propio carro, en un camino vecinal cerca de Jusepín. Esa vez sí, me la metió. Fue rápido, rudo, y delicioso. Subí al asiento del copiloto, él se bajó los jeans y yo lo recibí a sentones. El carro se mecía con nuestra fuerza, los vidrios se empañaron, y él me mordía el cuello mientras me decía cosas sucias al oído: «Eres una putita de papá, ¿verdad? Te encanta que te coja un malandro como yo». Y sí, me encantaba. Su verga no era la más grande, pero sabía usarla, con unos movimientos cortos y profundos que me hacían ver las estrellas.
Acabamos casi al mismo tiempo, jadeando, sudados, sin un «te quiero» ni nada por el estilo. Era puro fuego, puro instinto.
Después de varias citas así, puro sexo salvaje en lugares riesgosos, él un día me escribe: «Vamos a tomar un café. Te invito». ¡Un café! Me pareció tan raro que dije que sí, por curiosidad. Fuimos a una cafetería del centro comercial. Fue la cita más incómoda de mi vida, mi amor. El chico malo, el rudo de la patineta, no sabía de qué hablar. Se veía nervioso, torpe.
Hablamos de música y él solo decía «sí, cool» o «no me gusta esa basura comercial». Intenté hablar de películas, de viajes, de libros… nada. Era como hablar con una pared. No tenía ambiciones, no tenía ideas, no tenía nada que ofrecer más allá de su cuerpo sudoroso y su verga dura. En ese momento, entendí todo. El patán era idiota, pero idiota de verdad. Fuera de la cama, no teníamos nada en común. La química sexual era explosiva, pero la química mental era cero. Al final de la cita, nos miramos y supimos. Él lo dijo: «Esto no funciona, ¿verdad? Solo funcionamos cuando te tengo encima». Y así fue. Seguimos viéndonos para coger un tiempo más, pero ya sabía que era solo eso. Un juguete sexual con rastas.
Años después, ya casada con mi esposo, lo encontré en un restaurante. Estaba con una mujer, y parecía más centrado. Me saludó, y hasta salimos a comer una vez, para ponernos al día. Pudo mantener una conversación decente, había madurado un poco.
Pero aún así, mirándolo, solo podía recordar el sabor de su piel sudada en mi boca, la sensación de sus dedos ásperos en mis tetas, y el sonido de su respiración entrecortada cuando se venía dentro de mí. No había arrepentimiento, solo la certeza de que algunos hombres están hechos para una cosa, y los chicos malos, al menos ese, solo servían para coger como bestias.
Y qué bien que lo hicimos. Pero para algo más… no, mi amor. Eso se lo dejo a hombres como mi esposo, que sí sabe lo que es una conversación y un abrazo que no solo busca llegar a la cama. Aunque, de vez en cuando, no voy a negar que extraño un poco ese peligro, esa adrenalina de saber que estás con alguien que te puede romper en dos… pero solo para un ratico, ¿oíste? Después, una vuelta a la realidad.


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