Por
Lesbiana, pero con ganas de verga
Mira, esto es algo que siempre me preguntan, parce. Soy Diana, tengo 38, soy de acá de Bogotá, y sí, soy lesbiana. O más bien, siempre me he dicho lesbiana. Me gustan las mujeres, me encantan. Su piel, su olor, la manera en que se mueven, esa suavidad. Con una mujer en la cama, yo soy la que manda, la que da. Me gusta hacerlas venir, verlas temblar, escuchar cómo gritan mi nombre. Eso para mí es el cielo.
Pero.
Siempre hay un pero, ¿no? La vida no es tan simple.
Resulta que a mí, con los años, me entró una curiosidad. No por los hombres en general. No me atraen. No veo a un tipo por la calle y digo ‘uy, qué rico’. Nada que ver. Pero hay algo en la verga. En la idea de una verga. Algo que me daba vueltas en la cabeza.
La primera vez fue hace como cinco años. Estaba en un trabajo nuevo, y había un tipo, Camilo. Un compañero. Callado, serio, no era feo pero tampoco para tirar cohetes. Pero un día, en una salida de oficina, todos tomados, nos quedamos hablando al final. Él me dijo algo que me quedó sonando: ‘A usted le gusta dominar, ¿cierto? Pero a veces las que más dominan son las que más quieren que las dominen a ellas’.
Me reí, le dije que no, que qué iba. Pero esa noche, en mi casa, me tocaba pensando en eso. En que alguien me agarrara, me diera vuelta y me cogiera. Sin preguntar. Sin pedir permiso.
Unas semanas después, Camilo me invitó a tomar un café. ‘Como amigos’, dijo. Fuimos, hablamos, y al final, en el parqueadero, él me preguntó directo: ‘¿Quiere probar?’
‘¿Probar qué?’ dije, aunque ya sabía.
‘Esto,’ dijo, y puso mi mano en su entrepierna, sobre el pantalón. Sentí algo duro, grande. Me latió todo. ‘No tengo que besarla. Ni siquiera tengo que tocarla más de lo necesario. Solo déjeme hacerlo.’
Eso fue lo que me vendió. Lo de no besarme. Porque la verdad, la idea de besar a un hombre, de sentir esa barba, ese bigote, esa boca diferente… no. Me da cosa. Asquito, incluso. Pero lo otro…
Asentí. No dije nada. Solo asentí.
Fuimos a un motel barato por la autopista. La habitación olía a desinfectante y a cigarrillo. Yo estaba nerviosa, pero también excitada. Él no habló mucho. Me dijo: ‘Quítese la ropa.’ Yo me la quité. Me paré frente a él, desnuda. Él me miró, de arriba abajo. ‘Póngase de espaldas a mí.’
Me di la vuelta. Escuché cómo se desabrochaba el cinturón, el cierre. Luego, unos pasos. Sentí sus manos en mis caderas. Sus dedos eran ásperos, diferentes a los de una mujer.
‘Ábrase,’ dijo.
Yo abrí las piernas un poco. Sentí algo caliente y duro rozándome las nalgas. Su verga. No era su mano, ni su boca. Era eso. Algo extraño, ajeno.
‘¿Lista?’ preguntó.
‘No me bese,’ recordé.
‘No voy a besarla.’
Y entonces, me la metió. De una. Fue rápido, seco. Dolió un poco, porque yo no estaba tan mojada. Pero el dolor se mezcló con algo más. Una sensación de estar siendo usada. De que alguien me estaba tomando, poseyendo, sin importarle lo que yo sintiera. Y a mí, en ese momento, eso me prendió como una loca.
Empezó a mover. Sacar y meter. Yo me agarré de la mesita de noche, con los nudillos blancos. Gemí. No podía evitarlo. Era rico. Su verga era grande, me llenaba de una manera que un dedo o una lengua no podían. Sentía cada centímetro.
‘¿Le gusta?’ preguntó él, jadeando.
‘Sí,’ gemí yo. ‘Sí, dale.’
Me dio más fuerte. Yo ya estaba mojada de verdad. El sonido de nuestros cuerpos era húmedo, obsceno. Yo cerré los ojos y me imaginé que era una mujer, una mujer con una correa, pero no, era un hombre, y eso era aún más prohibido, más sucio.
‘Me voy a correr,’ dijo él.
‘Afuera,’ dije yo. ‘No adentro.’
Él sacó su verga y se la agarró. Sentí su mano moverse rápido a mi espalda, y luego un chorro caliente en mis nalgas, en mi espalda baja. Jadeó. Me soltó.
Yo me di la vuelta. Él estaba ahí, con la verga todavía goteando, mirándome. Yo me limpié con una toalla del baño, sin decir nada. Me vestí. Él también.
‘Salió bien,’ dijo él, ya en el carro.
‘Sí,’ dije yo.
No nos besamos. Ni siquiera nos dimos un abrazo. Él me dejó en mi casa y se fue. Yo subí a mi apartamento, me metí a la ducha, y me toqué hasta venirme, recordando la sensación.
La segunda vez fue diferente. Fue con un desconocido. En un bar de mujeres, imagínate. Yo estaba con unas amigas, y había un tipo ahí, el único hombre en el lugar. Un amigo de la dueña. Nos miramos. Él se acercó, me compró un trago. ‘Usted no es como las demás,’ me dijo.
‘¿Y usted qué hace aquí?’ le pregunté.
‘Me gusta ver,’ dijo. ‘Y a veces, participar.’
Le conté, no sé por qué, lo de Camilo. Lo de que no me gustaba besar. Él asintió. ‘A mí me gusta dar, no recibir. Podemos hacer un trato. Usted me deja hacer lo que yo quiera, y yo no le pido nada a cambio. Ni besos, ni caricias. Solo coger.’
Sonaba crudo, pero honesto. Fuimos a su casa. Era un departamento oscuro, con poca luz. Él me dijo: ‘Arrodíllese.’
Me arrodillé. Él se paró frente a mí y se bajó el cierre. Su verga salió. No era tan grande como la de Camilo, pero estaba bien. ‘Ábre la boca,’ dijo.
Yo abrí la boca. Él me la metió. Hasta el fondo. Me atraganté, pero no me sacó. Empecé a chuparla. Con la boca, con la lengua. Él cerraba los ojos y gemía. ‘Así, así, chupa esa mierda.’
Me excitaba su lenguaje sucio, su falta de romanticismo. Esto no era hacer el amor. Esto era coger, punto.
Después de un rato, me puso contra la pared. Me la metió por detrás, otra vez. Esta vez fue más fácil, porque ya estaba excitada y mojada. Me dio duro, rápido. Me agarró del pelo y jaló mi cabeza hacia atrás. ‘Grita,’ me ordenó.
Yo grité. No fingí. Sentía que me partía en dos. ‘Más,’ le rogué.
Él me dio hasta que se cansó. Se corrió en mi espalda, otra vez. No adentro. Parecía una regla para ellos, no sé.
Cuando terminó, me dio una toalla. ‘El baño está allá.’
Me lavé y me vestí. Él ya estaba en el living, viendo la tele. ‘Puedes irte cuando quieras,’ dijo, sin mirarme.
Me fui. Esa vez, en la calle, me sentí rara. Como usada de verdad. Pero no me sentí mal. Me sentí… satisfecha. Como si hubiera saciado un hambre que no sabía que tenía.
Ahora, con 38, lo he hecho unas cuantas veces más. Siempre con las mismas reglas. No besos. Poca habla. Solo sexo. A veces yo solo recibo, a veces hago oral. Me gusta hacerlo. Me gusta sentir una verga en mi boca, palpitando, sabiendo que puedo hacer que ese hombre se venga con mi lengua.
Mis amigas lesbianas no lo entienden. Me dicen que estoy traicionando la causa, que cómo es posible. Yo no tengo explicaciones. Solo sé que me gustan las mujeres para todo. Para amar, para vivir, para compartir la vida. Pero a veces, cada muerte de obispo, necesito que un hombre me coja. Que me llene con esa cosa que yo no tengo. Que me haga sentir pequeña, dominada, poseída.
Es un gusto culposo. Como fumar, que también hago. Sabes que te hace daño, pero lo necesitas. Y mientras no tenga que besar a ninguno, ni tener que fingir que me gustan sus caras o sus conversaciones, todo bien. Puedo ser lesbiana y a la vez querer verga. Las cosas no son blanco y negro, parce. Son grises, como el humo de mi cigarrillo. Y a mí el gris me queda perfecto.


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