noviembre 8, 2025

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La visita de mi cuñada

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La tarde se había alargado, dulce y pesada como la miel. El sol se fue y nos dejó con los restos del ron y la lima. Mi esposa, Marta, después de la tercera copa, decidió que era hora de darse una ducha y lavarse el día. Se levantó del sillón con un suspiro, nos dejó solos.

Mi cuñada, Elena, y yo seguimos ahí, hundidos en los cojines. El silencio no era incómodo, pero tenía un nuevo peso. Un nuevo sabor.

«Otro trago, ¿o ya paramos?» pregunté, moviendo la jarra vacía.

«Uno más, ¿por qué no? Total, mañana es sábado», dijo ella, y su voz sonó un poco más ronca que hace una hora.

Fui a la cocina a preparar otra ronda. Cuando volví, ella no estaba en el sillón. La vi salir del cuarto de invitados, ya con un camisón corto, de un color azul pálido, casi transparente contra la luz de la lámpara. La tela, fina como un suspiro, le caía sobre los pechos y se detenía a mitad de sus muslos. Me entregó su vaso y se sentó frente a mí, en el puf bajo, hundiéndose en él con una naturalidad que me partió el aliento.

Empezamos a hablar de cualquier cosa. De un pariente lejano, de una película que no vimos, de lo caro que estaba todo. Pero mis ojos, traicioneros, ya no escuchaban. Solo veían.

Ella se recostó hacia atrás, apoyándose en los codos, y el camisón se estiró sobre su cuerpo. La tela, tan delgada, se pegó a sus pechos y delineó cada curva, cada detalle. No llevaba sostén. Podía ver la forma oscura y erecta de sus pezones presionando contra la tela, dos pequeños botones de pura insolencia.

Mi boca se secó. Tragué saliva y traté de seguir la conversación, pero las palabras me llegaban como desde otro cuarto, apagadas y lejanas.

Luego, se rió de algo que dije, una carcajada baja y cálida, y se inclinó hacia adelante para coger su vaso de la mesita de centro. El escote del camisón se abrió como una cortina. Y ahí, en ese instante fugaz pero eterno, lo vi. La sombra suave de su vientre, y más abajo, justo en el centro, el vello púbico oscuro y rizado, nítido contra la tela translúcida. No llevaba nada. No tenía nada debajo.

Un golpe de calor me subió del estómago a la cara. La sangre empezó a latir en mis sienes y, sobre todo, en mi entrepierna, que empezaba a despertar con una urgencia brutal.

Ella volvió a recostarse, completamente ajena, o quizás no tanto. Cruzó las piernas con languidez, y el dobladillo del camisón se deslizó aún más arriba, mostrando el suave arranque de sus muslos, la piel pálida y tersa. Yo ya no podía pensar. Solo podía mirar. Podía ver la forma completa de su sexo a través de la tela, un montículo suave y definido, un secreto al descubierto.

«¿Te sientes bien? Te has puesto colorado», dijo de pronto, con una sonrisa pequeña, juguetona, en la comisura de los labios.

«Sí, sí… el ron», mentí, ahogándome en mi propio fuego.

Se levantó para estirar las piernas, un movimiento lento y felino. El camisón ondeó alrededor de su cuerpo, y cuando pasó frente a mí, la luz de atrás la iluminó completamente. Su silueta se recortó perfecta, desnuda bajo la seda azul. Los pechos firmes, la cintura estrecha, y el triángulo oscuro y espeso entre sus piernas, tan claro, tan expuesto, que casi podía contar cada rizo.

Se detuvo frente a la ventana, mirando la noche. «Hace buena noche», murmuró.

Yo no respondí. No podía. Mi polla estaba ahora dura como una piedra, presionando contra el pantalón con una demanda dolorosa. La imagen de ella, desnuda bajo ese trozo de tela, se me había grabado a fuego en el cerebro. Cada uno de sus movimientos era una caricia indirecta, una tortura deliciosa.

Se dio la vuelta y se apoyó contra el marco de la ventana, cruzando los brazos bajo el pecho, lo que realzó aún más sus senos. Me miraba, y esa sonrisa no se había ido. Sus ojos recorrían mi cuerpo, mi incomodidad, mi evidente excitación. No era una mirada ingenua. Era una mirada que sabía. Que medía. Que disfrutaba.

«Parece que a ti también te está haciendo efecto la noche», dijo, y su voz era ahora un hilo de seda, rozándome la piel.

Solo pude asentir, completamente atrapado. Ella desvió la vista hacia la ventana de nuevo, pero fue entonces cuando, con una lentitud calculada, descruzó las piernas y volvió a cruzarlas, pero esta vez más abiertas. Fue un movimiento sutil, pero para mí fue una explosión. El camisón se abrió de par en par entre sus muslos, y por un segundo, un segundo que me detuvo el corazón, vi todo. Los labios carnosos de su coño, oscuros y húmedos, brillando levemente bajo la luz tenue. Estaba completamente expuesta. Abierta.

Mi respiración se cortó. Ella sostuvo la pose un instante más de lo necesario antes de ajustar el camisón con un gesto que pretendía ser modesto. Pero sus ojos, cuando me miraron de reojo, brillaban con puro desafío.

Se acercó de nuevo y se sentó, esta vez más cerca de mí. Su perfume, mezclado con el sudor de la noche y el alcohol, me envolvió. Un aroma dulzón y salvaje.

«¿Sabes?», susurró, inclinándose hacia mí como para confiarme un secreto. Su aliento olía a ron y a menta. «A veces las noches como esta dan ganas de… romper las reglas.»

Su rodilla rozó la mía. Fue un contacto eléctrico, deliberado. Sentí el calor de su piel a través de la tela de mi pantalón. Mi polla palpitó, exigente.

No dije nada. No hacía falta. El aire a nuestro alrededor era espeso, cargado de intenciones no dichas, de promesas sucias. Ella bajó la mirada hacia mi entrepierna, donde la tela del pantalón estaba tensa y deformada por mi erección, y luego volvió a mis ojos. Su sonrisa se ensanchó. Una sonrisa de loba.

La tentación de alargar la mano y tocar ese muslo desnudo, de deslizar los dedos bajo el fino camisón y hundirlos en su calor húmedo, era un monstruo que me rugía en la cabeza. Quería olerla, saborearla, oírla gemir. Quería arrodillarme frente a ella y separarle las piernas con la cara, beberme su secreto hasta que me ahogara.

Pero el sonido del agua de la ducha cesando en el baño nos devolvió a la realidad, de golpe. Un ruido seco, un baldazo de agua fría.

Ella se enderezó de inmediato, y la máscara de la inocencia volvió a su rostro en un instante. La luz juguetona en sus ojos se apagó, reemplazada por una placidez doméstica.

«Bueno, yo creo que sí que es hora de dormir», dijo en un tono normal, como si los últimos diez minutos no hubieran existido. Se levantó, se estiró de nuevo (y Dios, ese movimiento, esa oferta final de su cuerpo) y se dirigió hacia su habitación. En la puerta, se volvió.

«Hasta mañana, cuñado.» Su voz era dulce, pero su mirada, rápida como un relámpago, fue una daga caliente que me atravesó. Fue una mirada que dijo: «Lo sabes. Yo sé que lo sabes. Y esto no ha hecho más que empezar.»

Se cerró la puerta. Yo me quedé allí, solo, en el silencio de la sala, con el sabor a ron y a deseo en la boca, y la ardiente y dolorosa erección clamando por un alivio que no llegaría. El fantasma de su cuerpo desnudo bajo el azul pálido del camisón bailaba frente a mis ojos, una maldición deliciosa que sabía que me perseguiría el resto de la noche, y probablemente, el resto de mi vida. El olor de ella, ese aroma a mujer excitada y a noche prohibida, todavía colgaba en el aire, envenenándome.

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