La venganza más dulce
llevo saliendo con Luis desde hace dos años. El tipo es bueno en la cama, te lo concedo, pero es un irresponsable de mierda. Hoy era nuestro aniversario y el muy hijueputa me prometió que íbamos a salir a un restaurante caro, con todo y todo. Adivina qué: nunca llegó. Ni siquiera una llamada.
Esta era la tercera vez que me fallaba en algo importante. La primera fue cuando no apareció en el cumpleaños de mi mamá, la segunda cuando se olvidó de que yo me operaba de la vesícula y esta vez el aniversario. Ya estaba harta, pero esta vez no me iba a quedar llorando como una pendeja. No, esta vez me iba a vengar como las mujeres saben hacerlo: con inteligencia y maldad.
Me bañé, me puse ese perfume caro que le gusta y me vestí con el conjunto de lencería más provocador que tengo: un corsé negro que me marca las tetas hasta el extremo, una tanga de encaje que se me mete entre las nalgas y unas medias con ligas. Me maquillé como para salir de fiesta y me puse los tacones altos que tanto le vuelven loco. Me miré al espejo y sonreí: estaba lista para la guerra.
Llegué a su apartamento como a las 10 de la noche. Abrió la puerta con cara de sueño, en boxer y camiseta vieja. «Eva, ¿qué haces aquí?» me dijo, con esa voz de idiota que tiene cuando se despierta. «Vine a celebrar nuestro aniversario, mi amor» le dije, pasando por al lado suyo y dejando que oliera mi perfume.
Se quedó mirándome como bobo mientras yo me paseaba por su sala, moviendo las caderas exageradamente. «Pero si… yo pensé que…» tartamudeó. «¿Que qué? ¿Que me iba a quedar en casa llorando? No, mi vida, las mujeres de hoy somos diferentes».
Me acerqué a él y le pasé las manos por el pecho. Podía sentir su corazón acelerarse. «Tú me prometiste una noche especial, y yo vine a darte una noche especial» susurré cerca de su oído, mordisqueándole el lóbulo. Le bajé la camiseta y empecé a besarle el cuello, luego el pecho, y fui bajando… bajando…
Cuando llegué a su boxer, ya se le notaba la verga dura a través de la tela. «Veo que sí te alegra verme» dije, y se la saqué. No era nada del otro mundo, una verga normalita, pero él siempre ha sido bien sensible ahí. Empecé a chupársela lento, muy lento, haciendo círculos con la lengua en la punta, jugando con sus huevos con una mano.
El muy pendejo cerraba los ojos y gemía. «Sí, Eva, así, mamáme la verga» decía, y yo, en vez de hacerle caso, me detenía cada vez que sentía que se iba a venir. «No tan rápido, mi amor, esto es solo el comienzo» le decía, y volvía a chupársela, pero ahora más rápido, más profundo, metiéndomela toda hasta la garganta.
Después de unos diez minutos de esta tortura deliciosa, lo llevé al sofá y me puse a cuatro patas delante de él. «¿Ves este culo que tanto te gusta?» le dije, moviéndolo en el aire. «Pues hoy no lo vas a tocar». Y seguí chupándosela, pero ahora mirándolo a los ojos, con una sonrisa que ya no era de cariño, sino de venganza.
Podía ver cómo le sudaba la frente, cómo le temblaban las piernas. «Eva, por favor, déjame venirme» suplicó. «¿Ahora me pides por favor? ¿Y mi aniversario? ¿Y la cena que me prometiste?» le espeté, sin dejar de chupársela. En ese momento, sentí que sus huevos se contraían. Sabía que estaba al límite.
Justo cuando iba a eyacular, me levanté de un salto. «Se acabo el show, papi» le dije, y empecé a vestirme rápidamente. El tipo se quedó con la verga en la mano, palpitando, llena de mi saliva, con una cara de confusión que daba pena. «¿Qué… qué haces?» alcanzó a decir.
«Me voy» le contesté, ya con el corsé puesto y ajustándome las medias. «Pero… no puedes dejarme así» protestó, mostrándome su verga que seguía dura y necesitada. «Ah, ¿no? Pues mira». Agarré su ropa del suelo – la camiseta sudada, los jeans, los calcetines – y la lancé por la ventana que daba a la calle. «Ve a buscarla, tal vez así se te quita lo irresponsable».
Salí de su apartamento sin mirar atrás, pero la venganza no estaba completa. Saqué mi teléfono y marqué un número que no usaba hace meses. «¿Javier? Sí, soy yo, Eva. ¿Estás ocupado?… Necesito que vengas ahora mismo… Sí, donde vivo… Y trae condones».
En menos de quince minutos, Javier, mi ex, estaba frente a mi edificio. Todavía podía ver a Luis en la calle, recogiendo su ropa avergonzado. «¿Qué pasa con ese mamagüevo?» me preguntó Javier. «Nada que ver con nosotros» le dije, y nos montamos en el carro
Ahí, frente a la ventana que daba justo a donde Luis seguía buscando sus cosas, m, me desvestí otra vez. «Cógeme como si fuera la última vez» le pedí a Javier, y el muy cabrón no se hizo esperar. Me sentó encima del frente al volante, y me la metió por detrás, dándome tan fuerte que los vidrios temblaban.
Gritaba de placer, a propósito, para que Luis escuchara. Javier, que siempre ha sido un animal en la cama, me daba mientras me agarraba del pelo y me decía cosas sucias al oído. «Esa es mi puta» gemía, y yo, en vez de molestarme, le respondía «sí, soy tu puta, dame más duro».
En un momento, me puse de rodillas y se la chupé a Javier con el mismo entusiasmo con el que antes se la chupaba a Luis, pero esta vez mirando fijamente a mi ex novio, que desde la calle nos observaba con la cara descompuesta. Cuando Javier se vino, me dejó la boca llena de leche y me la tragué toda, sin dejar de mirar a Luis.
Hoy me desperté con Javier a mi lado y un mensaje de Luis pidiendo perdón. Lo bloqueé. Algunas venganzas son frías, pero la mía fue caliente, húmeda y deliciosa. Y lo mejor de todo: Javier resultó ser mucho mejor en la cama que ese irresponsable de Luis. A veces, las cosas pasan por algo.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.