diciembre 15, 2025

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La traición a mi amigo

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Esto no es una justificación ni un intento de limpiar culpas. Es un desahogo…

Él empezó siendo solo un compañero de trabajo. Con el tiempo se volvió un amigo cercano, incluso un mentor. Me enseñó cosas del trabajo, me escuchaba, me aconsejaba. Yo tenía 23 años; él, 30. Confiaba en mí.

A su esposa (21) la conocí de manera indirecta. Un día él me pidió un favor sencillo: enviarle un mensaje porque su celular estaba descargado. Ese fue el primer punto de quiebre, aunque en ese momento no lo vi así. El mensaje fue breve, práctico. Nada fuera de lugar.

Después seguimos hablando. Al principio eran conversaciones normales, triviales. Pasaron algunos días y la confianza creció rápido, quizá demasiado. Una noche la conversación se alargó más de lo habitual. La madrugada llegó y, con ella, una línea que ninguno de los dos quiso detener. Las palabras cambiaron de tono. No fue planeado, pero tampoco fue accidental.

Ahí debí parar.

Días después nos vimos “solo para tomar un café”. No entramos al lugar. Nos quedamos en el carro. El silencio pesaba más que cualquier conversación, y cuando nos besamos entendí que ya no había vuelta atrás. Aun así, seguí.

Lo que vino después fue una cadena de decisiones conscientes. Nos veíamos varias veces por semana. Yo la recogía en la universidad después de que su esposo la dejaba, y ella se escapaba conmigo. Cada encuentro reforzaba la idea equivocada de que podíamos controlar la situación, de que nadie saldría lastimado.

Pero la culpa no tarda en aparecer. No llegaba de golpe; se filtraba en los momentos de calma, en la mirada de confianza de él, en las preguntas que nunca hacía. Empecé a notar cómo justificaba mis actos, cómo separaba mis valores de mis acciones para poder seguir adelante sin enfrentarme del todo.

Este desahogo no busca absolución. Fue una traición a un amigo y, peor aún, a mis propios límites. Aprendí que el deseo no es el problema; el problema es no hacerse responsable de él cuando aún se está a tiempo.

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