noviembre 6, 2025

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La Tentación en el Jardín

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Mano, la cosa está así. Llevo ya tres semanas viviendo en la casa de mi carnal, el Bryan. El cabrón que me salvó el culo cuando me corrieron de la chamba. Y la neta, se lo agradezco, de verdad. Pero hay un pequeño… digamos, detalle. Una tentación que se pasea por la casa en shorts cortos y sin brasier. Su novia, la Jennifer.

Hoy, por ejemplo. Bryan salió temprano a una de sus obras. Yo me desperté con el sonido de la regadera. Me quedé ahí tirado en el camastro que tengo en la sala, escuchando el agua correr e imaginándome a la Jenny ahí adentro, toda enjabonada. Esa cabellera roja, rizada, pegada a su espalda mientras el agua le escurre por esas curvas que tiene. Me tuve que dar una manzanita ahí mismo, rápido y silencioso, con la toalla puesta en la boca para no hacer ruido. Esa es mi rutina casi diaria.

Total, que salí de mi cuarto como si nada. La Jenny ya estaba en la cocina, preparándose un café. Y mano, qué vista. Un short tan corto que casi no era short, y una camiseta blanca, finita, que se le pegaba al cuerpo y donde se le marcaban unos pezones duros, redondos, del tamaño de monedas. No traía nada debajo, estoy seguro.

—Buenos días, Antonio —me dijo con esa voz dulce que tiene, como de miel.
—Buenos… días, Jenny —tragué saliva.

Me pasé junto a ella para agarrar un vaso y sentí su calor. El olor a shampoo de coco me dio una mareadota. Me puse a hacer mi cereal, pero no podía dejar de verle el culo. Esas nalgas gorditas, redondas, que se le marcaban perfecto bajo la tela del short. Parecían dos lunas llenas. Me la imaginé empinada sobre la barra de la cocina, con ese mismo short subido, mientras yo se lo metía por detrás.

—Bryan dice que hoy no hay chamba para ti —comentó ella, recargándose en el mesón y cruzando los brazos bajo sus tetas, haciéndolas ver aún más enormes.
—Ah… sí. Eso me dijo.
—Qué bueno, así descansas. Aunque tú aquí nomás te la pasas mirándome, ¿verdad?

Casi se me cae el plato. Me quedé tieso, con la cuchara a medio camino a la boca. Ella solo sonreía, con una mirada… ¿juguetona? ¿Retadora? No supe.

—No… qué va, Jenny. Es que…
—Tranquilo, Antonio. No te voy a decir nada a Bryan. Al fin y al cabo, él no se entera de nada.

Me guiñó un ojo y se fue de la cocina, dejándome con el corazón a mil y la verga más dura que un ladrillo. Esa mujer me estaba volviendo loco.

El día pasó lento. Yo en mi cuarto, tratando de ver una serie, pero con la mente en otra parte. En la pelirroja que andaba por la casa, a veces cantando, a veces hablando por teléfono con una amiga, riéndose con esa risa que se me clavaba en los huevos.

Como a las tres de la tarde, escuché que salía de su cuarto. La oí caminar hacia el jardín de atrás. Me asomé por la ventana y, mano, casi me da un infarto. La Jenny estaba tendida en una toalla en el pasto, boca abajo, pero se había desabrochado el top del bikini. Tenía la espalda completamente descubierta y, por cómo estaba recostada, se le veía el lado de una teta, gorda y pesada, aplastada contra la toalla. La piel tan blanca que casi brillaba bajo el sol de Texas.

No pude más. Salí de mi cuarto, pasé por la cocina y abrí la puerta del jardín.

—¿Hace calor, no? —dije, sintiéndome un idiota.

Ella volteó la cabeza, apoyando la barbilla en el dorso de las manos.

—Un chingo. Pero aquí con la brisa está agusto. ¿No tienes nada mejor que hacer que seguirme?

Su tono no era de enojo. Era… divertido. Como si le gustara verme así de baboso.

—Es que la casa es pequeña —me excusé, acercándome un poco más. Podía ver las gotitas de sudor en su nuca, y el contorno de su tetota aplastada. Quería morderle ese hombro.

—Bryan no regresa hasta las ocho —dijo de pronto, mirándome fijo. Sus ojos verdes parecían leerme el pensamiento más sucio. —Se fue a Houston. Tráfico pesado.

No lo dijo, pero el mensaje estaba claro. Teníamos toda la tarde.

—¿Y… y qué vas a hacer? —pregunté, mi voz sonó ronca.

—No sé. Aquí acostada, calentándome… —Se arqueó un poquito la espalda, y el borde de su teta se redondeó aún más. —Me está dando comezón la espalda. ¿Me echas bloqueador?

Mano. En ese momento supe que estaba perdido. Que iba a cruzar una línea de la que no había vuelta atrás. Pero la verga no piensa, solo actúa.

—Claro —dije.

Agarré el frasco del bloqueador que estaba a su lado. Me arrodillé en el pasto, a un lado de ella. Derramé un poco de la crema en mis manos y empecé a untársela en la espalda. Su piel era suave, tan suave, calientita por el sol. Empecé desde los hombros, con movimientos lentos, circulares, bajando por su columna. Ella soltó un suspiro, cerrando los ojos.

—Qué buenas manos tienes, Antonio.

No dije nada. Seguí masajeando, bajando más, hasta la cintura, donde el short del bikini empezaba. Metí un poco los dedos bajo la tela, rozándole la raja del culo. Ella no se movió. Al contrario, arqueó un poquito más las caderas, una invitación.

Mis dedos temblaban. Seguí, masajeándole las nalgas por encima de la tela, sintiendo toda esa carne firme y gordita en mis manos. Era un culo de diosa, no hay otra palabra. Me incliné, sin poder evitarlo, y le di un beso suave en el hombro.

Ella gimió. Un sonido bajito, pero claro.

—Sigue…

Eso fue todo lo que necesité. Me eché más crema en las manos y, esta vez, me metí de lleno bajo su short. Agarré sus nalgas con ambas manos, apretando esa carne caliente, hundiendo mis dedos en ella. Jadeó, separando un poco las piernas.

—Así, Antonio… duro.

Me puse como animal. Con una mano le seguí masajeando una nalga, y con la otra le bajé el short del bikini, hasta las rodillas. Ahí estaba, su culo al descubierto, blanco, redondo, perfecto. Le separé las nalgas y vi su ano, rosadito y apretado. No pude evitarlo, me bajé el short de deporte que traía puesto y se lo restregué. Mi verga, gruesa y llena de venas, le embarraba el precum entre sus nalgas.

—¿Qué tan adentro la tienes? —murmuró ella, volteando la cabeza para verme. Sus ojos verdes ardían. —Quiero sentirla.

Escupí en mi mano y me embarré la verga, luego le puse un buen chorro de saliva en su hoyo. Me posicioné sobre ella, apoyando la punta en su entrada.

—Esto… esto no deberíamos… —intenté, un último destello de conciencia.

—Cállate y cómeme el culo, Antonio. Bryan nunca me lo come.

Eso me prendió como gasolina. Agarré de sus caderas y, de un empujón lento pero firme, se la metí toda en el culo. Ella gritó, un grito ahogado contra la toalla, y sus uñas se clavaron en el pasto. Estaba increíblemente apretada, caliente, un horno que me envolvía. Empecé a moverme, bombeándole duro, sintiendo cómo sus nalgas rebotaban contra mi pelvis. El sonido de nuestras pieles chocando se mezclaba con nuestros jadeos.

—Sí, papi, así… rompeme el culo —gemía ella, cada vez más fuerte. —Eres más verga que mi Bryan.

Eso me enloqueció. La agarré de ese cabello rojo y la levanté un poco, cambiando el ángulo para entrar más profundo. Con mi otra mano le apretaba una teta por encima de la toalla, sintiendo ese pezón duro como una piedra.

—Eres una puta —le gruñí al oído, sudando como cerdo. —Una puta que necesita verga de verdad.

—¡Sí! ¡Soy tu puta! ¡Dame tu leche, Antonio, córrete en mi culo!

No aguanté más. Con unos empujones finales, salvajes, reventé dentro de su culo, vaciándome hasta la última gota. Un rugido me salió del pecho. Me quedé ahí, temblando, clavado dentro de ella, mientras mi semen le goteaba por entre las nalgas.

Ella se derrumbó sobre la toalla, jadeando. Yo me dejé caer a su lado, la verga todavía palpitando.

Después de un rato, ella se rio bajito.

—Bryan llega en cuatro horas. —Volteó a verme, con una sonrisa de zorra satisfecha. —Tengo la vagina que me arde. ¿Crees que puedas con otra ronda?

Mano, este va a ser el mejor trabajo de mi vida. Y el más peligroso.

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