Por
La tentación de mi cuñado
Llevo días con la cabeza como un ocho, y es que esto que siento es tan contradictorio que a veces pienso que estoy loca, pero después me toco y digo: «Cristina, esto es real, esto está pasando».
Resulta que tengo novio. Se llama Andrés, llevamos tres años juntos, y lo quiero, en serio que lo quiero. Pero las cosas no están fáciles, él trabaja mucho, yo también, y la rutina nos ha ido comiendo de a poquito. El sexo se volvió algo de los domingos por la tarde, rápido, callado, como si fuera una obligación. Y yo soy una mujer de fuego, marica, yo necesito candela, necesito que me miren como si me fueran a devorar.
Y entonces está él. Carlos. Amigo de Andrés desde el colegio, de esos que son como hermanos. Siempre estuvo ahí, en las reuniones, en los cumpleaños, en los asados. Un tipo tranquilo, serio, de esos que hablan poco pero cuando lo hacen, te das cuenta de que están mirándolo todo. Él me trata como a una hermana menor, me consuela cuando lloro, me pasa la mano por la espalda cuando estoy triste. Y yo siempre lo vi así, como el amigo de mi novio, como el hermano postizo.
Pero hace unos meses, algo cambió. No sé si fue una mirada que se alargó de más, o una vez que me ayudó a levantarme de la silla y su mano quedó un segundo extra en mi cintura. Lo cierto es que empecé a verlo distinto. A fijarme en sus manos, grandes, fuertes, con las venas marcadas. En su espalda ancha. En cómo se le marca el paquete cuando usa esos jeans ajustados.
Una noche, hace como tres semanas, Andrés se fue a dormir temprano porque estaba muerto del trabajo. Yo no tenía sueño, así que me quedé en la sala viendo una serie. Me llegó un mensaje de Carlos. «¿Estás despierta?». Le dije que sí. «¿Puedo pasar? Estoy cerca y necesito hablar con alguien».
Le abrí la puerta. Venía con una cerveza en la mano, la cara medio preocupada. Problemas en el trabajo, me dijo. Nos sentamos en el sofá, él en un extremo, yo en el otro. Hablamos un rato, y en un momento dado, se le humedecieron los ojos. Cosas del estrés. Yo, sin pensar, me acerqué y le pasé la mano por el brazo. «Tranquilo, pana, todo va a estar bien».
Él me miró. Y esa mirada… esa mirada no era de hermano. Era de otra cosa. Se quedó en mis ojos, luego bajó a mi boca, solo un instante, y luego volvió a subir. Yo sentí un vuelco en el estómago. La pepa se me contrajo solita.
Me retiré la mano rápido. «Bueno, ya es tarde», dije. «Andrés está durmiendo».
Carlos asintió. Se levantó. En la puerta, se dio la vuelta. «Gracias por escucharme, Cris. Sos especial».
Y se fue.
Esa noche no pude dormir. Me toqué en la cama, al lado de Andrés que roncaba, pensando en Carlos. En su mirada. En sus manos grandes. Me vine apretando la boca con la almohada para no gemir.
Desde entonces, no puedo dejar de pensar en él. En las reuniones, lo busco con la mirada. Cuando nos cruzamos, siento que el aire se pone espeso. Y él… él también me mira. Pero después se comporta normal, como si nada. Como si yo fuera su hermana otra vez.
Ayer pasó algo. Andrés tuvo que viajar por trabajo, iba a estar fuera dos días. Carlos lo llevó al aeropuerto. A la hora, me llegó un mensaje. «¿Estás sola? ¿Necesitas algo del super? Paso y te llevo».
Le dije que sí, que pasara. Cuando llegó, yo estaba en short y una blusa ligera, sin brasier. No fue planeado, bueno, tal vez un poquito sí. Quería ver su reacción.
Entró, dejó las bolsas en la cocina. Cuando se dio la vuelta, sus ojos se fueron directo a mis tetas. Los pezones se me pusieron duros al instante, como si él los hubiera tocado. Él tragó saliva. «Bueno, ya te traje esto. Me voy».
«¿Tan rápido?», pregunté. «Quédate un rato, tómate algo».
Dudó un segundo. Después asintió. «Bueno, un rato».
Nos sentamos en el sofá, esta vez más cerca. Yo serví dos cervezas. La conversación era nerviosa, de cosas sin importancia. Hasta que en un momento, él soltó: «Cris, ¿estás bien con Andrés?».
La pregunta me tomó por sorpresa. «Sí, claro. Por qué lo preguntas».
«Por nada», dijo. «Es que a veces te veo y pareces… no sé, triste».
Lo miré. Tenía los ojos tan serios, tan sinceros. «A veces uno está bien y no tan bien a la vez», dije. «Eso no significa nada».
«Para mí significa», dijo él. Y sin avisar, puso su mano en mi rodilla. Caliente, grande, temblando un poco. «Para mí significa todo».
No me moví. No podía. «Carlos…»
«No digas nada», dijo. «Solo quiero que sepas que si algún día necesitás algo, algo de verdad, yo voy a estar. Pase lo que pase».
Su mano subió un poco por mi muslo. Yo sentía que me ardía la piel. Mi respiración se aceleró. «¿Qué estás haciendo?», pregunté, pero mi voz era un susurro.
«Lo que tengo ganas de hacer desde hace meses», dijo. Y se inclinó y me besó.
Fue un beso suave al principio, como pidiendo permiso. Pero cuando le respondí, se volvió profundo, con lengua, con hambre. Le agarré la cara con las dos manos y lo apreté contra mí. Gemí en su boca. Él me apretó la pierna más fuerte.
«Nos van a descubrir», dije entre besos.
«No», dijo él. «Andrés no vuelve hasta mañana. Y yo… yo no quiero parar».
Lo miré. Tenía los ojos llenos de deseo, de una cosa que no había visto antes. Y yo… yo estaba empapada. Chorreando. «Yo tampoco», dije.
Me levantó en vilo y me llevó a mi cuarto. Me tiró en la cama y se subió encima. Me besó el cuello, me mordió la oreja, mientras sus manos me subían la blusa. Cuando vio mis tetas al aire, se quedó mirando.
«Dios, Cris», dijo. «Son perfectas».
Bajó la cabeza y me chupó un pezón. Lento, con la lengua caliente, mientras con la mano me apretaba la otra teta. Yo gemía, le clavaba las uñas en la espalda. «Así, así, no pares».
Bajó más, me quitó el short y la tanga de una. Se metió entre mis piernas y me miró. «Estás mojadísima», dijo. «Todo esto es por mí».
«Así es», gemí. «Ahora dejá de hablar y chupame».
Se rió, una risa baja, y me lamió. Me lamió toda, la concha, el clítoris, metiéndome la lengua adentro. Yo gritaba, me retorcía, le apretaba la cabeza con los muslos. Cuando me vine, fue una explosión, temblando toda, llorando casi.
Él subió, se bajó el pantalón. Tenía la verga parada, grande, hermosa, goteando. «¿Tenés forro?», preguntó.
«En la mesita de noche».
Se lo puso rápido. Después me puso boca abajo, me levantó el culo y me la metió de una. Grité. Era grande, me llenaba toda, como hacía años no me sentía. Empezó a cogerme fuerte, agarrándome de las caderas, mientras yo apretaba las sábanas y gemía.
«Te gusta, ¿verdad?», dijo, jadeando. «Te gusta que te coja el mejor amigo de tu novio».
«Sí, sí, dame más duro».
Me dio la vuelta, me puso boca arriba y me levantó las piernas. Me las puso en los hombros y me siguió cogiendo, mirándome a los ojos. «Sos tan puta, Cris», dijo. «Tan rica».
«Decímelo más», le rogué.
«Sos una puta, la puta de tu cuñado», dijo, y esa palabra, «cuñado», me volvió loca. Me vine otra vez, apretándolo, sintiendo cómo se venía él también, llenando el forro con su leche.
Después nos quedamos abrazados, jadeando. Sin hablar. Pero su mano no se apartaba de mi culo, y la mía no se apartaba de su pecho.
Al rato, se levantó. Se vistió rápido. En la puerta del cuarto, me miró. «Esto no puede volver a pasar», dijo.
«Lo sé», dije.
«Pero si pasa, va a ser la última vez», dijo.
«Lo sé».
Asintió. Y se fue.
Ahora estoy aquí, escribiendo esto. Todavía lo siento adentro, su olor en mi piel. Andrés vuelve mañana. Y no sé qué voy a hacer. Si voy a poder mirarlo a los ojos. O si voy a buscar a Carlos otra vez. Porque lo peor de todo es que no me arrepiento. Al contrario. Solo quiero más.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.