La pijamada con mi crush
¿Se acuerdan de los crushes de la adolescencia? Esos que te tenían loca y que por las noches no te dejaban dormir. Pues a mí me pasó con el hermano de mi mejor amiga, en una pijamada que nunca voy a olvidar.
Pa’ que te ubiques, yo tendría como 17 años. Mi amiga se llama Sofía y su hermano, Gabriel. Él tendría unos 20. Y no te miento, era hermoso. Alto, moreno, con unos ojos verdes que te clavaban. Tenía ese pelo negro que siempre se le veía un poco desordenado, y unos labios que parecían hechos para besar. Yo lo veía cada vez que iba a casa de Sofía y me derretía. Él casi nunca me paraba bola, solo un “hola” y ya.
Pero esa pijamada fue diferente. Sofía hizo una fiestecita en su casa, solo para las amigas más cercanas. Y al principio, Gabriel estuvo ahí. Ay, Dios mío. Él estaba en el living, viendo el partido, pero yo lo sentía. Cada vez que me daba la vuelta, me lo encontraba mirándome. Una, dos, tres veces. Yo me ponía colorada y miraba para otro lado, pero el corazón se me salía del pecho.
Cenamos todas juntas, pizza y refresco. Él seguía cerca, en la cocina, buscando algo. Yo no podía concentrarme en lo que decían mis amigas. Solo pensaba en él. En cómo se veía con esa camiseta blanca que le marcaba los brazos. En su sonrisa cuando le decían algo gracioso.
Después de cenar, subimos al cuarto de Sofía a seguir la fiesta. Pero yo tenía un plan. Me inventé que quería otro refresco y bajé. Él estaba solo en la cocina, lavando un vaso.
Me paré en la puerta, sin saber qué decir. Él se dio la vuelta y me miró. Esa mirada… no era la de siempre. Era intensa, directa.
“¿Qué pasa, Jessica? ¿No puedes dormir?” me preguntó, con una media sonrisa.
“No… tengo calor,” dije, y fue cierto. El calor me subía por el cuello hasta la cara.
“Sí, se ve.” Se acercó un poco. No mucho, solo lo suficiente para que yo sintiera su presencia. “Oye… eres muy bonita. Lo sabías, ¿verdad?”
Yo me quedé muda. Solo pude mover la cabeza, negando, pero con una sonrisa tonta.
“Mira,” dijo él, bajando la voz. “Más tarde, tipo las 4 de la mañana. Todos van a estar dormidos. Baja. Nos vemos aquí.”
Se me hizo un nudo en la garganta. “¿Aquí? ¿En la cocina?”
“Sí. ¿O tienes miedo?”
“No,” dije, rápido. “No tengo miedo.”
“Bueno. Entonces a las 4.” Me guiñó un ojo y se fue, subiendo las escaleras como si nada.
Yo me quedé ahí, pegada al piso, sintiendo que el mundo daba vueltas. ¿En serio? ¿Gabriel me había citado? En su propia casa, a las 4 de la mañana. Ay, no, yo estaba soñando.
Subí al cuarto, pero ya no era la misma. Mis amigas estaban bailando, riendo, poniendo música. Yo solo podía pensar en el reloj. Cada minuto era una eternidad. Me puse a bailar también, pero por dentro estaba temblando. Tenía la cola caliente, eso es verdad. La pepa no paraba de palpitar. Saber que en unas horas él me iba a tocar… no podía con la emoción.
Como a las 2, Sofía dijo que ya era hora de dormir. Apagamos las luces y cada una se acomodó en su colchoneta. Yo me hice la dormida al instante. Cerré los ojos y conté mis respiraciones. Escuché a mis amigas dormirse poco a poco. Los ronquidos suaves, los movimientos.
Mi corazón era un tambor. Miraba el reloj de mi celular cada cinco minutos. Las 2:30. Las 3. Las 3:30. A las 3:50, no aguanté más. Me levanté con mucho cuidado, pisando de puntillas. Salí del cuarto y cerré la puerta sin hacer ruido.
El pasillo estaba oscuro, solo con la luz de la luna que entraba por la ventana. Bajé las escaleras despacio, aguantando la respiración. Cada escalón crujía y yo me moría del susto.
Llegué a la cocina. Estaba vacía. No había nadie. La decepción me dio en la cara como un balde de agua fría. ¿Me había hecho una broma? ¿Se había olvidado? Me sentí tan tonta que casi me echo a llorar.
Me apoyé en la barra de la cocina, mirando la luz del microondas que decía 4:02. En ese momento, escuché un ruido. Era la puerta del baño de abajo. Se abrió, y salió él.
Gabriel. Con unos pants de dormir y sin camiseta. Estaba despierto, con los ojos brillantes en la oscuridad.
“Pensé que no vendrías,” dijo.
“Yo pensé que tú no vendrías,” le contesté.
Se acercó. No había nadie más en el mundo en ese momento. Solo nosotros dos en esa cocina silenciosa. Llegó hasta mí y, sin decir nada más, me agarró la cara y me besó.
Fue un beso que me quitó el aire. Apasionado, urgente. Su lengua entró en mi boca y yo la recibí como si fuera lo único que necesitaba. Le enredé las manos en el pelo, apretándolo contra mí. Él me agarró de la cintura y me levantó, sentándome sobre la barra de la cocina.
Mis piernas le rodearon la cintura. Él seguía besándome, pero sus manos ya estaban en otra parte. Me levantó mi camiseta de dormir y se encontró con que yo no tenía brasier. Nunca uso para dormir.
“Mierda,” dijo, cuando vio mis tetas. Eran grandes, ya desde esa época. Se bajó y se llevó un pezón a la boca.
Ay, no me hagas hablar. Chupó tan rico, tan fuerte, que me tuve que morder el labio para no gemir muy alto. Con la otra mano me apretó la otra teta, jugando con el pezón.
Yo no me quedé atrás. Le bajé los pants. No tenía ropa interior. Y ahí estaba. Su verga. Parada, grande, morena. Hermosa. La agarré con la mano y la sentí caliente, palpitando. Él gimió contra mi pecho.
“Quiero tocarte,” dijo, y su mano bajó por mi panza, hasta meterse dentro de mis pantaloncitos de dormir. Encontró mi pepa, que ya estaba chorreando. “Coño, estás mojadísima.”
Metió un dedo. Luego dos. Yo me recosté para atrás en la barra, agarrándome del borde para no caerme. Él movía los dedos dentro de mí, a la vez que me chupaba las tetas. Era una locura de sensaciones.
“Quiero cogerte,” dijo, jadeando. “Aquí mismo.”
Yo abrí los ojos. “¿En la cocina? No, Gabriel, qué tal si alguien baja…”
“Nadie baja. Todos están dormidos.”
Pero yo me asusté. La idea era excitante, pero muy arriesgada. “No puedo. No aquí.”
Él no insistió. En vez de eso, se bajó de mí y me puso de pie frente a él. “Entonces hazme esto.”
Sabía a lo que se refería. Me arrodillé ahí, en el piso frío de la cocina. Su verga estaba a la altura de mi cara. La olía. Olía a él, a limpio, a hombre. Le di un beso en la punta, que ya estaba mojada.
“Chúpamela,” dijo, y no era una petición, era una orden.
Yo abrí la boca y me la metí. No era la primera vez que hacía esto, pero con él era diferente. Era mi crush, el hombre que había soñado tantas noches. Quería hacerlo bien.
La chupé lento al principio, lamiendo la cabeza, jugando con la parte de abajo. Él metió las manos en mi pelo y empezó a guiar mi cabeza, empujando suavemente. “Así, así… más profundo.”
Yo traté de metérmela toda. Era grande, me llegaba hasta la garganta. Me ahogaba un poco, pero no me importaba. Quería complacerlo. Subía y bajaba, haciendo ruido, dejando que mi saliva corriera por su verga.
Él cerraba los ojos y gemía bajito. “Qué rico chupas, Jessica… no pares.”
Yo no pensaba parar. Seguí, acelerando el ritmo, usando mi mano en la base. Él respiraba cada vez más fuerte.
“Me voy a venir,” avisó, y apretó mi cabeza.
Yo no me quité. Quería que se viniera en mi boca. Quería sentirlo.
Y lo hizo. Con un gemido ahogado, un chorro caliente y salado llenó mi boca. Yo tragué, tratando de no ahogarme. Él siguió soltando, hasta que por fin se calmó.
Me quedé arrodillada, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Él se recostó contra la nevera, jadeando.
En ese momento, escuchamos un ruido arriba. Pasos. Alguien bajaba las escaleras.
Nos congelamos. Los pasos eran lentos, pesados. Era Sofía, mi amiga, que bajaba al baño.
“Esconde,” dijo Gabriel, rápido.
Yo me arrastré por el piso, hacia la parte oscura de la sala, detrás del sofá. Me agaché ahí, con el corazón a mil. Gabriel se subió los pants rápido y se fue hacia el fregadero, como si estuviera tomando agua.
Vi a Sofía pasar, medio dormida, sin mirar para los lados. Entró al baño y cerró la puerta.
Yo me quedé escondida, temblando. Gabriel me miró desde la cocina y puso un dedo en los labios, pidiendo silencio.
Sofía salió del baño y subió otra vez, sin sospechar nada.
Cuando se fue, salí de mi escondite. Gabriel vino y me ayudó a levantarme.
“Esa fue cerca,” dijo, y nos reímos, nerviosos.
Nos besamos otra vez, suave, rápido. “Sube,” me dijo. “Antes de que te encuentren.”
Asentí. Subí las escaleras de puntillas, entré al cuarto, y me metí en mi colchoneta. Nadie se había despertado.
Me quedé mirando el techo, con el sabor de él todavía en mi boca, el olor de su piel en mis dedos. Fue la mejor experiencia de mi vida en ese momento.
Lo malo vino después, claro. Nos escribimos por Facebook un tiempo, pero él solo quería sexo. Me decía cosas lindas, pero cuando yo hablaba de ser novios, se hacía el loco. Al final, dejamos de hablar. Yo quería algo serio, él solo quería cogerme.
Pero bueno, las risas no faltaron. Y hasta el día de hoy, cuando voy a esa cocina, me acuerdo de todo. Y se me sale una sonrisa.


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