octubre 17, 2025

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La peruana del segundo piso

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La cosa es que yo soy Julio, tengo 30 años y vivo en este edificio de estrato 4 en Medellín. Hace como seis meses llegó esta vecina al apartamento de al lado, una peruana que se llama Rosa.

Y no voy a mentir, parce, la primera vez que la vi pensé: «”Uy, no!». La mujer no es bonita, tiene la cara llena de lunares, la nariz ancha y el pelo siempre grasoso. Pero lo que mÔs me impactó fue cuando la vi un día sacando la basura en shorts. La muchacha tiene el culo peludo, ”peludo de verdad! Se le veían unos pelos negros y rizados asomÔndose por los lados del short. Y ni hablar de los sobacos, que parecían dos arbustos.

Un día me la encontré en el ascensor y me empezó a hablar. Tenía una voz ronca, como de fumadora empedernida, pero algo en su manera de mirarme me calentó. Me invitó a tomar un tinto a su apartamento y yo, por no ser grosero, acepté. Total, estaba aburrido ese sÔbado por la tarde.

Una cosa llevó a la otra y terminamos besÔndonos en su sofÔ. Cuando me bajó el cierre del pantalón y me sacó la verga, me di cuenta de que esa mujer tenía una boca experta. Me la chupó con una hambre que no veía hace tiempo, metiéndosela hasta la garganta y haciéndome gemir como un marica. «Quiero que me des duro, Julio,» me dijo con esa voz rasposa, y yo, con la verga dura como un palo, no me pude resistir.

Cuando la llevé al cuarto y le bajé el pantalón, confirmé mis sospechas. La concha también era un bosque, peluda como si no se hubiera afeitado nunca. Pero ahí viene lo raro, parce: en vez de darle asco, me excitó. Era algo primitivo, como coger con una mujer de verdad, no con esas viejas plastificadas que solo se ven en Instagram.

La puse en cuatro y le metí la verga de una. El pelo de su culo me hacía cosquillas en los huevos, pero cuando empecé a moverme, esa mujer se volvió loca. Gritaba como una posesa, me decía «”sí, papi, dame mÔs duro!» en ese acento peruano que se me hace tan rico. Me agarraba las nalgas con fuerza, metiéndome las uñas, y movía el culo al ritmo de mis embestidas.

Lo que mÔs me gusta es que no es ninguna muerta en la cama. Sabe gemir, sabe pedir lo que quiere, y cuando estÔ por venirse, se pone a temblar toda. Una vez me mordió el hombro tan fuerte que me dejó marcado por días, pero en ese momento solo me salió mÔs leche.

DespuƩs de coger, siempre me ofrece un seco de res o alguna comida peruana. Y aunque es fea y peluda, hay algo en esa mujer que me tiene enganchado. A veces pienso que es como esos restaurantes por ahƭ feos pero con la mejor comida del barrio. No es para presumir con los amigos, pero para echar un polvo sabroso, no hay mejor.

Ahora viene cada dos o tres días a mi apartamento, siempre con esa misma pasión. Y yo, aunque al principio dudaba, ahora espero con ansias que toque la puerta. Porque con Rosa, la peruana fea y peluda del segundo piso, cada cogida es una maldita aventura.

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