Por
La pasante perfecta
La conozco desde hace seis meses. Entró a la oficina como pasante, con sus 18 años recién cumplidos y esa mezcla de timidez y audacia que solo tienen las chicas que acaban de salir del cascarón. Se llama Valeria. Es gordita, de esas que llaman «rellenita» con cariño, pero yo la llamo perfecta. Unas tetas que son un monumento, redondas, generosas, que se le escapan del escote de cualquier blusa que se ponga. Un vientre suave, con esas curvas que invitan a posar las manos. Y el culo… bueno, casi no tiene, es más bien plano, pero tiene algo, una redondez mínima que, cuando se agacha frente a la fotocopiadora, me hace contener la respiración.
Trabaja a dos escritorios del mío. Yo, con mis 38 años, mi traje de marca y mi sonrisa de empresario exitoso, debería saber controlarme. Pero no puedo. Cada vez que se ríe, una carcajada cristalina que llena el espacio abierto de la oficina, siento un latido en el bajo vientre. Cada vez que me alcanza un café, rozándome los dedos con los suyos, siento una descarga que me recorre el brazo.
Hace una semana, empezó el juego. Un mensaje inocente por el chat interno de la empresa. «Manuel, ¿tienes el reporte de ventas?». «Sí, Valeria, te lo paso». Y luego, de la nada, un: «¿Ese reloj es nuevo? Te queda bien». Un cumplido. Yo, acostumbrado a la adulación, le di las gracias. Pero al día siguiente, otro. «Esa corbata azul hace que tus ojos se vean más intensos». Empecé a responder. «Y ese vestido rojo hace que sea imposible concentrarme en los números». Ella puso un emoticón sonrojado. El juego estaba en marcha.
Ayer, viernes, la oficina se vació temprano. Ella se quedó, fingiendo terminar un trabajo. Yo, en mi despacho, esperando. Sabía que vendría. Tocó la puerta. «¿Tienes un minuto, Manuel?». «Para ti, todo el tiempo del mundo». Entró y cerró la puerta. No dijo nada. Se acercó a mi escritorio, se subió a él, sentándose sobre la madera pulida, con sus muslos regordetes aplastándose contra el borde. Sus tacones golpearon suavemente la madera. Un sonido de declaración.
«Estoy harta de mensajes», dijo, y su voz era un susurro cargado de electricidad. «Quiero saber si lo que hay en tu cabeza es tan caliente como lo que hay en la mía».
No respondí con palabras. Me levanté, la agarré de la cintura y la besé. Fue un beso que no pidió permiso. Un beso con hambre de meses. Con lengua, con dientes, con la urgencia de un hombre que ha estado soñando con este momento en la soledad de su cama. Ella respondió con la misma ferocidad, enterrando sus manos en mi pelo, jaloneándome hacia ella. Sus tetas, esas tetas magníficas, se aplastaron contra mi pecho a través de la fina tela de su blusa.
«Qué deseo tener estas tetas en mi boca», gruñí, rompiendo el beso para enterrar mi cara en su cuello, oliendo su perfume dulzón, mezclado con el sudor de un día de trabajo. «Entonces hazlo», jadeó ella, y con dedos temblorosos, empezó a desabrochar su blusa. Los botones saltaron, revelando un sostén negro, de encaje, que luchaba por contener lo incontenible. Se lo quité de un tirón.
Y ahí estaban. Sus pechos. Dios mío. Eran aún más perfectos de lo que había imaginado. Grandes, pesados, con areolas oscuras y grandes, y unos pezones erectos, duros como piedritas, que parecían suplicar atención. Me arrodillé frente a ella, allí, en el piso de mi lujoso despacho, y me llevé uno a la boca. Fue como probar el cielo. Su piel era suave, caliente, y su sabor, adictivo. Chupé, mordisqueé, lamí, mientras mis manos masajeaban el otro, sintiendo su peso, su plenitud. Ella gemía, con la cabeza hacia atrás, agarrada al borde del escritorio, arqueando la espalda para meterme más de sí en la boca.
«Manuel, por favor…», suplicó, y su voz era un quejido de pura necesidad. Me levanté y la tumbé sobre el escritorio, barriendo con el brazo el portátil, los informes, todo. Que se jodan los números. Su falda ya estaba subida, y yo le bajé las bragas, también negras, también de encaje. Su sexo estaba completamente descubierto. Sin un solo pelo. Lisa, gordita, como el resto de ella, con unos labios gruesos, rosados, y ya brillantes de excitación. Olía a mujer, a limpio, a deseo puro.
Me bajé el cierre de mis pantalones de diseñador y saqué mi verga, que palpitaba, dura y dolorosamente erecta. No era el momento de preliminares largos. Ella lo quería así. Lo vi en sus ojos. La penetré de una, un solo empujón que nos unió completamente. Ella gritó, un grito que seguramente escucharon en la oficina de al lado, pero en ese momento, nada importaba. Estaba dentro de ella, en su calor, en su humedad, en esa opresión perfecta que solo una mujer joven y apretada puede ofrecer.
Empecé a moverme, y el escritorio crujió con cada embestida. Ella me envolvió las piernas alrededor de la cintura, sus tacones clavándose en mi espalda, animándome a dar más fuerte. «Sí, así, papi, así, rómpeme», gemía, y sus palabras, tan sucias, tan directas, saliendo de esa boca de niña buena, me volvían loco. Agarré sus tetas, las apreté, les pellizqué los pezones, y ella respondía con gemidos más agudos, con movimientos de caderas más frenéticos.
La vista era surrealista. Mi despacho, con sus diplomas en la pared, su vista a la ciudad, y yo, follando a mi pasante de 18 años sobre el escritorio donde firmo contratos de millones. Su cuerpo, regordete y glorioso, rebotando con cada embestida. El sonido húmedo de nuestra unión, mezclado con nuestros jadeos y los crujidos de los muebles. Era la encarnación de toda fantasía prohibida que había tenido.
«¿Te gusta?, ¿te gusta que un viejo como yo te folle así?», le espeté, sudando, sintiendo cómo el placer se acumulaba en mis testículos. «Sí, papi, me encanta, me encanta tu verga grande, me llena toda», gritó ella, y sus uñas se clavaron en mis brazos. Cambié de ángulo, levantándole las piernas más, y su gemido se tornó en un chillido de éxtasis. «¡Ahí, ahí, por favor, no pares!».
Sabía que no duraría mucho. La excitación era demasiado intensa. «Me voy a venir», gruñí, y mis movimientos se volvieron más erráticos, más profundos. «Adentro, papi, por favor, quiero sentirte», suplicó ella, y eso fue mi perdición. Con un gemido ronco que salió de lo más profundo de mi pecho, me vacié dentro de ella, una y otra vez, sintiendo cómo mi semen caliente llenaba su interior, cómo su vagina se contraía alrededor de mi miembro, exprimiéndome hasta la última gota.
Caí sobre ella, jadeando, pegado a su piel sudorosa. El escritorio estaba empapado, un desastre de fluidos y papeles. Nos quedamos así un momento, en silencio, solo nuestro respiro agitado llenando la habitación. Luego, ella se rio, una risa baja, satisfecha. «Los reportes trimestrales van a oler a nosotros», dijo, y su comentario, tan casual, me hizo reír a mí también.
Me separé y me limpié con un pañuelo de seda. Ella se bajó del escritorio, tambaleándose un poco, y empezó a vestirse. No había vergüenza en sus ojos, solo una chispa de complicidad. «Esto no puede volver a pasar», mentí, arreglándome la corbata en el reflejo de la ventana. Ella se acercó por detrás y me abrazó, apretando sus tetas contra mi espalda. «Claro que no, jefe», susurró, mordisqueándome la oreja. «Hasta la próxima vez».
Se fue de mi despacho como había entrado, con un swing de caderas que ahora conocía íntimamente. Yo me quedé allí, con el olor a sexo en el aire y la certeza de que esto era solo el comienzo. Valeria, la pasante de 18 años, la chica gordita de tetas deliciosas, se había convertido en otro verso de mi poesía erótica particular. Y yo, a mis 38 años, sabía que no podría resistirme a escribir el siguiente capítulo. El riesgo, la prohibición, la juventud ardiente de ella… era una combinación demasiado adictiva. Mañana, en la oficina, nuestros ojos se encontrarían de nuevo sobre la taza de café, y el juego recomenzaría. Solo que ahora, ambos sabríamos exactamente a qué sabía el otro.


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