La nueva secretaria la mama rico
Mira, primero que nada, pido disculpas por haber estado desaparecido estos días. La verdad es que se me armó un lío de trabajo con unos pedidos que no se imaginas, y entre eso y salir en la bici para despejar la mente, se me pasó el tiempo volando.
Pero bueno, les juro que lo que pasó vale la pena contarlo. Mi socio cambió de secretaria hace un par de semanas. La anterior era una señora majísima, pero que no daba pie con bola. Esta vez contrató a una chavala nueva, una peladita de 22 años recién salida de algún ciclo, se llama Valeria.
Desde el primer día supe que esta chica era diferente. No es que fuera la mas guapa del mundo, pero tiene una energía… una mezcla de inocencia y de saber exactamente lo que quiere. Es delgada, pero con unas curvas en el lugar justo, y una mirada que te atraviesa. Se viste de una manera que parece profesional, pero siempre hay un detalle, una blusa un poco más transparente de lo necesario, una falda que se le sube solo un centímetro más cuando se sienta, que te hace mirar dos veces. Yo, como buen pene loco, ya la había fichado, pero me mantuve en mi línea, siendo el emprendedor simpático, el tipo agradable que cae bien a todo el mundo.
La cosa se empezó a calentar hace unos días. Empezamos a quedarnos hasta tarde los dos solos en la oficina, terminando papeles para una licitación importante. Había un ambiente raro, una tensión que se podía cortar. Los cumplidos dejaron de ser solo profesionales. «Ese corte de pelo te queda genial, Exe», me decía ella. Y yo le devolvía el piropo: «Ese color te sienta de maravilla, Valeria». Pero se notaba que detrás de esas palabras había algo más, un juego peligroso.
Todo explotó ayer. Habíamos terminado lo más pesado y eran casi las nueve de la noche. La oficina estaba en silencio, solo con la luz de mi despacho encendida. Roberto se había ido hace rato. Yo estaba sentado en mi silla, revisando unas facturas en la pantalla, cuando ella entró sin llamar, con dos tazas de café en las manos.
—Pensé que te vendría bien un poco de energía —dijo con una sonrisa que no era solo amable. Era una sonrisa cómplice, retadora.
—Justo lo que necesitaba —respondí, haciendo un espacio en el escritorio para que dejara la taza.
En vez de irse, se apoyó contra el borde del mueble, muy cerca de mí, y tomó un sorbo de su café. Me miró por encima del borde de la taza.
—Siempre trabajas tan tarde, Exe? No tienes a nadie que te espere en casa? —preguntó, con una inocencia que sabía perfectamente que era falsa.
—Divorciado y sin ataduras —dije encogiéndome de hombros, mirándola fijamente—. Y tú? Algún novio que se esté preocupando?
—Nadie que importe —susurró, y en ese momento supe que el juego había terminado y que la partida principal estaba por comenzar.
Dejó la taza en el escritorio y, sin perder mi mirada, se acercó. Yo seguía sentado, esperando a ver hasta dónde se atrevía a llegar. Ella puso una mano en mi hombro y luego, lentamente, fue bajando hasta mi pecho.
—Siempre me han gustado los hombres con carácter —murmuró, deslizando sus dedos por mi camisa—. Hombres que saben lo que quieren.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Agarré su muñeca con suavidad pero con firmeza.
—Y yo las mujeres que no tienen miedo de ir a por ello —le dije, y tiré de ella para sentarla en mis piernas.
Ella no opuso resistencia. Al contrario, se dejó caer sobre mí y enlazó sus brazos alrededor de mi cuello. Nuestros labios se encontraron en un beso que no tenía nada de tierno. Era pura lujuria, desesperación y años de abstinencia por mi parte. Abrí su boca con mi lengua y la exploré con hambre. Mis manos recorrieron su espalda, bajaron hasta sus nalgas y las apreté con fuerza a través de la tela de su falda. Ella gimió en mi boca y se restregó contra mi entrepierna, donde ya notaba la presión de mi erección contra el pantalón.
—Quiero sentirte —jadeó ella, rompiendo el beso y bajando la mirada hacia mi cinturón.
Sin decir una palabra más, se deslizó de mis piernas y se arrodilló frente a mí, en la alfombra de la oficina. Sus manos, con una determinación que me dejó sin aliento, desabrocharon mi cinturón y la cremallera del pantalón. Me lo bajó solo lo necesario y sacó mi verga, que ya estaba dura y palpitando, llena de venas y con la punta húmeda. Me miró a los ojos, desafiante, y luego, sin prisas, se la llevó a la boca.
Joder, nunca había sentido una mamada así. No era solo técnica, era pura voracidad. La envolvía con sus labios, chupaba con una fuerza que me hacía ver estrellas, y usaba la lengua para jugar con el frenillo y la cabeza. Movía la cabeza hacia adelante y hacia atrás, metiéndosela hasta la garganta sin inmutarse, y los sonidos que salían de ella, esos gemidos ahogados y el ruido húmedo de su boca trabajando, eran lo más excitante que he escuchado en mi vida. Tenía las manos en mis muslos, aferrándose, y yo no pude evitar enredar mis dedos en su pelo, guiando su ritmo, cada vez más rápido y más profundo. La sensación era tan intensa que tuve que pararla, porque si no, me corría allí mismo en su boca.
—Espera, para —gruñí, jadeando—. No quiero terminar aún.
Ella se separó, con los labios brillantes y la mirada borrosa por la lujuria. Una gota de mi fluido resbalaba por su barbilla.
—¿Y qué quieres entonces? —preguntó, con una voz ronca y cargada de deseo.
—Quiero follarte —dije, levantándome de la silla y limpiándole la barbilla con el pulgar—. Aquí. Ahora.
Un destello de emoción cruzó sus ojos. Se puso de pie y, con un movimiento de caderas, se subió a mi escritorio, barriendo con el brazo los papeles, el teclado y el ratón, que cayeron al suelo con un ruido sordo. Se recostó sobre la madera lisa, apoyándose en los codos, y abrió las piernas, invitándome. Le quité las bragas de un tirón, rompiendo la fina tela, y se las tiré a un lado. Su sexo estaba completamente depilado, rosado, hinchado y brillando con sus propios jugos. El olor a su excitación llenó el aire alrededor de nosotros, un aroma dulce y animal que me volvió completamente loco.
Me coloqué entre sus piernas y apoyé la punta de mi verga en su entrada. Estaba ardiendo. Ella me miró fijamente, mordiéndose el labio inferior, y asintió con la cabeza.
—Hazme tuya, Exe —susurró.
Empujé con fuerza, enterrándomela de una sola embestida. Los dos gritamos al unísono. Ella de placer, yo por lo increíblemente cálida y apretada que estaba. Empecé a moverme, al principio con un ritmo constante, sintiendo cada centímetro de su interior abrazándome. Pero la vista era demasiado: verla allí, tumbada en mi escritorio, con su falda subida hasta la cintura, sus piernas abiertas y enredadas alrededor de mi cintura, sus pechos pequeños pero firmes moviéndose con cada embestida… Perdí el control.
Agarrandola de las caderas, empecé a follarla como un animal, duro y rápido, sin piedad. El escritorio crujía con cada embestida, y el sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con sus gemidos agudos y mis gruñidos.
—¡Sí, así, dame más duro! —gritaba ella, arqueando la espalda—. ¡Soy tu puta, Exe, tu putita de la oficina!
Sus palabras me enloquecieron aún más. La cambié de posición, poniéndola a cuatro patas sobre el escritorio. Desde atrás, la vista era aún mejor. Sus nalgas, pequeñas pero perfectamente formadas, rebotaban contra mi pelvis. Agarré su pelo con una mano y con la otra le sobraba ese culo, marcando cada una de mis nalgadas en su piel pálida. La penetraba con una fuerza brutal, sintiendo cómo se estremecía con cada embestida. Metí un dedo en su ano, y ella gimió más fuerte, empujando hacia atrás contra mí, pidiendo más.
—¡Voy a correrme! —rugí, ya al borde del abismo, sintiendo la presión acumulándose en mis bolas.
—¡Adentro! —gritó ella, volviendo la cabeza para mirarme—. ¡Quiero sentir tu leche adentro!
Eso fue todo. Con un último y profundo empujón, me vacié dentro de ella, liberando un torrente caliente que la llenó por completo mientras su cuerpo se sacudía con violentas contracciones de su propio orgasmo. Nos quedamos así, jadeando, cubiertos de un sudor pegajoso, temblando los dos en el silencio de la oficina, con el olor a sexo y poder dominando la habitación. El clásico cliché de follarse a la secretaria en el escritorio se había cumplido, y joder, qué bien lo cumplió esta putita.


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