agosto 2, 2025

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La Noche que Cambió Todo

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Era julio del 2008. Florida olía a salitre y promesas rotas. Yo, recién cumplidos los 19, llegaba de Caracas con mis padres a esa casa de dos plantas en Miami Lakes donde mi tía crió a su hijo – mi primo segundo, Daniel. 29 años, 1.85 de altura, el tipo que trabajaba de seguridad en el Gold Rush Adult Club y tenía bíceps que llenaban mis pesadillas húmedas desde los 15.

Nuestra «confianza» era enferma: él me contaba cómo le ponía los cuernos a su novia con strippers y clientas («Anoche me comí a una rusa que pagó $500 por un privado»), yo le confesaba que a los 16 perdí la virginidad con mi profesor de matemáticas. Nos enviábamos memes subidos de tono, nos pasábamos packs de conocidas y hasta apostábamos sobre quién levantaba más en reuniones familiares.

Esa noche del 23 de julio, mis padres roncaban en la cama king a dos metros de mí. Daniel me escribió:

«Oye prima, ¿viste el último video de Bad Bunny?»

Cuando abrí el link, no era reggaetón. Era un video de BangBros titulado «StepBro Fucks Bratty Sis Against Wall». Duraba 42 minutos. Lo borró a los 3 segundos.

«Mierda prima, eso era para Jessica, la contadora del club. Estábamos en videollamada y…»

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. Entre el golpe de aire acondicionado y el eco de los gemidos que alcancé a escuchar, sentí mi tanga empaparse.

A las 2:47am, le escribí:
«No duermo. ¿Paso a ver esa película?»

Su habitación era un museo de testosterona: posters de Lamborghinis, ropa deportiva amontonada, un cinturón con hebilla de calavera sobre la cama sin hacer. Él estaba en boxers negros, la marca del bulto visible incluso en la penumbra.

«¿Qué quieres ver?» preguntó mientras el Netflix cargaba.

«Eso que ibas a mostrarle a Jessica»

El silencio pesó como plomo. Luego, su mano derecha se cerró sobre mi muslo izquierdo.

No hubo preliminares. Me levantó como saco de boxeo, me estrelló contra la pared y me bajó los shorts con un tirón. Cuando sentí la cabeza de su verga rozar mi entrada, alcancé a musitar:

«Espera, no tengo condón…»

«Yo nunca uso» gruñó mientras me abría en dos.

Duele recordar cómo cada centímetro quemaba al entrar. Él medía fácil 18cm y grueso como mi muñeca. Gemí bajito cuando me llenó completamente.

«Callate que van a escuchar» me ordenó mientras me azotaba contra la pared al ritmo de sus embestidas.

Duró 7 minutos. Se corrió en mis nalgas mientras yo mordía su hombro para no gritar.

Tres noches después, los adultos salieron a un bar cubano. Daniel y yo nos quedamos «viendo la casa». En la piscina iluminada solo por luces subacuáticas, me sentó en el borde y apartó mi bikini con los dedos.

«Esta vez quiero verte la cara cuando te lo metas» le dije.

El muy cabrón no avisó cuando se vino. Sentí el chorro caliente llenándome mientras sus uñas me marcaban las caderas.

7:30am. Me encontró en la cocina y me deslizó una pastilla Postday y un jugo de naranja.

«Por si acaso» dijo sin mirarme a los ojos.

Ahora, en 2023, mi marido Eduardo (contador, 42 años, pene promedio) revisa los vuelos para la boda de Daniel.

«Cariño, ¿segura que quieres ir sola?» pregunta inocente.

Miro el save-the-date y recuerdo cómo, hace dos meses en el funeral de la tía Rosa, Daniel me arrinconó en el baño y susurró:

«La suite nupcial tiene jacuzzi… igual que en Miami»

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