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Anónimo

marzo 1, 2026

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La niña buena de la iglesia

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Hace muchos años, cuando yo tenía 18, solía tocar la guitarra con el grupo de jóvenes de una iglesia porque mi mejor amiga en ese entonces, Lulú, la bajista y cantante del grupo, me había invitado por una pequeña paga… y cualquier ingreso era bueno.

A diferencia de los demás integrantes del grupo, yo no era un creyente, por lo que a veces, cuando todos cerraban los ojos y bajaban la cabeza en misa, yo simplemente seguía mirando a las personas en las bancas de madera desde mi asiento.

Desde que había comenzado a tocar ahí pude notar a una chica muy guapa, delgada, de piel blanca y con cabello castaño liso y largo; estaba en las primeras filas cada semana y, durante el último par de meses, la mirada de sus ojos miel era la única que se encontraba con la mía cuando todos los demás miraban hacia abajo, su reacción era simplemente sonreírme y sonrojarse al ver que yo le sonreía de vuelta, sus mejillas se volvían del tono rosa rojizo de sus labios.

–No se te va a hacer –me dijo Lulú cuando le pregunté quién era la chica a la semana siguiente–, se llama Ana, es la hija mayor de la señora Bety.

–¿La que organiza todo aquí? –le pregunté.

–Sí… la que nos paga –se rio un poco antes de seguir hablando–. Y es la sobrina del padre Carlos.

–Mierda, mejor si me olvido de ella –le dije y ambos nos reímos.

Como era costumbre, el jueves después del pequeño ensayo que teníamos, mi amiga Lulú me invitó a entrar a su reunión con el grupo de jóvenes… igual que siempre, me negué.

–Ana siempre está en las reuniones –me dijo con tono ligeramente burlón, yo negué con la cabeza–. También tenemos pizza.

–No me vas a convencer, Lu, te espero enfrente.

Siempre la esperaba fumando y tomando agua, sentado en la acera cruzando la calle de la iglesia para acompañarla a su casa cargando nuestros instrumentos y amplis.

Cuando la reunión terminó, pude ver a todos salir, la señora Bety estaba esperando a su hija recargada en su auto. Lu cruzó la calle despidiéndose de la señora y pude notar como la mirada de Ana estaba sobre mí mientras su madre hablaba con otras jóvenes, Ana levantó una mano para saludarme, yo hice una señal de paz en respuesta y ella sonrió, pude ver que la mirada de su mamá pasó de mí hacia su hija y le hizo una seña para que subiera al auto, cuando Lu llegó a mi lado se giró mirando a la iglesia.

–Wey –me dijo apretándome el brazo–, Ana me preguntó por ti, bueno, preguntó por mi novio pero le dije que eras mi mejor amigo, y me dijo que por qué siempre te quedas afuera.

–A todo esto, ¿cuántos años tiene Ana? Se ve muy chica –le dije a Lu mientras caminábamos.

–De hecho es más grande que nosotros, tiene 19.

Durante la misa del domingo pude notar de nuevo la mirada y la sonrisa de Ana. Fue el siguiente jueves que, mientras esperaba a Lu, vi a Ana pasar por la explanada que dividía los salones de la oficina de la iglesia y el templo. Cuando regresaba se detuvo en medio del patio y me saludó sonriendo, otra vez levanté la mano en una señal de paz y le sonreí, Ana comenzó a caminar hacia la salida de la iglesia, su vestido claro con flores rosas se balanceaba un poco abajo de sus rodillas mientras se acercaba a mí, enmarcando sus delgadas piernas; el montón de llaves en su mano sonaban casi como cascabeles.

–Hola –dijo mientras terminaba de cruzar la calle–, eres Eme, ¿no? Me dijo Lulú.

–Sí, y tú eres Ana.

–¿Cómo sabes? –sus ojos se entrecerraron un poco al preguntar.

–Todos en la iglesia te conocen –Ana soltó una carcajada.

–Sí, supongo que sí –respondió–. Oye, ¿por qué nunca entras a las reuniones? Te vas a divertir y puedes conocer gente.

–No son lo mío, pero gracias –le respondí sonriendo.

–He notado que no rezas cuando todos los demás lo hacemos, ¿si no crees en esto por qué vienes? –la «brutalidad» de su pregunta me sacudió un poco.

–¿Honestamente? –le dije mirándola a los ojos y ella asintió–. Lu me invitó y me pagan por tocar 4 acordes con sus menores… me conviene.

Ana se rio cubriéndose la boca para no hacer tanto ruido, en sus ojos se veía que era una risa genuina ante mi respuesta.

–Al menos eres honesto –dijo todavía riéndose ligeramente–, me agrada. ¿Tienes facebook? ¿Te puedo agregar?

–¿Tienes dónde anotar?

–Me acuerdo y te busco cuando tenga mi teléfono. Tienes a Lulú, ¿no? –asentí en silencio–. Así te encuentro más fácil.

Esa misma noche Ana me agregó y comenzó a «stalkearme», mientras cenaba me llegaron varias notificaciones de que ella estaba dando like a varias cosas que yo había publicado, tanto fotos mías, como mis videos tocando la guitarra o simples memes y cosas graciosas que había compartido. Al revisar su perfil solo encontré fotos de ella con su familia o en eventos de la iglesia.

El domingo durante la misa, cuando se dieron ese saludo de paz que hacen, tocamos una versión instrumental de Let it be de The Beatles, era el único momento en que se nos permitía tocar alguna canción que no fuera un canto religioso, pero no debía salirse del tono de iglesia, así que cuando llegó el solo de guitarra subí ligeramente el volumen para que el overdrive brillara un poco más, toqué con los ojos cerrados antes de volver a los acordes y cuando los abrí pude notar la mirada de Ana clavada sobre mí. Además el padre Carlos también observaba desde el altar al grupo y levantó su pulgar sonriendo ligeramente.

–Que bonita canción tocaron en el saludo de paz –dijo Ana mientras guardábamos nuestros instrumentos al finalizar la misa–, ¿tú escribiste ese solo, Eme? –Lulú soltó una pequeña risa que sonó como si se aclarara la garganta.

–No –respondí sonriéndole–, es Let it be de los Beatles.

–Me suena el nombre, pero no los conozco, ¿te puedo mandar mensaje al rato y me recomiendas música?

–Sí, claro.

Mientras caminábamos a casa de Lu, ella no pudo evitar tocar el tema de Ana.

–…yo creo que le gustas, nunca la había visto acercarse a preguntar por nuestra música.

–Creí que era como célibe o algo –Lu comenzó a reírse con mi comentario.

–Pues las niñas buenas a veces también tenemos curiosidad de lo qué hay más allá de lo que nos enseñan.

–Lu… puedes ser muchas cosas pero «niña buena» no es una.

–¡Idiota! –los dos nos reímos y seguimos con la plática mientras caminábamos.

Pasaban las 10 de la noche, yo estaba frente a la computadora viendo tablaturas y tocando guitarra, cuando un mensaje de Ana llegó a mi teléfono.

–Hola, Eme ☺️ busqué a los Beatles y Let it be es muy bonita, pero encontré otra que se llama Helter Skelter 😮 que suena muy fuerte, no sé cómo explicarlo, pero me gustó, ¿la conoces?

–Sí, es la más ruidosa de ellos, diría tu familia jaja

–¿Tú sabes tocar así?

–Sí, luego te puedo enseñar cómo toco de verdad.

–Siiii 😍 ¿el jueves?

–Claro, puede ser el jueves.

Seguimos platicando por un par de horas sobre música y cine, temas que a Ana le interesaban pero su familia no le daba mucha libertad de explorar, estaba acostumbrada a escuchar algo de baladas pop y ver películas familiares.

–Oye, ¿y tienes más tatuajes aparte del de tu muñeca? –me preguntó.

–No, solo esa clave de sol. Me imagino que tú no tienes ninguno.

–No, pero si me quiero hacer uno, he visto que se hacen una crucecita en el tobillo y se ve muy bonito.

Enseguida envió una foto de su pierna levantada y flexionada mostrando su tobillo y su pie con uñas pintadas de rosa, pero como la foto había sido tomada desde su pecho, se podía ver la piel de su muslo tan blanca que parecía brillar en cámara, un pequeño short celeste que hacía de pijama y la parte baja de su nalga.

–Ohh no me imaginaba que querías hacerte uno. Linda pierna, por cierto. Pregunta: ¿alguna vez has hecho algo malo, Ana? Jajaja

–Jiji gracias, quería que vieras dónde lo quiero. Y que feo jaja no soy una niña, últimamente he hecho algo que no le podría contar a nadie.

–¿Ni a mí?

–Tal vez a ti sí, pero me da pena.

–¿Por?

–Porque como que te involucra jijiji

–¿Ah, sí? Dime.

–No jiji luego te platico, ya me está dando sueñito.

Durante nuestro ensayo el siguiente jueves, Ana estuvo sentada cerca de la puerta atenta a todo lo que tocamos. Cuando terminamos, le dije a Lu que no guardara su bajo y conecté mi pedal de distorsión que nunca podría usar en una misa, Ana se acercó mirando con curiosidad lo que hacía; mientras tanto el baterista y la tecladista se fueron del cuarto, normalmente ellos recogían sus instrumentos hasta después de las reuniones de jóvenes.

–Súbele –le dije a Lu apuntando a su instrumento–, vamos a tocar Helter Skelter –Ana sonrió y Lu asintió también con una sonrisa en el rostro.

Comencé a tocar y pude notar que Ana se sorprendió del sonido «sucio» de mi guitarra, canté en el micrófono de Lu raspando mi voz sin lastimarme y su bajo retumbaba rebotando en las paredes del pequeño cuarto que usábamos para ensayar.

De la nada la puerta se abrió mientras tocábamos y, al ver entrar a la señora Bety, nos detuvimos en seco.

–No estarán pensando que van a tocar ese ruido en misa –su mirada pasaba entre Lu y yo.

Ana, de pie casi al lado de la señora, sonrió y bajó la mirada cuando su mamá dijo «ruido», creo que recordó que fue la misma palabra que yo use para lo que su familia pensaría de esa canción.

–No, doña Bety –dijo Lu–, solo estábamos practicando algo de nosotros.

–Muy bien. Ana, hay que terminar de preparar las cosas, vámonos –enseguida se dirigió a la puerta.

Cuando salió del cuarto, levanté mi mano derecha e hice un gesto de saludo militar, Lu se rio al verme y Ana sonrió discretamente, mientras se acercaba hacia mí.

–Mañana va a ser la fiesta patronal aquí, para que vengas –me dijo mientras seguía acercándose hasta que invadió por completo mi espacio personal–, y te digo lo que he estado haciendo –se puso ligeramente de puntillas para susurrar en mi oído, luego me dio un beso en la mejilla y se fue rápidamente para seguir a su mamá.

Lu y yo la vimos salir y luego nos miramos entre nosotros, ella se agachó y abrió su mochila para sacar algo.

–Ten –extendió su mano con un kleenex–, antes de que su mamá vea su labial en ti –yo tomé el pañuelo y me limpié.

El viernes por la tarde pasé por Lu y fuimos a la parroquia, el lugar se veía diferente lleno de luces y adornos, en toda la calle frente a la iglesia había un montón de gente, muchos puestos de comida y algunos juegos de feria. Me sentía un poco fuera de lugar, pero Lu, que asistía a esa iglesia desde varios años atrás, conocía a la gente y lo que se hacía, ella me guiaba tomándome del brazo o de la mano para movernos o si quería jugar algo.

De pronto, entre la multitud que salía de la última misa, la vi. Ana llevaba el cabello recogido en una cola de caballo, su maquillaje era ligero como siempre, vestía una falda negra de tablones que le llegaba a las rodillas, colgando del hombro llevaba un pequeño bolso negro y su blusa era blanca impecable con el estampado del nombre de la parroquia en letras doradas en el pecho y el año 2012 debajo de él.

Cuando la mirada de Ana se cruzó con la mía sonrió y se giró para decirle algo al grupo de chicas con quienes había salido del templo, después comenzó a caminar hacia nosotros.

–Lu –le dije a mi amiga mientras Ana se acercaba–, ¿te molesta si te llego a dejar sola?

–No –respondió sonriendo–, conozco a más gente aquí, no te preocupes, pero no me quiero regresar sola, ¿está bien?

–Está bien, al rato te busco, atenta de tu teléfono por si no te veo –le dije y comencé a caminar por la explanada hacia Ana.

–Eme –agregó antes de que me alejara–, no hagas que nos corran.

–No –ambos sonreímos.

–Hola –me dijo Ana al encontrarnos y continuó antes de que yo pudiera decirle algo–, voy al edificio de salones, cuando llegue ve para allá y entra, la puerta está abierta, ahí están los baños por si te ve mi mamá o algo puedes preguntarle por ellos.

–¿Ok? –fue lo único que alcancé a decir cuando ella comenzó a caminar dándome la espalda.

Hice lo que ella dijo y, afortunadamente, no me topé con su mamá, el edificio parecía vacío y solo la luz exterior estaba encendida, al entrar tenía al lado izquierdo dos puertas de madera que supuse eran los baños, frente a mí se extendía un pasillo largo que reconocía porque en la segunda puerta de la derecha era el cuarto donde ensayábamos y a mi derecha había unas escaleras hacia el segundo piso.

Por un par de segundos no supe a dónde dirigirme, hasta que escuché el cascabeleo de las llaves de Ana, me asomé al segundo piso y pude verla agitando las llaves sobre el pasamanos y sonriéndome, rápidamente subí las escaleras. Casi había llegado arriba del todo cuando escuchamos la puerta del edificio abrirse, los dos nos miramos en silencio como si el tiempo se hubiera detenido.

–¿Señorita Ana? –preguntó en voz alta un hombre.

Ana bajó a media escalera antes de hablar, cuando pasó a mi lado dijo en silencio «el conserje», por alguna razón no pude evitar notar sus tenis blancos que parecían nuevos y rompían la oscuridad del lugar, contrastaban totalmente con mis viejos vans negros que ahora se veían grises.

–Hola, Mario –respondió con total tranquilidad–. Mi mamá me pidió que revisara si quedaron sillas acá arriba y traje de refuerzo a un amigo.

–¡Ah! No, dígale a su mami que creo que ya bajamos todas. Si necesitan prender las luces acuérdese que tiene que prender los switches negros primero.

–Sí, gracias Mario –le respondió sonriendo.

El hombre salió del edificio dejando que la puerta se cerrara detrás de él y Ana subió corriendo y me tomó de la mano para llevarme hasta uno de los salones, abrió la puerta con una llave y adentro solo había un escritorio iluminado por la luz de la luna que entraba por la ventana, por la pizarra en la pared supuse que daban algún tipo de clases ahí dentro.

Ana dejó su bolsa negra en el escritorio y yo la tomé por la cintura girándola para besarla, ella me abrazó apretándome contra su cuerpo, el aroma frutal de su cabello se mezclaba con el suave perfume que llevaba.

–¿Quieres saber lo que no le puedo decir a nadie? –me preguntó susurrando en mi oído.

–Sí, dime.

–Muchas noches, antes de dormir, me toco pensando en ti –dijo en voz muy baja y suave, mirándome a los ojos y acariciando mis manos–, en que tus dedos son los que me tocan y que tú eres el que está adentro de mí.

–¿Si? –la levanté un poco haciendo que se sentara sobre el escritorio y comencé a acariciar sus calientes muslos cada vez más arriba–. ¿Así?

Ana asintió en silencio y dejó caer su cabeza ligeramente hacia atrás, apoyando sus manos en el escritorio arqueó un poco la espalda y sus pequeños senos se levantaron ante mí.

Comencé a acariciar su vulva sobre su calzoncito mientras besaba su cuello, ella daba pequeños suspiros y gemía ligeramente con los labios cerrados. Coloqué mis manos por debajo de la falda a los lados de su cintura y bajé su ropa interior, saqué su calzoncito rosa por encima de sus tenis blancos y lo arrojé junto a su bolso.

Usé mis dedos para masturbarla un poco mientras nos besábamos, podía sentir su respiración agitada y los ligeros espasmos y gemidos que le provocaba mi mano mientras jugaba en su entrepierna sin ningún rastro de vello.

Pasaron unos minutos, podía sentir la humedad de Ana en mis dedos, entonces me agaché arrodillándome en el suelo, levanté más su falda y pasé mi lengua varias veces para comenzar a hacerle sexo oral, ella se hizo un poco hacia adelante y abrió sus hermosos labios vaginales rosas con dos de sus dedos haciendo una especie de señal de paz invertida sobre su piel para que mi lengua entrara en su interior.

–Nunca me habían hecho eso, que rico –me dijo susurrando.

Volví a ponerme de pie y la besé, Ana rodeó mi cuello con su brazo izquierdo acercándome a ella, mientras que con su mano derecha comenzó a acariciar mi erección sobre el pantalón de mezclilla.

Desabroché mi cinturón y pantalón, liberé mi verga y Ana la tomó entre sus manos acariciándola con suavidad, dejó caer un poco de saliva sobre la punta de mi pene, el glande parecía brillar bajo el haz de luz que entraba por la ventana, me acerqué a la entrada de su vagina y ella fue guiándome en su interior lentamente, podía sentir sus piernas rodeando las mías mientras me movía adentro de ella, sus gemidos se ahogaban en mi cuello y sentía su aliento tibio en mi piel.

En un momento, Ana se recargó hacia atrás sobre sus manos y yo levanté su blusa acariciando la suave piel de su abdomen, limpiando algunas gotas de sudor que escurrían sobre ella, hasta llegar a su brasier que hacía juego con su calzoncito, lo levanté y comencé a acariciar sus pechos y sus pezones mientras seguía penetrándola, ella gemía apretando los labios, su mirada buscaba constantemente mis ojos.

Acerqué mi boca a su pezón derecho y lo chupé y mordí un poco mientras mi mano jugaba con su otro pezón, luego cambié de pecho y pude sentir las contracciones vaginales de Ana apretando mi verga en su interior, se recostó sobre el escritorio y sus manos acariciaron sus pechos, su piel blanca y los pequeños pezones rosas brillaban bajo la luz de la luna.

Saqué mi pene de ella y me masturbé un poco hasta que eyaculé sobre los labios vaginales y el monte de Venus de Ana. Ella se reincorporó y volvió a abrazarme, mi verga aún tenía pequeños espasmos sobre la tela de la falda de Ana mientras nos besábamos.

Ana sacó unos kleenex de su bolso y nos limpiamos lo mejor que pudimos el sudor y los demás fluidos, acomodamos nuestra ropa y salimos del lugar dejando todo como estaba, antes de salir del edificio nos volvimos a besar, ella salió a la explanada y yo entré al baño para hacer un poco de tiempo y salir separados.

Busqué a Lu y después de un rato nos fuimos de ahí, ella no perdió la oportunidad de camino a su casa para preguntarme que había pasado y cómo había sido.

En la misa del domingo Ana continuó mirándome y sonriendo, por un corto tiempo fuimos novios y siguió explorando su libertad conmigo.

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