La mudanza y el bikini
Estamos en plena mudanza. Un lío de cajas, muebles por todos lados, polvo. Mi esposo, el muy carajo, se había ido de putas la noche anterior. Sí, como lo oyes. Dijo que era una despedida de soltero de un amigo y que no iba a hacer nada, pero yo me olía la mentira desde lejos. Dejarme sola con todo este desorden. Yo con 42 años, sudando como una bestia, y él de fiesta. Me tenía arrecha, pero bueno.
Total, que estoy en el cuarto nuevo, tratando de ordenar la ropa. Abro una caja que dice «Verano» y ahí está. Mi bikini blanco, el de encaje, el que me hace ver el culo como dos panes recién horneados. Me dio un poco de nostalgia, pensando en las playas de Venezuela, y lo dejé ahí encima de la cama.
Me fui a la cocina a buscar agua. Cuando volví, no lo vi. El bikini no estaba. Pensé que se me había caído al piso y me agaché a buscar. Nada.
Salí del cuarto y ahí, en el pasillo, lo vi. Uno de los muchachos de la mudanza. El más joven, el que cargaba los muebles pesados como si nada. Un moreno alto, con los brazos llenos de tatuajes y una mirada que no te dejaba indiferente.
Estaba parado frente a la ventana del pasillo, con la luz pegándole de lleno. Y en sus manos, mi bikini blanco. No lo estaba mirando. Se lo estaba llevando a la cara. Lo tenía pegado a la nariz, oliéndolo, con los ojos cerrados. Se le notaba en la cara que estaba disfrutando de eso.
La primera reacción fue de arrechera. ¡Marico! ¡Ese es mío!
«Oye, ¿qué haces?» le grité.
El tipo se sobresaltó, pero no mucho. Bajó el bikini y me miró. No parecía avergonzado. Al contrario, tenía una sonrisa media picara.
«Perdón, señora. Es que se cayó y lo recogí. Tiene un olor… muy rico.»
Su voz era grave, segura. Me miró de arriba abajo, y yo, en ese momento, me acordé de que tenía puestos unos shorts viejos y una camiseta pegada al sudor. Me sentí expuesta, pero de una manera extraña.
«¿Rico cómo?» le pregunté, sin saber por qué decía eso.
«Como a mujer. A perfume bueno y a… algo más. No sé.»
Yo ahí me quedé tiesa. Porque claro, ese bikini lo había usado la última vez en la playa, sudado, con el olor a mar y a mí. Y este tipo lo estaba oliendo como si fuera el mejor perfume del mundo.
En vez de seguir arrecha, me acerqué. «Dámelo.»
Él me lo extendió. Pero cuando lo tomé, nuestras manos se rozaron. Las suyas eran grandes, ásperas, llenas de callos. Se me erizó la piel.
Yo tenía el bikini en la mano ahora. Y la calentura, la arrechera con mi esposo, la soledad de la noche anterior, todo eso se me juntó en el pecho.
Lo miré bien. Tenía unos labios gruesos. Una boca que se veía que sabía lo que hacía.
«Te gusta oler mi ropa, ¿ah?» le dije, con un tono que ni yo misma reconocí.
Él asintió, sin dejar de mirarme a los ojos. «Sí. Me gusta.»
«¿Y qué más te gustaría?»
Él no contestó. Dio un paso hacia mí. Ya estábamos muy cerca. Yo podía sentir el calor que salía de su cuerpo. Olía a sudor de trabajo, a hombre.
«Puedo oler algo más, si me deja.»
Marico, cuando dijo eso, se me mojó la pepa al instante. Fue como un cortocircuito. Todo el coraje con mi esposo se transformó en pura necesidad.
Sin decir nada, le di la vuelta y caminé hacia el cuarto que estaba medio vacío, el que iba a ser el cuarto de visitas. Solo había un colchón en el piso, sin sábanas. Entré y me paré en el centro.
Él me siguió y cerró la puerta.
Me quedé mirándolo. Él me miraba a mí. El aire estaba pesado, cargado.
«Okey,» le dije. «Huele.»
Me bajé los shorts y los calzones de una vez. Estaba empapada, se me notaba en los muslos. Me senté en el borde del colchón y abrí las piernas.
Él se arrodilló frente a mí, como si estuviera rezando. Puso sus manos en mis muslos, que temblaban. Sus dedos eran calientes, fuertes.
Acercó la cara. Respiró hondo.
«Coño, señora…»
Y no dijo más. Se lanzó. Su boca encontró mi pepa y empezó a chupar como si se fuera a morir de sed. La lengua me la metió entera, moviéndose arriba y abajo, rodeando mi clítoris.
Yo me dejé caer para atrás, apoyada en los codos. «Ay, Dios, sí… ahí…»
Él no hablaba. Solo actuaba. Chupaba, lamía, succionaba. Tenía una técnica que no era de novato. Sabía exactamente dónde presionar, cuándo ir más rápido, cuándo usar los labios.
Le metí las manos en el pelo, corto y duro, y lo apreté contra mí. «Más duro, chico, no tengas miedo.»
Él obedeció. Me abrió más con sus manos y se metió más profundo. Sentía su nariz contra mi hueso, su barba rozándome la piel sensible. Era una sensación brutal, un mix de cosquilla y placer puro que me tenía al borde.
«Me voy a venir…» gemí, y era verdad. El calor se me acumulaba en la barriga, listo para explotar.
Él no se detuvo. Puso un dedo, grande y grueso, en mi culo. Solo la punta, presionando. Eso fue la gota que derramó el vaso.
Grité. Un grito largo, salvaje, que seguramente escucharon en el apartamento de al lado. Mi cuerpo tembló como si me diera un ataque. La ola de placer me cubrió de la cabeza a los pies. Chorreé en su boca, y él siguió chupando, tomando todo, sin perder una gota.
Cuando por fin pude respirar, me quedé tirada en el colchón, hecha un trapo. Él se limpió la boca con el dorso de la mano y se sentó en el piso, recostado contra la pared. Se le notaba la verga dura, un bulto enorme que deformaba el pantalón de trabajo.
«Bueno…» fue lo único que atiné a decir.
«Bueno,» repitió él.
Nos quedamos en silencio un rato. Yo todavía temblaba por dentro.
«Tu esposo es un idiota,» dijo él de repente.
«¿Por qué?»
«Por irse de putas teniendo esto en casa.»
Eso me hizo reír. Un poco, nada más.
Él se levantó. «Tengo que seguir trabajando. Todavía quedan cajas abajo.»
Asentí. Se fue hacia la puerta. Antes de salir, se dio la vuelta.
«Señora.»
«¿Sí?»
«Si algún día quiere que le repita el servicio… ya sabe dónde está la empresa.»
Y salió, cerrando la puerta suavemente.
Yo me quedé ahí, en el colchón, con las piernas abiertas, oliendo a sexo y a sudor. Escuché sus pasos bajar las escaleras. Luego, el ruido de una caja arrastrándose.
Me levanté, me subí los shorts, y salí del cuarto. En el pasillo, mi bikini blanco todavía estaba en el piso, donde se me había caído. Lo recogí. Todavía estaba caliente.
Sonreí. Mi esposo llegó horas después, oliendo a cerveza barata y a perfume de puta. Yo ya estaba bañada, ordenando la cocina.
«¿Cómo te fue?» me preguntó, sin mirarme a los ojos.
«Productivo,» le dije. «Muy productivo.»
Y seguí colocando los platos en el gabinete, con el sabor de ese muchacho todavía en mi boca y la pepa más tranquila que la había tenido en meses. A veces, la vida te da sorpresas. Y a los 42, una aprende a aceptarlas, sobre todo cuando vienen con una lengua tan sabrosa.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.