Ashley

Por

octubre 24, 2025

438 Vistas

octubre 24, 2025

438 Vistas

La Lección de la Veneca

0
(0)

Mi novio cree que soy la chica más fiel del mundo, el muy pendejo. Lo que no sabe es que mientras él se mata trabajando en su oficina, yo estoy aquí, en mi departamento, con una botella de vino tinto a medio tomar y una veneca recién conocida que tiene una cara de santita pero una mirada que me estaba desvistiendo desde que se bajó del Uber.

La conocí en el gym, obvio. Esos leggings que parecen pintados, ese culo perfecto y redondo que se mueve con un ritmo que hipnotiza. Hoy, después de sudar como cerda en la caminadora, la invité a tomar algo a mi casa. “Un vinito, nada más”, le dije, con mi sonrisa más inocente. Ella, Daniela, aceptó con esa sonrisa tímida que ya sé que es pura fachada.

Estamos en el sofá, hablando de hombres, de lo inútiles que son, de lo rápido que se vienen y lo poco que les importa hacernos llegar nosotras. El vino ya hizo efecto, se nos están escapando unas risas un poco más fuertes, y nuestras piernas se están rozando. Yo llevo un short cortísimo y una camiseta sin sostén. Ella usa un vestidito ajustado y sé que no trae nada debajo, porque antes de sentarse, lo noté.

“Los hombres no saben lo que es hacer venir a una mujer de verdad”, soltó de pronto, y me miró fijo. Esos ojos cafés oscuros me traspasaron. “Necesitan clases, les falta sensibilidad”. Yo no pude evitar reírme, pero era una risa nerviosa. “¿Y tú sí sabes?”, le pregunté, desafiante, tomando un sorbo largo de mi copa. Ella no contestó con palabras. Solo acercó su mano y me la puso en el muslo, justo donde termina el short. Su piel estaba caliente, o quizás era la mía.

“Tal vez”, murmuró. Su dedo empezó a dibujar círculos lentos en mi piel, subiendo, subiendo, hasta que su uña rozó la tela de mi ropa interior. Yo contuve la respiración. “¿Te gustaría comprobarlo, Bianka?”. Mi corazón empezó a latir como un tambor en mi pecho. Con mi novio todo es rápido, predecible. Esto… esto era diferente. Era peligroso. Era excitante.

Asentí, sin poder hablar. Ella se acercó más, su aliento olía a vino y a menta. Su otra mano me agarró de la nuca y me atrajo hacia ella. El beso no fue suave. Fue hambriento, desesperado. Su lengua se metió en mi boca como si tuviera derecho a estar ahí, y a mí se me olvidó cómo respirar. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando de él, mientras sus dedos ya no se conformaban con rozar. Metió su mano dentro de mi short y me agarró toda la concha por encima de la tanguita. Gemí en su boca.

“Quiero probarte”, susurró contra mis labios, y antes de que pudiera responder, ya estaba empujándome hacia atrás en el sofá, arrodillándose en el piso frente a mí. Me abrió las piernas sin miramientos, como si ya me conociera de toda la vida. Sus ojos se clavaron en mi tanga, que ya tenía una manchita húmeda en el centro. “Qué chochito más lindo tienes”, dijo, y su voz era áspera, llena de deseo. Esa combinación de su acento veneco con esas palabras tan sucias me puso a mil.

Empezó a bajar mi short y mi tanga con una calma que me volvía loca. Cuando quedé completamente expuesta ante ella, bajo la luz de mi propia sala, sentí una vergüenza que duró un segundo. Porque entonces ella se lanzó. No fue un acercamiento tímido. Fue un ataque. Bajó su cabeza y me enterró toda la cara en mi concha. El primer contacto de su lengua fue una descarga eléctrica. Fue directo, hábil, como si supiera exactamente lo que necesitaba y no fuera a perder el tiempo.

Su lengua era plana y ancha al principio, lamiéndome de arriba a abajo, desde el culo hasta el clítoris, empapándose de mi jugo. Yo gimiendo como una loca, con las manos aferradas al sofá, arqueando la espalda. “Sí, así, Daniela, por favor…”. Después, su técnica cambió. La punta de su lengua se volvió más precisa, un pequeño y húmedo martilleo justo en mi clítoris, que ya estaba duro y palpitando. Era totalmente distinto a cuando mi novio lo hace. Él va como perdido, a lo bestia, a veces con demasiada fuerza. Ella no. Era una presión perfecta, un círculo implacable que no se detenía, que no se aceleraba de más, que solo seguía y seguía, construyendo el calor dentro de mi vientre.

Metió dos dedos dentro de mí sin avisar, y yo grité. Mi interior se contrajo alrededor de ellos al instante. Eran más delgados que los de un hombre, pero se movían de una manera… inteligente. Doblegaban, buscaban. Encontraron ese punto dentro de mí que me hace ver estrellas y empezaron a frotarlo con una determinación que me dejó sin aire. Su boca seguía en mi clítoris, chupándolo ahora, sellándolo con sus labios y succionando con una fuerza que me hizo chillar.

Era demasiada sensación. La lengua, los dedos, el sonido húmedo y obsceno que salía de entre mis piernas. Empecé a mover las caderas sin control, empujando mi concha más fuerte contra su cara, pidiéndole más, rogándole que no parara. “Vas a venir, ¿verdad, mi niña?”, me dijo, y su voz vibró contra mis labios. Yo solo podía gemir como respuesta. “Voy a hacerte venir en mi boca y te vas a tragar todo tu jugo, putita”.

Esas palabras, tan sucias, en su boca, fueron el detonante. Sentí que algo se rompía dentro de mí. Un tsunami de placer que empezó en lo más hondo de mi vagina y explotó hacia afuera, sacudiendo todo mi cuerpo. Grité, creo que le grité el nombre de mi novio sin querer, pero en ese momento no importaba nada. Mis piernas temblaban violentamente, y una oleada tras otra de cosquilleos eléctricos me recorría mientras yo me retorcía bajo su boca, que no se separaba de mí, bebiendo cada gota de mi orgasmo.

Cuando por fin pude abrir los ojos, jadeando, ella se incorporó. Su barbilla y sus labios estaban brillantes, mojados de mí. Tenía una sonrisa de satisfacción de tigre. “¿Ves?”, dijo, limpiándose con el dorso de la mano. “Así es como se hace”. Se subió de nuevo al sofá y me besó. Pude saberme a mí misma en sus labios, salado y dulce a la vez, y fue increíblemente excitante.

Pero no había terminado. “Ahora es mi turno”, anunció, y empezó a quitarse el vestido. Debajo, no traía nada. Su cuerpo era esbelto, con unos pechos pequeños y firmes, y un triángulo de vello negro y bien cuidado entre sus piernas. Se recostó sobre los cojines y me abrió las piernas. “Ven, Bianka. Aprendiste conmigo, ahora enséñame a mí”.

Me deslicé hasta el piso, entre sus piernas. El olor era intenso, femenino, diferente al mío. Me acerqué con menos seguridad que ella, pero con la misma hambre. La primera lamida fue un descubrimiento. Su sabor era más fuerte, más terroso. Al principio fue raro, la textura, el olor tan cercano. Pero cuando puse mi lengua en su clítoris, que ya estaba hinchado y duro, y ella lanzó un gemido gutural y agarró mi pelo con fuerza, cualquier duda se esfumó.

Hice lo que pude, imitando lo que ella me había hecho. Lamer, chupar, concentrarme en ese botón. Metí mis dedos en ella y sentí cómo se estremecía. Era más ajustada que yo. Ella guiaba mis movimientos con sus manos en mi cabeza, empujándome más fuerte o más suave, diciéndome lo que quería. “Sí, ahí, justo ahí, no pares, zorrita, así me gusta”. Escuchar esos gemidos, saber que los estaba provocando yo, que una mujer me estaba pidiendo más, me puso más caliente que cualquier hombre lo haya logrado.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba bajo mi boca, cómo sus muslos apretaban mi cabeza. Sus gritos se hicieron más agudos, más descontrolados. “Me voy a venir, me voy a venir!”, chilló, y yo me aferré a sus caderas y no paré, acelerando mi lengua hasta que su cuerpo entero se convulsionó en un orgasmo aún más fuerte y vocal que el mío. Un chorro caliente mojó mi barbilla y mi cuello, y ella no dejó de temblar durante lo que parecieron minutos.

Nos quedamos ahí, en el piso de la sala, deshechas, cubiertas del sudor y los fluidos de la otra. El olor a sexo era pesado en el aire. Sonó su teléfono. Era mi novio. “¿Todo bien, amor?”, preguntó. Yo, todavía jadeando, con la voz ronca, le dije: “Sí, mi vida, solo estoy… viendo una película con una amiga”. Colgué y Daniela y yo nos miramos. Se rió, una risa baja y cómplice. “Tu novio es un idiota”.

Asentí, con una sonrisa que no podía contener. Mientras me levantaba para ir a limpiarme, ya estaba pensando en cuándo podría volver a quedar con ella. O con otra. Esto de probar chocha… le estaba agarrando el gusto. Y mi novio, el muy pendejo, ni en cuenta.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

La lección de Piano

anonimo

08/09/2016

La lección de Piano

La ventana

isabela

08/10/2014

La ventana

Hice que mi mejor amiga y mi esposa tuvieras sexo lésbico

anonimo

20/05/2025

Hice que mi mejor amiga y mi esposa tuvieras sexo lésbico
Scroll al inicio