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noviembre 4, 2025

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La garcha cósmica

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Che, la cosa pasó el finde pasado. Yo, con mis ganas de escapar un poco del Bolsón, me fui hasta El Hoyo, a un camping que queda cerca del río Epuyén. Un lugar re lindo, con esos arrayanes gigantes que te hacen sentir en otro mundo. Iba con la idea de desconectar, hacer un fueguito, mirar las estrellas. Nada de levante, te juro. Pero la vida, a veces, te sorprende.

Llegué y armé la carpa en un rincón, lejos de los otros campamentos. A la noche, me senté junto al fuego con un termo de mate y un libro. Ahí lo vi a él. Samuel. Se acercó a pedir fuego, con una sonrisa medio tímida. Alto, flaco, con una barba de varios días y unos ojos verdes que te traspasaban. No era mi tipo, pero tenía algo. Un aire raro, como de no pertenecer del todo a este mundo.

Hablamos un rato. Era de Buenos Aires, pero no tenía esa actitud de porteño canchero. Era más callado, con una mirada intensa que no te soltaba. Me contó que era astrónomo aficionado, que venía a la Patagonia por los cielos despejados. Yo, mientras, le miraba las manos. Largas, con venas marcadas. Me imaginé cómo se sentirían en mi piel.

En un momento, señaló el cielo. «Mirá, la Vía Láctea se ve impresionante hoy». Y era verdad. Era una de esas noches patagónicas que te dejan sin aliento, con un manto de estrellas que parece tan cerca que podés tocarlo. Nos quedamos un rato en silencio, mirando arriba. Y de repente, él dijo: «A veces siento que el universo entero está vivo, que cada estrella es un latido». Sonó re poético, pero en su boca no sonó cursi. Sonó… verdadero.

La charla se fue poniendo más intensa. Hablamos de la inmensidad del cosmos, de lo pequeños que somos, de cómo el deseo es la única fuerza que nos conecta con esa energía gigante. Yo, con cada palabra, me sentía más chiquita y más ardida al mismo tiempo. Él se acercó, y sin decir nada, me agarró la cara y me besó. Fue un beso que no era de este mundo. No era suave, no era violento. Era… cósmico. Como si toda la energía de las estrellas que estábamos mirando se concentrara en sus labios.

Me llevó a mi carpa, casi sin mediar palabra. Adentro, con la luz de la luna entrando por la tela, fue todo muy rápido. Nos sacamos la ropa, y ahí lo vi. Su pija. No era la típica pija de un tipo. Era… diferente. No te miento, che. Era más larga de lo normal, sí, pero no era eso. Era el color. Tenía un tono azulado, casi violáceo, como el cielo al anochecer. Y le brillaba. Posta, le brillaba con una luz tenue, como si tuviera polvo de estrellas incrustado. Y las venas no eran venas normales. Parecían constelaciones, líneas que se conectaban formando dibujos que no podía descifrar.

«Quiero probar otro lugar», me susurró al oído, mientras sus manos recorrían mi espalda. Yo, ya perdida, solo atiné a asentir. Sabía a lo que se refería. No era mi primera vez por ahí, pero con él sentí que iba a ser distinto.

Él se puso detrás de mí, yo apoyada en mis manos y rodillas, con el culo hacia él. Sentí la punta de esa cosa rara en mi entrada. No usó saliva, ni lubricante. Y cuando empezó a empujar, sentí un dolor que no es de este mundo. No era el dolor de una pija grande, no. Era como si me estuvieran abriendo con algo que no era de carne y hueso. Era un dolor agudo, quemante, como si me estuviera metiendo un rayo por el culo. Grité, pero el sonido se me ahogó en la garganta. Miré hacia atrás, y vi su cara. No tenía una expresión de placer, sino de concentración absoluta, como si estuviera realizando un ritual.

Y ahí fue cuando lo vi bien. Mientras me empujaba, con ese dolor que me hacía ver blanco, noté que su piel empezaba a cambiar. Le salían unas manchas luminosas, como si fueran pequeñas galaxias en sus brazos, en su pecho. Su pija, dentro de mí, parecía latir con una energía que no era humana. Cada embestida era una explosión de dolor y de una excitación tan retorcida que no puedo explicar. Era como si me estuviera culeando con el universo entero.

«Relájate, Lucia», me dijo, y su voz ya no sonaba humana. Tenía un eco, como si hablaran mil personas a la vez. «Dejá que la energía fluya». Yo, llorando de dolor, pero con el culo empujando contra él, no podía creer lo que estaba pasando. Sentía que me estaba desgarrando por dentro, pero al mismo tiempo, cada nervio de mi cuerpo estaba electrificado. Era una mezcla de agonía y éxtasis que no había sentido nunca.

Él se movía con una fuerza sobrehumana. No era el ritmo de un hombre. Era algo mecánico, perfecto, implacable. Sus manos en mis caderas no sentían como manos, sentían como garras de energía pura. Yo gemía, pero mis gemidos se mezclaban con un zumbido que venía de él, como el sonido de las estrellas chocando.

En un momento, agarró mi pelo y me levantó la cabeza, forzándome a mirar hacia arriba, a través del techo de la carpa. «Mirá», dijo. Y no sé cómo, pero pude ver a través de la lona. El cielo había cambiado. Las estrellas se movían, formando espirales, remolinos de luz. Era como si su cogida estuviera afectando la realidad misma. Sentía que mi culo era el centro del universo, y que cada embestida era un big bang en mi interior.

El dolor era insoportable, pero no quería que parara. Quería ver hasta dónde podía llegar. Quería sentirme destruida por algo que no era de este mundo. Mis gritos se convirtieron en algo así como cantos, sonidos guturales que no sabía que podía hacer. Él, mientras, murmuraba cosas en un idioma que no era de la Tierra. Palabras que sonaban a planetas naciendo y a soles muriendo.

Y entonces, lo sentí. Un cambio en su ritmo. Se puso más frenético, más caótico. Las luces en su piel brillaron con una intensidad cegadora. «¡Ahora!», gritó, con esa voz múltiple, y dio un empujón final que sentí que me partía al medio. No fue un chorro de leche lo que sentí dentro mío. Fue como una explosión de energía pura, caliente, eléctrica, que me recorrió todo el cuerpo, haciéndome temblar y convulsionar. Grité, y mi voz se perdió en el sonido del viento que de repente azotó la carpa, como si una tormenta hubiera llegado de la nada.

Él se desplomó sobre mí, y su peso ya no sentía humano. Era ligero, como si estuviera hecho de aire y luz. Nos quedamos así un rato, los dos jadeando, mientras las luces en su piel se apagaban lentamente. El dolor en mi culo era atroz, pero una paz extraña me invadió. Como si hubiera sido parte de algo más grande.

Cuando se separó de mí, me di vuelta y lo miré. Sus ojos ya no eran verdes. Eran negros, como el espacio profundo, con puntos brillantes. «Tenés que irte», me dijo, serio. «Antes de que amanezca». Yo, aturdida, asentí. Él se vistió rápido, y antes de salir de la carpa, me miró una última vez. «Nunca olvides que fuiste el canal para una fuerza ancestral».

Se fue. Yo me quedé tirada en el suelo de la carpa, con el culo palpitando y la sensación de que me habían reventado por dentro. Cuando salí al amanecer, no había rastro de él. Ni una huella, ni cenizas del fuego que había hecho. Nada.

Volví al Bolsón en silencio, manejando como un autómata. El dolor duró días. Fui al médico, con una excusa tonta, pero por suerte no había ningún desgarro grave, solo una inflamación bestial. Me recetó una crema y listo.

Ahora, cada vez que miro el cielo de noche, no puedo evitar tocarme el culo y recordar. Fue la cogida más dolorosa de mi vida, pero también la más excitante. Porque Samuel, o lo que fuera, me hizo sentir por un rato que era una con el cosmos. Y aunque no duró mucho, che, esa garcha cósmica me dejó marcada para siempre. Y sí, a veces, cuando me toco sola, pienso en esa pija violácea y brillante, y en el dolor que sentí, y me vuelvo a venir como una loca. Qué sé yo, debe ser que tengo el culo conectado a las estrellas.

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