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La Esposa y la Hija del Pastor
Estuve leyendo un relato que publicaron aquí anónimo, y me hizo recordar esta historia. La vida a veces te pone en situaciones que ni en las películas de Hollywood. Esta historia se remonta a cuando tenía 18, viviendo todavía en Maturín, en el seno de una familia super creyente. Mi viejo es pastor de la iglesia Luz del Mundo, y yo, aunque nunca comí de ese cuento, me crié entre himnos y sermones. Conocía a todo el mundo, y todo el mundo me conocía como el hijo del pastor.
En esa congregación había otro pastor, el hermano Miguel, un tipo serio, de esos que parecen que nunca se han reído en la vida. Pero el asunto no era con él, sino con su familia. Su esposa, la hermana Marisol, tendría entonces unos 40 y pico, y su hija, Emilly, que tenía 19 años como yo. Nos conocíamos de toda la vida, éramos como primos lejanos, nos criamos juntos en los pasillos de la iglesia. Emilly no era una diosa, pero tenía un cuerpito que ya empezaba a prometer. Delgada, pero con unas nalgas redonditas y unas tetas que se notaban incluso bajo los vestidos largos y modestos que usaba.
Un sábado por la tarde, mi papá me mandó a la casa del pastor Miguel a llevar unos documentos. Llegué y quien me abrió fue Emilly. «Hola, Jhonatan, pasa. Mis papás no están, fueron a una reunión de la iglesia en Caripito, creo que llegan en la noche». Me dijo eso con una sonrisa que ya conocía, esa sonrisa pícara que siempre me había lanzado. Entré y nos pusimos a ver televisión en la sala, una novela cualquiera. La casa era humilde, de esas de bloque sin frisar, con divisiones de madera y cortinas en vez de puertas.
Emilly se sentó bien cerca de mí en el sofá. Empezó con sus juegos, como siempre. Me daba pellizcos suaves en el brazo, se reía, me rozaba con su pierna. Yo, que ya para esa edad había descubierto lo que era una verga y para qué servía, le seguía el juego. Hasta que en un momento, después de una escena caliente en la novela, me pellizcó no el brazo, sino la nalga. Fue un pellizco directo, con intención. Me miró y sus ojos decían todo. «¿Y qué, Jhonatan? ¿Siempre tan serio?», me dijo, deslizando una mano por mi muslo.
Eso fue la chispa. La agarré de la cintura y la besé. Fue un beso con hambre, con lengua, de esos que te quitan el aire. Ella respondió con la misma intensidad, metiéndome la mano en el pantalón y agarrándome la verga, que ya estaba dura como una piedra. «Vamos a mi cuarto», jadeó, y me llevó de la mano. Su habitación era la típica de una chama joven, con posters de artistas en la pared, pero lo que importaba era la cama, con un colchón delgado sobre un tablón. Y la entrada, marico, era una cortina vieja de flores, nada de puerta.
Allí, sin preámbulos, nos desvestimos. Cuando se quitó la ropa, pude verla completa. Era flaquita, como dije, pero con un papo gordo, peludo, bien poblado, y unos sobacos que también tenían su bueno de vello. A algunos les puede dar cosa, pero a mí en ese momento me excitó más. Era real, era una mujer de verdad, no una niña depilada como un bebé. Se tumbó en la cama y abrió las piernas. Su concha era oscura, carnosa, y ya estaba brillante de mojada.
Me puse encima y se la metí de una. No era virgen, por suerte, así que entró sin mayor problema. Empezamos a coger, y ella era una gimnasta, marico. Se movía, gemía fuerte, me decía cosas que no esperaba de la hija del pastor. «Dame más duro, Jhonatan, sí, así, rompeme este coño». Yo, prendido, le daba con toda mi energía, agarrándole las nalgas, mordiéndole los pezones. El sonido de la cama golpeando contra la pared y sus gemidos llenaban el cuarto. Estábamos tan enfrascados que no escuchamos nada más.
Y resulta que, según supe después, la hermana Marisol, la mamá, no se había ido a Caripito. Había vuelto más temprano porque la reunión se canceló. Llegó a la casa, escuchó los gemidos, y en vez de gritar o algo, se asomó por la cortina y nos vio. Nos vio a mí, encima de su hija, dándole como un animal, con Emilly gritando de placer. Y la muy hija de puta, en vez de interrumpir, se quedó mirando un buen rato, y después se fue calladita a la cocina, como si nada.
Una hora después, más o menos, Emilly y yo salimos del cuarto, ya vestidos, sudados, pero tratando de actuar normal. Marisol estaba en la cocina, pelando papas. «Hola, mami, ¿cuándo llegaste?», preguntó Emilly, con la voz un poco ronca. «Hace rato, hija. Jhonatan, ¿quieres un refresco?». Me ofreció, con una tranquilidad que me pareció rarísima. Yo dije que no, que me tenía que ir, y me despedí.
Cuando estaba por salir por la puerta principal, Marisol me dijo: «Jhonatan, un momentico, por favor». Me llevó a un cuartito que usaban como despensa, cerrado con puerta de verdad, y ahí, en la penumbra, me soltó la bomba. «Te vi», dijo, sin rodeos. «Te vi cogiéndote a mi hija». A mí se me heló la sangre. Pensé: «Esto es el fin, mi papá se va a enterar y me mata».
Pero entonces, ella se acercó más, y yo pude ver su cara bien. No estaba enojada. Tenía los ojos brillantes, con una mezcla de morbo y curiosidad. «Ella gime bien fuerte, ¿verdad? A mí mi marido nunca me ha hecho gemir así». Se mordió el labio. «Miguel es un santo en el púlpito, pero en la cama es un peo. Rápido, aburrido, y con una verga que no da ni para empezar».
No podía creer lo que escuchaba. La hermana Marisol, la esposa del pastor, hablándome así. «Mira, Jhonatan», continuó, bajando la voz. «Yo te hago un trato. Lo que pasó con Emilly se queda entre nosotros. Yo no le digo a tu papá, no le digo a nadie. Pero…». Hizo una pausa dramática. «Pero tú tienes que darme a mí lo mismo. Tienes que cogerme a mí, y más duro que a ella. O si no, tu papá se entera de todo».
Marico, qué vaina. Mi cabeza daba vueltas. Por un lado, el miedo a que mi viejo se enterara. Por otro, la imagen de Marisol. A sus 40 y tantos, estaba buena todavía. Un poco más llena que la hija, con unas tetas grandes y un culo que se notaba incluso bajo esos vestidos anchos de la iglesia. Y el morbo, coño, el morbo de coger a la mamá justo después de haberme cogido a la hija.
«Bueno», dije, con la garganta seca. «¿Cuándo?».
Ella sonrió, una sonrisa victoriosa. «Ahora. Emilly salió a casa de una amiga, no vuelve en horas. Y Miguel está en la iglesia con tu papá, en un consejo de pastores».
Me llevó a su cuarto, el que compartía con el pastor Miguel. Allí, con la cama matrimonial y una foto de ellos en la mesita de noche, se desvistió. Su cuerpo era diferente al de Emilly. Más maduro, con estrías, pero curves que sabían a experiencia. Su concha era más oscura aún, peluda, y olía a mujer de verdad, a años de matrimonio aburrido. «¿Ves lo que tengo que aguantar?», dijo, señalando la foto con desdén.
No hizo falta más. La tumbé en la cama y me la cogi. Y ella no mentía, marico. Gemía el doble que la hija. Gritaba, maldecía, me decía cosas que hacían que mi verga se pusiera aún más dura. «Sí, así, papi, rompeme este coño que Miguel tiene abandonado». Le daba duro, por detrás, por delante, agarrándole las tetas, mordiéndole el cuello. Ella era un torbellino, se movía como una adolescente, pero con la habilidad de una mujer que sabe lo que quiere.
Después de media hora, más o menos, me vine dentro de ella, porque no tenía forro y en ese momento no me importó un carajo. Ella tuvo un orgasmo que creo que lo escucharon en la casa del vecino. Se quedó jadeando, con los ojos en blanco. «Coño, Jhonatan, nadie me había dado así nunca».
Me vestí rápido, sintiendo una mezcla de culpa, miedo y una excitación que no se me bajaba. «Estamos a mano», le dije. Ella asintió, con una sonrisa de satisfacción. «Por ahora. Quién sabe, tal vez repitamos».
Salí de esa casa temblando, marico. No podía creer lo que había pasado. En menos de dos horas, me había cogido a la hija y a la madre, en la misma casa, con el pastor y mi papá a solo unas cuadras. Y la mamá, la muy puta, resultó ser más ardida que la hija.
Al tiempo, Emilly y su familia se mudaron a otro estado, y nunca más supe de ellas. Pero esa tarde, marico, esa tarde en Maturín, me confirmó una cosa: detrás de toda esa santurronería de la iglesia, hay una lujuria escondida que, cuando sale, es más intensa que la de cualquier otro. Y yo, sin saberlo, me convertí en el desahogo secreto de la esposa y la hija del pastor. Qué vaina, ¿no?



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