octubre 31, 2025

703 Vistas

octubre 31, 2025

703 Vistas

La deuda de mi primita gorda

0
(0)

La cosa paso el domingo pasado, en la tarde. Había ido a la casa de mi tía a dejarle unos postres que me sobraron del restaurante, unos tiramisús que le encantan. Toqué el timbre y en vez de mi tía, me abrió mi prima, Valeria. La gordibuena de la familia, como le digo yo de cariño, porque no es gorda gorda, es de esas mujeres que tienen curvas en todos lados, tetas grandes, culo redondo y una cinturita que te hace querer agarrarla.

Ese día estaba en shorts y una remera ajustada, sin sostén, y se le notaban unos pezones duros que me dejaron loco al toque. «Hola Javi», me dijo con esa voz un poco ronca que tiene. «Mamá no está, fue a lo de la abuela». Yo me quedé ahí parado, con la caja de postres, sin saber que hacer. «Pasa, no te quedes en la puerta», me dijo y me abrió paso.

Entré y la casa estaba en silencio, solo se escuchaba la tele de la cocina. Puse los postres en la mesa y me senté en el sillón, un poco nervioso. Valeria se sentó frente a mí, en el puf, y se me quedó mirando con una sonrisa que ya conocía. Esa sonrisa que dice «se que me quieres comer y hoy tal vez sea el día».

Empezamos a hablar de cualquier cosa, del trabajo, de la familia, pero la tensión sexual en la sala era tan espesa que se podía cortar con cuchillo. En un momento, ella se estiró y la remera se le subió un poco, mostrando un pedacito de su panza, suave y blanca. Se me secó la boca al instante.

«¿Y tu novia?», me preguntó de la nada. «¿Qué novia?», le dije, «estoy soltero hace meses». Ella sonrió, como si esa fuera la respuesta que esperaba. «Qué raro, con lo buen mozo que estás». Esa frase me encendió. Me levanté y me senté en el puf, al lado de ella. Nuestras piernas se tocaban. Podía sentir el calor de su cuerpo.

«Valeria», le dije, mirándola directo a los ojos. «Hace años que te veo y me vuelves loco». Ella no dijo nada, solo bajo la mirada a mis labios. Eso fue toda la invitación que necesité. La besé. Fue un beso con hambre, con lengua, con dientes. Sus manos se metieron en mi pelo y las mías en su cintura, apretando esa carne suave que tanto había imaginado.

La levanté en brazos—pesa más de lo que parece, pero en el buen sentido—y la llevé a su habitación. La tiré en la cama y me subí encima, sin dejar de besarla. Mis manos le recorrían las tetas, grandes y pesadas, y ella gemía en mi boca. «Quiero chupartelas», le dije, y ella asintió, con los ojos vidriosos.

Le saqué la remera y ahí estaban, tetas inmensas, con pezones oscuros y areolas grandes. Me volvían loco. Me bajé y me puse a chupar una, mientras con la mano masajeaba la otra. Ella se arquaba, gimiendo, diciendo mi nombre. «Javi, por favor, no pares».

Después de unos minutos, bajé. Le quité los shorts y la tanga de un tirón. Y ahí estaba. Su concha. Dios mío. Era gordita, como el resto de ella. Unos labios carnosos, oscuros, peludita pero bien cuidada. Olía a mujer, a limpio, pero con ese olorcito a excitación que me puso la verga dura al instante.

Me puse entre sus piernas y le pasé la lengua de arriba a abajo. Ella gritó, agarrándose de las sábanas. «Así, Javi, ahí». Su sabor era adictivo, dulce y salado a la vez. Me metí en su huequito, chupando todo su jugo, que ya empezaba a salir. Con mis manos le abría los labios, para poder acceder mejor a su clítoris, que estaba hinchadito, pidiendo atención.

Le di con la lengua, suave al principio, después más rápido. Ella no paraba de gemir, de mover las caderas, de empujar mi cara contra su sexo. «No pares, por favor, que me vengo». Y así fue. Un temblor violento la recorrió, gritó mi nombre y sus jugos me llenaron la boca. Tragué todo, no quise perder nada.

Pero no paré. Seguí chupándola, más suave ahora, mientras se recuperaba. Al poco tiempo, ya estaba otra vez con ganas. «Otra vez, Javi, hacerme venir otra vez». Y yo obedecí. Esta vez me concentré en su clítoris, chupándolo y mordisqueándolo suavemente. Fue más rápido. En cinco minutos, estaba teniendo otro orgasmo, aún más fuerte que el primero. Gritó tan fuerte que me preocupé que los vecinos escucharan.

Después de eso, la dejé respirar. Se veía agotada, feliz. Su concha estaba roja, hinchada, brillante. Yo tenía la barba empapada de sus jugos y la verga que me latía, dura como una piedra. Ella lo notó. «¿No te la voy a chupar?», me preguntó, con voz débil. Yo negué con la cabeza. «Hoy fue solo para vos».

La razón? Mi novia—bueno, mi ex—me había terminado hace tres meses diciendo que no era suficiente en la cama. Que no la hacía venir nunca. Esto, con Valeria, era mi manera de recuperar la confianza. Quería demostrarme que sí podía hacer venir a una mujer, y vaya que lo logré.

Me vestí mientras ella seguía tirada en la cama, sonriendo. «Me debes una», me dijo, con picardía. «Ya sé, y te la voy a cobrar», le contesté.

Cuando salí de su casa, tenía una sonrisa de oreja a oreja. No me la cogí, es verdad. Pero tenerla ahí, temblando, gimiendo mi nombre, sintiendo como se venía en mi boca… eso valió más que mil cogidas. Y ahora, ella me debe una. Y yo sé exactamente como la voy a cobrar. La próxima vez, va a ser en mi cama, y le voy a dar tan duro que no va a poder caminar por una semana. Pero eso, es otra historia.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

A solas con el hermano

aliciawonders

22/06/2012

A solas con el hermano

MIS CONFESIONES

anonimo

24/10/2012

MIS CONFESIONES

sorpresas te da la vida 2

anonimo

22/11/2017

sorpresas te da la vida 2
Scroll al inicio