febrero 18, 2026

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La Confusión que Encendió Todo

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Soy Arian, y de cariño me llaman Ari, hay algo en mí que nadie conoce. Soy un hombre de veinte años, estudiante de psicología, con un rostro angelical que engaña a cualquiera. Mido apenas 1.50 metros, tengo un cuerpo femenino con caderas anchas, cintura pequeña, nalgas grandes y redondas, piernas torneadas y pies diminutos que siempre pinto de rojo, aunque me aseguro de que nadie lo note ya que siempre paro con medias. Mis senos son pequeños pero firmes, y mi piel es delicada y muy blanca. Me cuido con cremas humectantes todo el cuerpo y llevo un tratamiento hormonal en secreto. En la intimidad de mi habitación, me visto de mujer ya que en todo este tiempo me he hecho una colección de lencería, batas babydoll y más cositas de chica. Mi madre tiene una bodega en casa donde vende varios productos, y ahí fue donde todo comenzó.
Cierto día, un joven se ofreció a ayudar a mi mamá a cargar unas cosas para su bodega. Entró a mi casa cargando un saco de azúcar y otros productos. Era alto, medía aproximadamente 1.89 metros, corpulento, moreno y se veía claramente que hacía ejercicio. Se sorprendió al verme, ya que en ese momento llevaba puesto un shorts pequeño que resaltaba mis piernas torneadas y mi trasero grande y redondo. Me asusté, pero él me confundió con una chica.
-Buenos días señorita en donde dejo estas cosas
Me puse rojo de la vergüenza, hasta que mi madre llegó y le indicó dónde colocar las cosas. Y me indico pagarle.
-Arián Hijo, por favor le puedes pagar, coge de la caja chica, mientras mi madre se quedó ordenando las cosas en la bodega, y este chico y yo fuimos a la sala, donde tenía la tarea de pagarle.
Estaba muy nervioso por lo grande que era este chico.
Disculpa creí que eras una chica. Yo: No te preocupes le respondi en tono molesto. Pero yo en el fondo me sentí excitado por la confusión.
Es que vestida así te veías muy hermosa, tienes bonitas piernas… dijo con una sonrisa.
Yo lo miré molesto y fui cortante.
Cuando le pague note que tenía manos gruesas y enormes y era muy grande apenas le llegaba al pecho.
Pasó una semana de aquel incidente, cuando me dirigía a mi casa después de un día agotador en la universidad cuando estaba en el paradero escuche mi nombre. Era el estibador del otro día, quien venía en una moto. «¿Te llevo a tu casa o por lo menos te acerco?», preguntó.
«No, gracias,» respondí rápidamente.
«Déjame disculparme, no quería ofenderte al decirte esas cosas, pero…», insistió.
«No te preocupes, ya pasó,» respondí con firmeza, aunque mi corazón latía con fuerza.
«¿Te puedo ver otro día?» preguntó con esperanza.
«No, déjalo así,» respondí mientras subía al autobús.
Mientras me alejaba, miré por la ventana hacia donde estaba ese chico. Pude notar que era muy corpulento.
Una semana después, mientras regresaba de la universidad, decidí ir al centro comercial. Para mi sorpresa, me encontré nuevamente con Ismael. «Hola, Arian, ¿cómo estás? ¿Te invito un helado?» preguntó con una sonrisa encantadora.
«Aishh eres tú otra vez, que quieres…
Como te dije te invito un helado que dices en plan de amigos, quiero subsanar mi error, que dices Arian… mientras me guiñaba un ojo y me sonreía muy coqueto.
Bueno, vamos,» acepté, ya que lo sentí sincero y también curiosa por saber qué más tenía que decir.
Nos sentamos en una mesa, y mientras esperábamos el helado, noté que él miraba disimuladamente mis pechos pequeños pero firmes bajo mi polera ajustada. Comencé a ponerme nervioso. «¿Cómo te llamas?» pregunté para romper el hielo.
Ismael. Me respondió con una sonrisa coqueta.
El helado llegó y yo acomodé la servilleta sobre mis piernas con cuidado. Sentía su mirada encima desde que nos sentamos.
—Relájate —dijo Ismael con una media sonrisa—. No te voy a morder.
Levante la mirada con una expresión ligeramente ofendida. —No estoy nervioso —respondí, aunque mi voz salió más suave de lo que quería.
—¿Ah no? —respondió él sonriendo—. Entonces es mi imaginación que no me miras más de dos segundos seguidos. Le di una pequeña cucharada al helado.
— Simplemente no me gusta que me observen tanto.
—Es difícil no hacerlo —contestó Ismael con naturalidad—. Llamas la atención sin esforzarte.
Fingi indiferencia, aunque el leve rubor me delataba. Hubo un silencio breve. Yo jugueteaba con la cucharita para no mirarlo demasiado.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó.
—20
—Te ves más chico.
Le lancé una mirada con aire ligeramente engreído.
—Eso no es un halago.
—Depende de cómo lo digas —sonrió
—Yo veinticinco —dijo Ismael con esa pequeña sonrisa orgullosa—. Cinco años más de experiencia.
Arqueé una ceja, sosteniendo su mirada apenas un segundo antes de llevarme la cucharita a los labios.
—¿Experiencia en qué exactamente?
Soltó una risa baja.
—En la vida… en el trabajo… en tratar con personas complicadas.
Crucé las piernas con cuidado, despacio, consciente de cada movimiento.
—¿Insinúas que soy complicado?
—Un poco.
Incliné el mentón.
—No soy complicado. Solo selectivo.
Sus ojos bajaron un instante y luego volvieron a los míos.
—¿Selectivo con quién dejas acercarse?
—Exacto.
—Entonces me siento honrado de estar aquí.
Bajé la mirada hacia el helado, fingiendo indiferencia.
—No exageres. Solo acepté el helado.
—Sí, pero pudiste decir que no.
Guardé silencio unos segundos. Era verdad… pero no pensaba admitirlo tan fácil.
—Trabajo en almacenes y repartos —continuó él—. A veces ayudo cargando mercadería, como en la bodega de tu mamá.
Lo recorrí con la mirada sin disimular demasiado esta vez.
—Eso ya lo noté. Se nota que entrenas.
Su sonrisa cambió, más lenta.
—¿Lo notaste mucho?
Le sostuve la mirada con un gesto orgulloso.
—Es evidente.
—Me alegra que lo encuentres evidente.
Carraspée suavemente y desvié la conversación antes de que mi mente empezara a imaginar demasiado.
—Yo estudio en la universidad.
—¿Qué carrera?
—Psicología.
Alzó las cejas.
—¿En serio? —se inclinó un poco hacia mí—. Con razón siento que me analizas.
—Tal vez lo estoy haciendo.
—¿Y qué has descubierto?
Lo observé despacio, sin ocultarlo esta vez.
—Que te gusta que te miren. Que estás acostumbrado a llamar la atención… y que sabes que impones.
Sonrió satisfecho.
—¿Eso es bueno?
—Depende de cómo lo uses.
Se inclinó un poco hacia mí. Sentí su presencia más cerca, más cálida.
—¿Y contigo cómo debería usarlo?
Mi corazón empezó a latir más rápido, pero mantuve el aire digno.
—No deberías usar nada. Solo ser natural.
—Soy natural cuando te miro.
Tragué saliva. Aparté la vista apenas.
—Me miras demasiado.
—Porque me gustas.
Esa frase me recorrió la piel como una corriente suave. Levanté el mentón, fingiendo compostura.
—No sabes casi nada de mí.
—Sé que tienes veinte años. Que estudias psicología. También que finges ser frío, pero te sonrojas fácil. Que caminas como si no quisieras llamar la atención… pero todos terminan mirándote.
Sentí el calor subir por mis mejillas.
—Qué observador. Lo dije bien rojita
—Contigo sí.
Jugué con la servilleta entre mis dedos.
—¿Y tú? ¿ tienes pareja? —pregunté intentando sonar indiferente.
Me sostuvo la mirada sin titubear.
—No. Si la tuviera, no estaría aquí contigo. Vivo solo
Intenté que no se notara cuánto me afectó eso.
—Ah…
—¿Te preocupaba que alguien me reclame?
—No seas presumido —dije, cruzando las piernas con elegancia—. Solo preguntaba.
—¿Y tú? —su voz bajó ligeramente—. ¿Hay alguien?
—No.
—¿Y cómo te gustaría que fuera alguien que esté contigo?
Sonreí apenas.
—Eso es un secreto.
—Me gustan los secretos.
—No los cuento tan rápido.
—Entonces tendré que ganármelos.
Lo miré directamente.
—Eres muy seguro.
—Solo cuando algo me interesa.
Mi respiración se volvió más lenta.
—¿Y te intereso mucho?
—Más de lo que esperaba.
El silencio entre nosotros ya no era incómodo.
—No prometo nada —murmuré.
—No te estoy pidiendo promesas —respondió con calma—. Solo otra oportunidad de verte.
Sentí una pequeña sonrisa formarse en mis labios.
—Eres insistente.
—Contigo sí.
Bajé la mirada, fingiendo indiferencia.
—Tal vez… podría aceptar otro helado.
Él sonrió despacio.
—Sabía que no eras tan distante como finges.
Lo miré con ese gesto entre tímido y algo engreído.
—No te emociones.
—No me emociono… —dijo, sosteniendo mi mirada—. Pero me gusta cuando te pones así.
Y esta vez, fui yo quien no apartó los ojos primero.
—¿Y qué tipo de persona te gusta? —pregunté, intentando sonar casual.
Sonrió, pero esta vez no con picardía… sino con algo más profundo.
—Las que no son obvias. Las que tienen algo suave y fuerte al mismo tiempo. Las que parecen delicadas… pero no lo son.
Sentí que el aire se volvía más pesado.
—No soy delicado.
—No dije que lo fueras. Dije que lo pareces.
Lo miré fijo.
—Y tú pareces muy seguro.
—¿Te intimida?
Lo sostuve sin bajar la vista esta vez.
—No fácilmente.
Su sonrisa se ensanchó apenas.
—Me gusta cuando me miras así.
Aparté la vista con elegancia.
—No te emociones. Solo estoy escuchando.
—Entonces escucha esto —dijo bajando un poco la voz—. Me gustaría volver a verte. Sin que finjas que no te interesa.
Mi orgullo luchaba con lo que sentía.
—Eres muy directo.
—Y tú muy orgulloso.
Suspiré despacio.
—No soy orgulloso.
—Un poco. Te gusta que te insistan.
Lo miré con esa mezcla de timidez y desafío que no sabía ocultar.
—Tal vez… depende de quién insista.
Se inclinó apenas más cerca, sin tocarme.
—Entonces voy a seguir insistiendo.
Mi pulso estaba acelerado. Dejé la cucharita sobre la mesa y lo miré de frente.
—Eres muy seguro para alguien que dice tener experiencia.
—La experiencia me enseñó a reconocer cuando alguien también está coqueteando.
Sentí una sonrisa escaparse.
—No estoy coqueteando.
—Claro que sí.
Nos quedamos mirándonos en silencio unos segundos que parecieron más largos de lo normal.
Ismael se recostó ligeramente en la silla.
—Oye… ¿te llevo a casa después? Tengo la moto.
—Nunca he subido a una.
—Siempre hay una primera vez.
Fingi pensar, aunque la emoción ya me recorría todo el cuerpo.
—Está bien… pero maneja despacio.
Ismael sonrió con seguridad tranquila.
—Como tú digas.
Y mientras terminábamos el helado, nuestras miradas que se cruzaban ya no eran tímidas.
Eran claramente un juego que recién empezaba.
Caminamos hacia el garaje. Yo intentaba mantener la compostura, pero por dentro estaba lleno de nervios. La moto estaba ahí, imponente, casi tan grande como él.
Ismael se colocó el casco y encendió el motor. El sonido vibró en mi pecho.
—¿Listo? —me preguntó, mirándome por encima del hombro.
Tragué saliva.
—Tengo miedo. Nunca he subido a una moto como te dije.
Sonrió.
—Te va a gustar.
Se acomodó y me hizo un gesto para que subiera detrás de él. Me senté con cuidado, sintiendo el calor que irradiaba su espalda incluso a través de la camiseta.
—Abrázate a mi cuerpo si no te vas a caer —dijo con naturalidad.
Dudé apenas un segundo.
—Está bien.
Deslicé mis brazos alrededor de su cintura. Era la primera vez que abrazaba así a un hombre. Sentí la firmeza de su abdomen bajo mis manos y mi respiración se volvió más corta.
La moto arrancó con un movimiento brusco y, por instinto, me pegué más a él. Mis manos se ajustaron con fuerza, aferrándome a su cuerpo para no perder el equilibrio.
El viento empezó a golpear mi rostro mientras avanzábamos por la calle. Cada aceleración hacía que mi pecho se presionara contra su espalda. Intenté mantener las manos firmes en su cintura, pero en un bache inesperado mis dedos descendieron un poco más abajo de lo que había planeado, llegando hasta su entrepierna, agarrando fuertemente su pene erecto.
Me quedé congelado un segundo.
—Disculpa… fue el movimiento —murmuré cerca de su oído, con el rostro ardiendo.
Sentí cómo soltaba una risa suave.
—No te preocupes. Solo agárrate bien.
Su tono no era molesto. Era… tranquilo. Seguro.
Volví a subir las manos a su cintura, pero esta vez mis dedos quedaron más firmes, más conscientes de cada músculo bajo la tela. Mi mejilla rozó su espalda mientras la moto tomaba velocidad.
—¿Sigues nervioso? —preguntó alzando un poco la voz para que lo escuchara sobre el ruido del motor.
—No —mentí—. Estoy bien.
—No parece.
Me incliné un poco más hacia él.
—Concéntrate en manejar.
—Lo estoy haciendo.
Sentí cómo aceleraba ligeramente, casi como si quisiera provocarme. Instintivamente lo abracé más fuerte.
—Ismael…
—¿Sí?
—No tan rápido.
—Pensé que te iba a gustar.
—No dije que no me gustara —respondí antes de poder pensarlo.
Hubo un pequeño silencio.
—Entonces me alegra —contestó él, con una sonrisa que pude escuchar en su voz.
El viento hacía que mi ropa se pegara a mi cuerpo. Yo estaba completamente apoyado contra él ahora, sin fingir distancia. Mis manos descansaban firmes en su abdomen, y mis dedos, casi sin querer, dibujaban pequeñas presiones cuando la moto vibraba.
Sentía su respiración acompasada, segura. Yo, en cambio, estaba demasiado consciente de cada sensación.
Cuando se detuvo en un semáforo, giró apenas el rostro hacia mí.
—¿Sigues pensando que solo aceptaste el helado?
Lo miré desde atrás, todavía abrazándolo.
—No te emociones.
—Estás abrazándome muy fuerte para alguien que no se emociona.
Aflojé un poco los brazos, orgulloso.
—Es por seguridad.
—Claro.
El semáforo cambió y volvió a arrancar. Esta vez no me aparté. Me acomodé mejor contra él, apoyando el mentón cerca de su hombro.
—¿Te llevo hasta la puerta de tu casa? —preguntó.
—Hasta la esquina —respondí, manteniendo mi tono delicado—. No quiero que mi mamá haga preguntas.
—¿Y tú? ¿No haces preguntas?
Sonreí, invisible para él.
—Tal vez después.
La moto disminuyó la velocidad al acercarnos a mi calle. Cuando finalmente se detuvo. Me dejó en la esquina y, antes de que bajara del todo, giró un poco el rostro hacia mí.
—Si quieres damos otra vuelta —dijo con media sonrisa.
Yo aún tenía los brazos alrededor de su cintura.
Solté una pequeña risa nerviosa y bajé de la moto con cuidado.
—Buenas noches, Ismael.
—Buenas noches, Ari.
Esa forma de decir mi nombre me siguió hasta la puerta de mi casa.
Esa noche casi no dormí. Cada vez que cerraba los ojos recordaba esa verga gruesa que había tocado, su espalda, su voz cerca de mi oído. Me removía en la cama, inquieto, abrazando la almohada como si fuera él. Me avergonzaba admitirlo… pero también me hacía sonreír en la oscuridad, cuando por fin me dormí tuve un sueño muy caliente y desperté sudando y con ganas de más.

El viernes, salíamos más tarde de la universidad debido al fin de semana. Había mucha gente, y cuando sentí que alguien pronunciaba mi nombre desde la acera.
«Hola, ¿te llevo?» preguntó con una sonrisa que iluminó su rostro bronceado.
«¿Qué haces? ¿Ya te disculpaste?» respondí con sarcasmo, aunque en realidad estaba emocionado de verlo de nuevo.
—No vine a disculparme.
—Vine a invitarte a tomar algo.
—¿Aquí?
—En mi casa.
Lo miré con el mentón en alto.
«¿En tu casa?» pregunté, sintiendo un escalofrío de anticipación.
«Claro, ¿o tienes miedo?» desafió con una sonrisa pícara.
Sonreí con ese aire orgulloso que usaba cuando quería protegerme. —No tengo miedo.
«Está bien, pero solo un rato,» respondí, aunque sabía que quería más que eso. «Pero antes, déjame llamar a casa para avisar que voy a tardar.»
«Bueno,» aceptó, y mientras hacía la llamada, sentí una mezcla de emoción y nerviosismo.
Cuando regresé, él ya tenía el casco listo para mí.
—Pensé que dirías que no —comentó.
—Te dije que no tengo miedo.
Una vez listos, subí a la moto y no dudé en abrazarlo, sintiendo ese aroma de hombre que me excitaba tanto. Mi culo comenzó a cosquillear. Lo tomé de la cintura y, de vez en cuando, bajaba mis manos hasta su entrepierna, sintiendo cómo su verga se ponía cada vez más dura.
—Hoy no te estás quejando de la velocidad —dijo mientras arrancaba.
—Hoy estoy preparada.
—¿Para qué?
Apoyé la mejilla en su espalda.
—Para no caerme.
—O para no soltarme.
No respondí. Solo apreté un poco más los brazos alrededor de su cintura.

Cuando llegamos, me quedé un segundo mirando el edificio.
—¿Vives aquí?
—Sí. Ven.
Ismael me mostró su apartamento, que estaba muy bien arreglado.
—Ponte cómodo —dijo—. Abre la refri y tomate algo mientras me doy una ducha rápida.
—¿Puedo bañarme después? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
Me miró de una forma distinta.
«Sí, pero si quieres, podemos ducharnos juntos. Es grande, ven mira,» respondió, mostrando una ducha espaciosa. No sé de dónde saqué el valor, pero ya estaba hecho, era mi oportunidad para ver lo que me había hecho soñar todas esas noches.
—¿Ah sí? —respondí con fingida calma.
La ducha era amplia, con paredes de vidrio. Me quedé de pie junto a él, demasiado cerca. Podía sentir su respiración.
—¿Te incomoda la idea? —preguntó, bajando un poco la voz.
Lo miré desde abajo, con esa mezcla de timidez y desafío que no sabía controlar.
—No me incomoda… me sorprende que seas tan directo.
—Contigo no quiero fingir.
Silencio.
Mi corazón latía fuerte. Podía oírlo.
—Ismael…
—¿Sí?
—No quiero que pienses que soy fácil.
Su expresión se suavizó.
—No lo pienso.
—Entonces… no corras.
Se inclinó apenas, lo suficiente para que su frente casi rozara la mía.
—No estoy corriendo. Estoy caminando hacia ti.
Sentí un cosquilleo recorrerme entero. Bajé la mirada un instante y luego volví a sostener la suya.
—Eres muy seguro.
—Y tú muy provocador, aunque finjas que no.
Me crucé de brazos.
—Yo no provoco.
Sonrió.
—Claro que sí.
Mi voz salió más baja.
—Tal vez solo contigo.
El silencio que siguió ya no era nervioso. Era cargado. Intenso.
—¿Nos bañamos? —preguntó finalmente.
Respiré hondo.
—Si. – Lo dije timidamente.
No sabía exactamente qué iba a pasar. Solo sabía que estaba ahí, en su espacio, con el corazón acelerado y la piel sensible a cada centímetro de cercanía.
El vapor empezó a llenar el baño. El agua caía tibia, envolviéndonos en una neblina que hacía todo más íntimo, más cercano.
Yo estaba frente a él, desnudo, sintiendo cómo mi piel reaccionaba no solo al agua… sino a su mirada.
Ismael tenía un cuerpo firme, bien trabajado, Su verga… era gruesa y cabezona… nunca había visto una en persona, pero esta estaba muy «rica». Ya la quería tener en mi boca y muy adentro de mi culo, tragué saliva, intentando mantener la compostura.
Tomé el jabón con manos ligeramente temblorosas.
—¿Te jabono? —pregunté, tratando de que mi voz no delatara lo que sentía—. ¿Dónde quieres?
«Claro, adelante primero,» respondió con una sonrisa, y comencé a pasarle el jabón por el pecho, sintiendo cómo sus músculos se tensaban bajo mis manos. Mientras hacía esto, su verga comenzó a ponerse dura, creciendo y creciendo hasta alcanzar su máxima extensión. Llegué con el jabón hasta sus zonas púbicas, recorriendo con timidez contenida. Cada centímetro que tocaba me hacía más consciente de mí mismo, de mi respiración, de mi cuerpo reaccionando al suyo.
—No tienes que temblar —dijo suavemente.
—No estoy temblando.
Sonrió.
—Un poco.
El agua caía sobre nuestros hombros. Yo me acerqué más, lo suficiente para que nuestros cuerpos casi se tocaran por completo.
—No quiero que pienses que solo vine por esto —dije en voz baja.
Él levantó una mano y la colocó con cuidado en mi cintura.
—No lo pienso.
Sentí cómo sus dedos se afirmaban suavemente, como si me estuviera sosteniendo más que tocando.
—Me gustas, Ari.
La forma en que lo dijo me hizo levantar la mirada. No era solo deseo. Había algo más profundo.
—Tú también me gustas —confesé, apenas audible.
«Se ha puesto dura…» comenté sin poder evitarlo, sintiendo cómo mi propia excitación aumentaba.
«Sí, pero sigue pasando el jabón, que después me toca a mí, ¿dónde quieres?» respondió con voz ronca.
«Atrás,» respondí, y continué pasando mis manos por sus huevos y sus alrededores. Esa verga era hermosa, rica, con un olor de macho que me volvía loco. La tomé con ambas manos, sintiendo su calor y su dureza.
«¿Te gusta?» preguntó con una sonrisa de satisfacción.
«Sí,» respondí honestamente, sintiendo cómo mi propio pene goteaba de excitación.
Arrodíllate -ordenó, y cerré el grifo del agua, poniéndome de rodillas para tomar su descomunal penesote en mi boca por primera vez. A pesar de la humedad, se sentía muy caliente, casi quemándome los labios, pero mi deseo era más fuerte y seguí metiéndola en mi boca para saborearla. Quería morderla, pasar mi lengua de abajo hacia arriba, sintiendo esa piel áspera como papel de lija contra mi lengua, estar así toda sumisa me excitaba más.
Cuando le tocó a él pasarme el jabón, se detuvo en mis pechos pequeños pero firmes, con pezones erectos que se pusieron aún más duros bajo su toque. Los amasó y los chupó como un poseído, y yo gemí de placer, sintiendo cómo ese contacto me volvía loco. Llegó el momento de pasarme el jabón, lo hizo cadenciosamente, y cuando llegó a mi culo, con una mano abrió mis nalgas y con la otra pasó el jabón. Al llegar a mi agujero, se detuvo y un dedo se metió en él…
«¡Ahhh! ¡Qué rico!» grité, sintiendo cómo ese dedo exploraba mi interior.
«¿Te gustó?» preguntó con una sonrisa traviesa.
«Síiiiiiiiiii,» respondí sin aliento.
«¿Quieres algo más grande?» preguntó, sus ojos brillando con deseo.
«Lo que quieras, soy tuya,» respondí con confianza, sintiendo cómo mi cuerpo se entregaba completamente a él.
Me levantó en peso, me secó con una toalla grande y me depositó sobre la cama, mi cuerpo se hundió en el colchón, pero sus manos no me soltaron.
—Dios, eres perfecta —murmuró, sus ojos devorando mis pezones, ya duros y erectos. Sin esperar respuesta, bajó la cabeza y capturó uno entre sus labios, su lengua girando alrededor de la punta antes de succionar con fuerza.
—¡Ayyyy, Ismael! —grité, mi espalda arqueándose fuera de la cama. Sus dientes rozaron mi piel sensible, y un dolor placentero se mezcló con el calor que ya me consumía. Sus manos no se quedaron quietas: una masajeaba mi otro seno, pellizcando y amasando, estaba completamente expuesta ante él, mis muslos temblorosos y mi anito palpitante. Ismael se tomó un momento para admirarme, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, desde mis pies pintados de rojo hasta el rubor que teñía mis mejillas.
—Eres mía, Ari —declaró, su voz un growl animal—. Y voy a hacerte sentir como la mujer que eres.
No tuve tiempo de responder. Sus dedos se hundieron en la carne suave de mis muslos, separándolos con firmeza antes de arrodillarse frente a mí. El primer contacto de su lengua contra mi sexo me hizo jadear, mis caderas levantándose instintivamente hacia su boca. Ismael no se contuvo: lamió, succionó, mordisqueó, sus labios y su lengua trabajando en conjunto para llevarme al borde en cuestión de segundos. Mis gemidos llenaron la habitación, mezclándose con los sonidos húmedos de su boca devorándome.
—¡Por favor, por favor, no pares! —supliqué, mis manos enredándose en su cabello corto, empujando su cabeza con más fuerza contra mí. Sentía cómo el orgasmo se acercaba, una ola de placer que amenazaba con arrastrarme.
Pero entonces, justo cuando estaba a punto de caer, Ismael se detuvo. Se levantó, sus labios brillantes con mis fluidos, y se desabrochó los jeans con movimientos urgentes. Su miembro saltó libre, grueso y largo, la punta ya húmeda. Lo vi con una mezcla de miedo y deseo, sabiendo que iba a doler, pero necesitándolo más que el aire.
Me besaba los labios, sacaba mi lengua para morderla, y yo era feliz, estaba siendo tratado como una mujer, algo que siempre había deseado en secreto. Era sentir ese aliento de macho, esa fuerza de un hombre excitado y, sobre todo, esa verga que parecía no tener fin.
Me volteó y me levantó el culo, abriendo mis nalgas para colocar su boca en mi agujero. «Lo tienes muy caliente, pero está rico,» murmuró, y yo gemí de placer.
—Te voy a hacer mía, mi amor —prometió, su voz áspera mientras abría mis carnosas nalgas, me escupió en el agujero.
Antes de que pudiera responder, sentí la presión de su glandé contra mi entrada. Ismael empujó lentamente, pero con firmeza, estirándome, llenándome de una manera que nunca antes había experimentado, me la clavó hasta el fondo. «¡Ay! ¡Ay! ¡Detente! ¡Duele!» grité, sintiendo cómo me estiraba para acomodar su enorme tamaño. El dolor se mezcló con un placer tan intenso que mis uñas se clavaron en sus hombros, dejando marcas rojas en su piel.

—¡Ayyyy, amor, me rompes! —gemí, mi voz quebrada entre el dolor y el éxtasis. Ismael no se detuvo. Sus caderas comenzaron a moverse en un ritmo constante, cada embestida llevándolo más profundo dentro de mí.
—Eres mía, Ari —repitió, sus manos agarrando mis caderas con fuerza, levantándome ligeramente para cambiar el ángulo y golpear ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas—. Nadie más te va a tocar así. Nadie más te va a hacer sentir como yo.
—¡Sí, sí, solo tú! —grité, mis muslos temblando alrededor de su cintura mientras el placer se acumulaba en mi vientre, amenazando con explotar—. ¡Te amo, Ismael, te amo!
Sus movimientos se volvieron más urgentes, más salvajes. Cada vez que se hundía en mí, cada vez que salía o entraba, sentía cómo raspaba mi interior con esa verga dura, caliente, venosa y gruesa. Era increíble, tal como lo había soñado… mi culo se sentía lleno y satisfecho. «¡Ay! ¡Ismael! ¡Te amo, mi amor! ¡Hazme tu mujer! ¡Te amo mucho!» grité, sintiendo cómo el dolor se convertía en un placer intenso.
Sí, mi chiquita—respondió, aumentando el ritmo de sus embestidas. enviando olas de placer que me dejaban sin aliento. Podía sentir cómo su miembro se ensanchaba dentro de mí, cómo cada embestida lo llevaba más cerca del borde.
No podía parar, mi culo seguía comiendo esa verga rasposa, y me levantó, poniéndome de espaldas con las piernas levantadas hasta sus hombros, dejando mi agujero libre para él. «Ahora sí te van a entrar hasta los huevos,» prometió, y de un golpe, la metió hasta el fondo.
«¡Qué rico! ¡Rico!» gemí, sintiendo cómo me llenaba por completo.
«¿Ahora ya soy tuya? ¿No me vas a dejar nunca? ¿Vas a ser mi marido?» pregunté, desesperado por confirmar nuestra conexión.
«Sí, mi chiquita,» respondió, y comencé a gritar de éxtasis.
«¡Me vengo! ¡Me vengo!» grité, sintiendo cómo mi orgasmo se acercaba.
—Vente conmigo, mi vida —ordenó, su voz un gruñido—. Quiero sentirte apretarme cuando te llené de mi semen.
Esas palabras fueron mi perdición. Mi cuerpo se tensó, mis paredes internas contrayéndose alrededor de él mientras un orgasmo devastador me atravesaba. Grité su nombre, mis uñas dibujando líneas rojas en su espalda mientras mi sexo se inundaba con mi propia liberación. Ismael no se quedó atrás: con un último empujón profundo, se enterró en mí hasta el fondo, empezó a eyacular, lo sentí dentro de mí, caliente y viscoso. «¡Preñame, mi amor! ¡Quiero un hijo tuyo, mi vida!» grité, sintiendo cómo su semen llenaba mi culo marcándome por dentro.
—¡Te amo, Ari! —rugió, su cuerpo temblando sobre el mío mientras vaciaba cada gota dentro de mí—. Eres mía, joder. Mía.
Collapsé sobre la cama, jadeando, con sus brazos aún rodeándome, su miembro aún palpitante dentro de mí. Podía sentir su semen escapando, resbalando entre mis nalgas, marcándome de una manera que iba más allá de lo físico. Ismael se inclinó y capturó mis labios en un beso lento y posesivo, saboreando mis gemidos mientras sus manos acariciaban mi cuerpo, como si quisiera memorizar cada curva.
—Y yo a ti, Ismael —susurré contra sus labios, sintiendo cómo, en ese momento, algo dentro de mí cambiaba para siempre—. Soy tuya. Para siempre.

Y toda la noche me lo empujó y empujó hasta quedar dormidos, abrazados, con mi culo bien preñado con su leche que me escurría entre las piernas. Sabía que mi vida había cambiado para siempre, y que Ismael sería parte de ella, no solo como amante, sino como el hombre que finalmente me había ayudado a aceptarme a mí mismo como realmente era.

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