La cola de gasolina con Cheo
Hola, amores soy Betzabeth. ¿Listos para que les cuente algo que pasó? Es una vaina bien buena, así que ponte cómodo.
Aquí en Venezuela ya tú sabes cómo es la cosa. Para todo hay cola, y la gasolina no se salva. La bomba de la Vespa, aqu+i en Maturín, es un peo siempre. Parece que aunque se vaya uno, el problema se queda, ¿no? Bueno.
El caso es que mi vecino, José Gregorio, pero todos le dicen Cheo, me dijo que iba a hacer la cola. Como a mí no me tocaba salir, me aburría en la casa. «¿Me llevas?» le pregunté. «Para hacerte compañía.» Él es un tipo de unos 35 años, casado, pero desde chiquitos nos conocemos. Jugábamos en la misma calle.
Cheo dudó un segundo, pero dijo que sí. «Pero la cola está larga, eh. Te vas a aburrir.»
«No me importa,» le dije. Me puse un shortsito bien corto, una camiseta ajustada sin brasier, y unas cholas. Nada más. Me vi en el espejo y sonreí. Sabía lo que estaba haciendo.
Salimos. En el carro, el calor era brutal. El aire acondicionado no funcionaba bien. Cheo manejaba, y yo me senté a su lado. Se le notaba la mirada de reojo, tratando de no ver mis piernas. Yo me acomodaba, estiraba las piernas, y cada vez que lo hacía el shorts se me subía un poco más.
La cola era eterna. Como cien carros delante de nosotros. Cheo se rascó la cabeza. «Esto va para rato.»
«Pon algo,» le dije. «Una película o algo.»
Él prendió la pantalla que tiene en el carro. Empezó a buscar. «¿Qué queremos ver?»
«Algo que nos entretenga,» le dije, con una sonrisa que él no vio.
Puso ‘Amigos con Beneficios’. Yo la había visto, pero no le dije nada. La cosa empezó. Esa escena al principio, la de Justin Timberlake y Mila Kunis en la oficina, ya me puso a pensar. Cheo se reía nervioso. Yo me fijé en sus manos en el volante. Grandes, con venas marcadas.
La película siguió. La tensión en el carro se puso espesa. No hablábamos, solo mirábamos la pantalla. En una de las escenas calientes, yo me moví un poco en el asiento. «Hace calor, ¿no?» dije.
«Sí,» dijo él. «Un bochorno.»
Me quité un poco la camiseta del pecho, como para ventilarme. Se me marcaron los pezones bajo la tela. Fina. Cheo tosió y miró para otro lado, pero su mirada volvió rápido a la pantalla.
Llegó la escena del hotel. La que es bien fuerte. Mila Kunis en la cama, Justin Timberlake encima. Los gemidos salían de los parlantes del carro. Yo respiré hondo. Podía sentir mi propia humedad. Me miré las manos, luego lo miré a él. Cheo tenía la mandíbula apretada.
«Esa escena está buena,» dije, como si nada.
Él asintió, sin poder hablar.
El aire estaba lleno de electricidad. Los dos sabíamos lo que estaba pasando, pero nadie decía nada. En la pantalla, ella se movía, él le daba duro. Yo bajé la mano y me la puse en el muslo, cerca de la entrepierna. No me toqué, solo la dejé ahí. Cheo vio el movimiento.
La cola no avanzaba. Éramos un punto fijo en el caos de la bomba. Afuera, gente gritando, pitando, el sol pegando duro.
«Cheo,» le dije, suave.
Él volteó a verme. «¿Qué?»
«Tengo calor de verdad.»
Él no supo qué decir. Yo me acerqué un poco a él. «¿Tú no?»
«Bastante,» dijo, y su voz sonó ronca.
Miré hacia abajo, a su entrepierna. Se le notaba el bulto. Grande. Se le marcaba en el pantalón.
«Veo que a ti también te gustó la película,» dije, señalando con la mirada.
Él se puso colorado, pero no se cubrió. «Es que… es fuerte.»
«¿Quieres que te ayude con eso?» le pregunté, directo. No había tiempo para rodeos.
Cheo me miró, con los ojos bien abiertos. «¿Aquí? Pero si… estamos en la cola.»
«Y nadie nos ve. Las ventanas están polarizadas. Además, con este desorden, a nadie le importa lo que hagamos.»
Él tragó saliva. Podía ver cómo le latía una vena en el cuello.
«Bueno,» dijo al final. «Pero rápido.»
Eso fue todo lo que necesité. Me desabroché el cinturón de seguridad y me bajé del asiento. Me arrodillé en el piso del carro, entre sus piernas y el asiento del copiloto. El espacio era estrecho, pero yo soy pequeña.
Cheo se bajó el cierre de su pantalón. Se lo bajó junto con el calzoncillo. Y ahí salió. Su verga. Marica, era hermosa. Morena como él, gruesa, larga, con la cabeza bien rosada. Ya estaba completamente dura, palpitando. Olía a hombre, a calor, a día de trabajo.
La miré por un segundo, admirándola. Luego la agarré con la mano. Estaba caliente, casi ardiente. Él gimió bajito.
«Quieta,» le dije. «Déjame a mí.»
Y me la llevé a la boca. Toda. La sensación fue increíble. Llenaba mi boca por completo. La sabía a limpio, a salado, a puro Cheo. Empecé a chupar, moviendo la cabeza adelante y atrás, usando la lengua en la parte de abajo de la cabeza.
«Coño, Betza,» dijo él, y me puso una mano en la cabeza, no para empujar, sino como para asegurarse de que era real.
Yo aceleré. Chupaba como si no hubiera un mañana. Con la mano libre, le masajeé los huevos, que estaban apretados y peludos. Él gemía, tratando de no hacer ruido, pero los sonidos se le escapaban.
En la pantalla, la película seguía, pero ya nadie la veía. Los gemidos de la actriz se mezclaban con los de Cheo. Yo me sentía poderosa, cachonda, viva. Cada vez que me la metía hasta la garganta, sentía un cosquilleo en mi propio clítoris. Yo estaba mojada, podía sentirlo en mis panties.
«Me voy a venir,» dijo él, apretando mi cabeza. «Te aviso.»
Yo saqué su verga de mi boca por un segundo. «No. Avísame cuando ya no puedas más.»
Y me la volví a meter. Más rápido ahora. Una mano en la base, la otra en sus huevos. Mi boca no paraba. Él empezó a mover las caderas, empujando hacia arriba, metiéndosela más profundo en mi garganta. Me encantó.
«Ya… ya no puedo,» jadeó. «Betza, ya.»
Yo no paré. Seguí chupando, mirándolo a los ojos. Él me agarró del pelo y apretó. Su cuerpo se tensó todo. Con un gruñido que sonó más a dolor que a placer, se vino. Sentí el chorro caliente en mi lengua, espeso, salado. Siguieron más, llenándome la boca. Yo seguí moviendo la cabeza, tomando todo, hasta que sentí que su verga dejó de palpitar.
Me la saqué de la boca lentamente. Estaba brillante, con mi saliva y su leche. Respiré hondo. Él estaba recostado en el asiento, con los ojos cerrados, jadeando como si hubiera corrido un maratón.
Yo me senté de nuevo en mi asiento, me limpié la boca con el dorso de la mano. El sabor de él todavía estaba ahí.
Cheo abrió los ojos. Me miró. No dijo nada por un momento. Luego, «Eso fue… increíble.»
Yo sonreí. «Lo sé.»
Se subió el pantalón, todavía sin poder creerlo. Afuera, la cola había avanzado un poco. Ya éramos como diez carros más cerca.
«Tenemos que hacer esto otra vez,» dijo él, arrancando el carro para avanzar unos metros. «Pero en un lugar mejor.»
«Claro,» le dije. «Cuando quieras.»
El resto de la cola pasó rápido. Ya no había tensión, solo una complicidad nueva y caliente. Cuando por fin le echaron la gasolina, él pagó y nos fuimos.
En el camino de regreso, puso su mano en mi muslo. «¿En serio podemos quedar?»
«En serio,» le dije. «Tú me mandas un mensaje cuando puedas. Y sin la esposa cerca, ¿okey?»
Él asintió. «Eso está claro.»
Me dejó en la puerta de mi casa. Antes de bajarme, me acerqué y le di un beso en la mejilla. «Cuídate, Cheo.»
Él me agarró de la mano. «Gracias, Betza. De verdad.»
Entré a mi casa, con las piernas todavía temblorosas. Me fui directo al baño, me miré en el espejo. Tenía los labios hinchados, los ojos brillantes. Me bajé los panties. Estaban empapados. Me senté en el borde de la bañera y me toqué, pensando en su verga en mi boca, en su sabor, en su cara cuando se vino. Me vine en menos de un minuto, gritando su nombre en silencio.
Y así fue. Una tarde cualquiera, en una cola de gasolina interminable, terminé mamándosela a mi vecino. Y lo mejor de todo es que esto solo fue el comienzo. Porque desde entonces, Cheo me escribe casi todos los días. Y yo, que soy dulce, traviesa y cachonda, siempre tengo una idea nueva para él. La próxima vez, prometo, será más largo. Y sin ropa.


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