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Anónimo

marzo 23, 2021

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"La Chiquita"

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Había sido un día triunfante para el sol de verano. A pesar de ser casi el crepúsculo, el pavimento, el aire, el carro,… todo permanecía ardiente como comal. La sed era ya añeja y ya no se contentaba con agua o refresco de ningún sabor o variante. Cuando entré al bar sentí calosfríos por la frescura. Estaba encandilado por el sol de afuera, de modo que mis pupilas difícilmente distinguían con claridad en la media luz del recinto. Escuché las voces femeninas del corrillo que estaba hacia unas de las esquinas del galerón; olí su perfume escandaloso que en automático, evocando otros momentos, hizo que la sangre se agolpara en mi verga, provocando un agradable cosquilleo.

Me senté junto a la barra y pedí un agua mineral preparada. Las muchachas, después de secretearse, se acercaron a saludar. Una a una acudió a la barra exhibiendo sus mejores cualidades y me saludó de beso en la mejilla. “¿A cuál le digo que te acompañe?”, preguntó el barman. Pero yo no quise comprometerme; le dije que me esperara en que se me apagaba la sed.

Al rato le pregunté a cuál me recomendaba. A algunas ya las conocía; había dos o tres que no. Una de ellas, treintona de amplio caderas me llamó la atención. Le pregunté al barman sobre ella, y éste sonrió con desdén.  “¡Uhhhm, qué te diré,…!” Yo entendí el mensaje sin más palabras. Por lo que cambié mi pregunta: “¿a quién me recomiendas?”, le pregunté.

Me recomendó a La Chiquita. Y bien que le quedaba el apodo: chaparrita, delgadita, güera, bien acinturadita aunque francamente con los pezones casi pegados a los huesos. De unos 27 años, mamá de un hijo, según me contó. Era de charla amena, se dejaba manosear sin hacerse la payasa. Después de un trago, acordamos el precio y las condiciones: si bien la penetración sería con condón, la mamada sería a pelo.

En el cuarto se empezó a desvestir. Le pedí que se dejara la tanga y los tacones. La puse en cuatro en la orilla de la cama y le empecé restregar mi verga en sus nalgas, desde la panocha hasta el culito. Ella que sabe hacer bien su trabajo fingía gemidos para que yo me calentara más.

Cuando sintió que estaba en riesgo de que se lo dejara ir de un empujón, y sin condón, se dio la vuelta y se sentó en la cama de frente a mí. Agarró mi verga ya parada y sin recelo le empezó a dar de ricas mamadas a la vez que me la chaqueteaba. Yo la dejé que exhibiera sus mejores artes; luego, se la empecé a empujar más a fondo, moviéndome como si la estuviera cogiendo, pero ella no permitió que se le fuera toda, sino que hábil y sutilmente la ministraba con la mano, de modo que nunca me dejó que le metiera más de la mitad (y eso que mi verga no es grande, apenas normal diría yo).

En cierto punto, en que sentí que estaba cercano a venirme, sutilmente la empujé con la mano para hacerle saber que parara. Ella me miró pícara a los ojos; extrajo el condón de su bolsa, le dio un par más de mamaditas a mi verga para que estuviera bien parada, y le puso el condón. “¿Cómo me pongo?” preguntó. Yo la empujé sutilmente sobre la cama, quedando frente a mí ya con las piernas abiertas. Le quité la tanga y le acaricié los labios vaginales, que eran pequeños y bien proporcionados. Su puchita estaba rasurada por completo; al separarle los labios con mis dedos, para mi sorpresa, me di cuenta de que estaba bien mojada. Eso me excitó aún más.

Le puse la verga en la entrada con suavidad, pero, intencionalmente, se lo dejé ir de un solo empujón, en tanto observaba su cara para ver que gestos hacía. Dio un gritito, pero no me empujó para que me saliera ni dijo más, por lo que empecé a bombear a mi gusto. En cierto punto, me llevé sus piernas a mis hombros, de modo que podía besarle los tobillos y las pantorrillas en tanto se lo metía a mi gusto. Cuando sentí que me aproximaba a eyacular, cambié de posición en tanto me distraía.

Me eché de espaldas en la cama. Ella se puso en cuclillas encima de mí y de un solo tirón se la dejó ir hasta el fondo. A principio estuvo sostenida sobre sus piernas, dándose sentonazos. Después se apoyó sobre mí, haciendo movimientos circulares en tanto mantenía mi verga metida, de modo que sus labios vaginales me acariciaban las bolas. Yo le pellizcaba los pezones a ratos, lo mismo, le daba nalgadas ruidosas. Me mojé el dedo medio en los jugos que escurrían de su puchita hasta la base de mi verga, y le empecé a acariciar el chiquito. Ella no dijo nada por lo que consideré la posibilidad de que se lo dejaría romper.

En tanto, ella tuvo (o fingió) un gran orgasmo montada sobre mí. Agarrotó sus piernas sobre mi cintura y sus manos sobre mi pecho, gimiendo y con la respiración entrecortada. Yo la nalgueé con más fuerza y le di embestidas profundas, sosteniéndosela hasta el fondo momentáneamente, en tanto contraía los músculos pélvicos para lograr una mayor erección y que ella lo disfrutara al máximo. Aproveché para meterle la puntita del dedo en su culito, lo cual aceleró su orgasmo. Habiéndose relajado ella y yo hecho lo imposible por no venirme, continúe con mi tarde de diversión.

La puse en cuatro estando los dos arriba de la cama, y la abrí bien de piernas, de modo que su puchita rosada y escurriendo estaba a mi merced. Nuevamente se lo dejé ir sin tientos. Ella empezó a gemir y a empujarse con fuerza contra mí para que se le fuera más adentro, a la vez que con su mano me arañaba los huevos, para que yo acabara de una vez por todas.

Pero yo me sé ministrar; cuando sentí que ya me venía, se lo saqué. Para distraerme se lo pasee por la raya, desde el clítoris hasta el ojito de su culo, de color rosado, ya bien lubricado y entreabierto como resultado del trabajo de mi dedo travieso. Le seguía masajeando el hoyito con los dedos. Metí la punta del pulgar y no dijo nada, pero cuando le puse la punta de la verga en la entrada y le empujé, ella se echó hacia delante, evitando hábilmente la estocada. Entonces fue cuando me dijo claramente que por ahí no.

Eché mano de todas mis mañas para que accediera, pues en verdad ya me había mentalizado a romperle ese culito rosado. Le dije que no le iba a doler, que se lo haría con mucho cuidado, que nomás la puntita, que al cabo yo no tenía tan grande la verga y que era por su bien para amansarlo para cuando se lo rompiera uno bien vergudo ella ya no sufriera,…, que le daría una buena propina,… pero ella nunca accedió. En cierto punto, sabiendo que yo la llevaba de perder, le dije “o por el culito o me los sacas a mamadas”, si bien en realidad no esperaba sino otra negación y ya estaba preparado para aceptarla. Para mi sorpresa, dijo que mejor me lo mamaba.

Me puse de pie y me quité el condón, dejando mi verga escurriendo, amoratada de tanta excitación y por tanto mete y saca. Ella se puso en cuclillas en el piso frente de mí. Ni siquiera limpió mi verga, sino que así como estaba se la empezó a engullir y a mamar con maestría, y con ganas de que yo ya terminara de una vez por todas.

No tardé mucho. Le dije que me arañara los huevos. Así lo hizo en tanto me la seguía mamando. En cierto punto, me dejé ir. Creí que se iba a quitar al sentir el primer disparo, pero por el contrario, me araño con más fuerza los huevos en tanto se contraían chorro tras chorro, y con la otra mano me chaqueteó frenética la base de la verga, pero conservaba en su boca la punta y un buen trozo. Al chupar con fuerza la cabeza de mi verga, como si lo hiciera con un dulce, viéndome a los ojos, me hizo sentir tan intenso que casi estuve a punto de pedirle que parara, pero la imagen de esa hermosa boquita aprisionando mi verga era tan erótica que sería un pecado evitarlo.

Ella no soltó mi verga hasta succionarle hasta la última gota de leche; a pesar de que seguían los espasmos de mis pelotas, ya nada salía. Supuse que ella correría al baño a escupir la leche que llevaba en la boca y a enjuagarse; pero no, se la tragó todita y sin hacer gestos de asco, sino sonriendo y mirándome a los ojos, con cara de la puta que sabía que yo esperaba fuera para mí.  

Le agradecí el buen momento y le di una buena propina. Nos vestimos sin prisa, platicando de cualquier cosa excepto de la buena cogida que nos acabábamos de dar. Bajamos juntos al bar, pero yo ya no me quedé a seguir la juerga en parte porque el dichoso bar es muy caro y en parte por no hacer tarde. Le dije que otro día la buscaría, para coger de nuevo. Tardé semanas en regresar (pues el dinero no crece en los árboles) con la intención de repetir con ella. Pero ella ya no estaba, y yo no pregunté más, así es su trabajo.

Hasta la fecha no he sabido de ella. Como sea, a menudo la recuerdo y a veces, como en este momento, me hago una buena chaqueta a su salud, recordando una de las mejores mamadas que me han dado en mi vida.

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2 respuestas

  1. nindery

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