
Por
Me cogí a mi suegro, ando desatada!
¡Ay, niños! ¡No me van a creer lo que me pasó! Les juro que todavía tengo las piernas temblando y la entrepierna… ¡uf, mejor ni les cuento! Pero es que no pude evitarlo, ¡estaba tan caliente que parecía motor de mototaxi en verano!
Resulta que mi enamorado, mi bebecito lindo, se fue anoche a las pichangas con sus patas. «Me voy, mi amor», me dijo con esa vozarrita que me derrite, y yo ahí, toda inocente, le di un besito y le dije que se cuidara. Pero en cuanto cerró la puerta… ¡zas! Se me vino a la mente la imagen de mi suegro. Sí, ¡mi SUEGRO! El papá de mi novio, ese hombre grandote, con sus 50 y tantos años, con esas manos grandes que siempre están llenas de grasa de motor porque tiene un taller, y ese olor a hombre sudado que a mí… ay, ¡me vuelve loca!
Total que yo ahí, en la cama, revolcándome como gata en celo, no podía sacarme de la cabeza lo que pasó el fin de semana. Fue en el cumpleaños de mi cuñada, en su casa. Todos estaban en el jardín, borrachitos y bailando, y yo me metí a la cocina a buscar más hielo. Y ahí estaba él, mi suegro, solo, lavando unos vasos. «¿Necesita ayuda, suegrito?», le dije, y él me miró con esos ojos que parecen que te desvisten. «Déjeme, María, usted vaya a divertirse», me dijo, pero yo me le acerqué y… ¡ay, no sé qué me pasó! Le pasé la mano por la espalda, muy suave, y sentí esos músculos duros bajo la camisa. Él se quedó tieso, pero no se movió. «Es que usted trabaja mucho, deje que lo ayude», le susurré casi en el oído, y mi aliento le debe haber llegado calientito porque vi cómo se le erizaba el cuello.
En la cocina, con el ruido de la fiesta afuera, se armó una tensión que se podía cortar con cuchillo. Yo me puse a secar los vasos, pero cada vez que me movía, rozaba mi culo contra sus piernas. ¡Y él no se corría! Al contrario, una vez hasta me apretó suavemente contra él y yo sentí algo duro en su pantalón… ¡Dios mío! Me puse más caliente que horno de panadería. En un momento, me pasó un vaso y nuestros dedos se tocaron, y él me agarró la mano así, fuerte, y me miró fijo. «María…», dijo, con una voz ronca que no le había escuchado nunca. Yo solo atiné a sonreír, toda nerviosa, y salí corriendo de la cocina con el corazón a mil.
Pero anoche, con la casa vacía, ese recuerdo me estaba matando. ¡No aguantaba más! Me puse a dar vueltas por la casa, y de pura casualidad (o no tanto), me puse una shortsito minúsculo y una blusita sin sostén, de esas que si me inclino se ve todo. Y justo, ¡justo!, tocan el timbre. ¿Y quién era? ¡MI SUEGRO! Ay, casi me da un infarto. «María, vine a dejar unas herramientas de tu novio, se le olvidaron en mi carro», dijo. Yo, toda temblorosa, le dije que pasara.
Él entró y se quedó parado en la sala, mirándome. Yo me incliné exageradamente para tomar una botella de agua del suelo, ¡y claro!, se me debe haber visto todo el escote y quizás hasta la mitad de las tetas. Cuando me paré, él estaba más serio que juez. «María… esas pantorrillas… tienes unas pantorrillas muy lindas», me dijo, así, de la nada. ¡Yo me encendí como foco fundido! «Gracias, suegrito… a su hijo le gustan también», le contesté, bien coqueta.
Y ahí se armó. De la nada, se me acercó, me agarró de la cintura y me apretó contra él. ¡Sentí su verga dura contra mi vientre! «Yo sé que mi hijo no te satisface, María», me dijo en el oído, y su voz me recorrió toda la columna. «Yo te he visto cómo me miras.» ¡Ay, niños, me morí de vergüenza y de excitación! No pude decir nada, solo gemí cuando empezó a besarme el cuello, unos besos húmedos y calientes que me dejaron marca.
Sin pensarlo, le agarré la mano y la guié hacia mis shorts. «¿Esto es para mí?», gruñó él cuando sintió lo mojada que estaba. Asentí, no podía hablar. Me llevó casi a rastras a mi habitación, ¡a la cama que comparto con su hijo!, y me tiró sobre la cama. «Te voy a dar lo que necesitas, putita», me dijo, y yo, en vez de ofenderme, me excitó mil veces más.
Se bajó el cierre de su pantalón de trabajo y sacó su verga. ¡Era enorme! Más grande y más gruesa que la de mi enamorado, con unas venas que se le marcaban y un color moradito que me dio hasta miedo. «¿Te gusta?», me preguntó, y yo solo pude abrir la boca como pescadito. Se la empecé a chupar, ahogándome con su tamaño, babeándola toda, mientras él me agarraba del pelo y gemía. «Así, así, chúpamela como me la chupaba tu suegra antes de volverse una histérica.»
Después de un rato, me dio la vuelta y me bajó los shorts con la ropa interior de un tirón. «Qué culo más perfecto», murmuró, y me dio una nalgada que me dolió y me encantó al mismo tiempo. «Por favor, suegrito, métemela», le rogué, ya sin vergüenza. Y él, sin avisar, me la metió toda por detrás. ¡Grité! Era tan grande que sentía que me partía en dos, pero al mismo tiempo, ¡qué ricooo! Me llenaba completamente, cada empujón me hacía ver las estrellas. Me agarraba de las nalgas y me montaba con una fuerza que mi novio nunca ha tenido, cada embestida era una cachetada con amor que resonaba en el cuarto.
«¿Así te gusta, eh? ¿Te gusta que tu suegro te coja como una perra?», me decía, y yo solo gemía como loca, diciendo que sí, que por favor no parara. En un momento, me cambió de posición y me puso boca arriba, levantándome las piernas hacia los hombros. «Quiero verte la cara cuando te vengas», dijo, y empezó a bombearme más lento pero más profundo. Yo no aguantaba, le arañaba la espalda y le mordía los hombros, que sabían a sudor y a hombre de verdad.
«Me voy a venir, suegrito», grité, y él, en vez de parar, me metió los dedos en la boca. «Chúpamelos, puta», ordenó, y yo lo hice, saboreando mi propio gusto en sus dedos. Eso me hizo explotar. Vine tan fuerte que creí que el mundo se acababa, con convulsiones y gritos que seguro escucharon los vecinos. Él, al sentir cómo me apretaba, soltó un gruñido bestial y se vino dentro de mí, caliente y en cantidades que no sabía que un hombre podía tener.
Nos quedamos ahí, jadeando, enchastrados, en la cama de su hijo. Después de un rato, se levantó sin decir nada, se arregló y se fue. «No se lo digas a mi hijo», me dijo en la puerta, con la misma voz seria de siempre, como si nada hubiera pasado.
Y ahora, niños, aquí estoy, con el culo dolorido y la conciencia pesada, pero ¡ay, qué delicioso fue!
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