Por
Hermano mayor 2
La bata cayó al suelo con un susurro suave, un sonido que se perdió en la tensión espesa que llenaba mi cuarto. Quedé completamente desnuda frente a él, sintiendo el aire frío pegarse a mi piel pero un fuego interno quemándome por dentro. La mirada de Diego era un huracán, me recorría de arriba a abajo, deteniéndose en mis pechos, en el triángulo oscuro entre mis piernas, y luego volviendo a mis ojos. Esa mirada ya no era la de mi hermano. Era la de un hombre, un depredador, y su presa era yo.
«Ven a probarlo entonces,» le reté, y mi voz sonó más segura de lo que me sentía.
No hubo más palabras. Cruzó la habitación en dos zancadas largas. Sus manos, grandes y calientes, me agarraron de la cintura y me lanzaron sobre la cama. Cayó sobre mí, su peso familiar pero ahora con una intención completamente nueva y prohibida. Su boca encontró la mía en un beso que no era de hermano. Era salvaje, desesperado, lleno de una hambre que había estado creciendo en silencio durante semanas, quizás años. Su lengua invadió mi boca y yo le respondí con la misma ferocidad, mis uñas clavándose en su espalda a través de la camiseta.
«Toda esta puta semana he soñado con esto,» gruñó contra mis labios, mientras una de sus manos bajaba de mi cintura a mi culo, apretándolo con fuerza antes de deslizarse entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi coño, empapado y palpitante. «Joder, hermana, estás chorreando para mí.»
«Para ti, Diego,» gemí, arqueando la espalda para presionar mis pechos contra su pecho. «Solo para ti.»
Esa confesión lo volvió loco. Se separó un instante para arrancarse la camiseta, y por primera vez pude ver su torso desnudo, esos abdominales marcados, ese pecho ancho que siempre había admirado desde lejos. Y luego sus manos estaban en mis tetas, apretándolas, sus dedos rodando mis pezones hasta que se pusieron duros como piedras. Bajó la cabeza y se llevó uno a la boca, chupándolo y mordiéndolo con una intensidad que me hizo gritar.
«Chitón,» me ordenó, tapándome la boca con su mano. «¿Quieres que los vecinos se enteren de que tu hermano te está follando?»
El solo oírlo decirlo, con esa crudeza, hizo que una nueva oleada de calor me recorriera. Negué con la cabeza, mis ojos suplicándole que continuara. Él me soltó la boca y descendió por mi cuerpo, dejando un rastro de besos y mordiscos suaves por mi vientre hasta llegar a mi entrepierna. Separó mis muslos con sus manos, sin suavidad, y se quedó mirando mi coño, abierto y tembloroso para él.
«Es más bonito de lo que me imaginaba,» murmuró, y antes de que pudiera responder, su boca estaba sobre mí.
Su lengua era un látigo de fuego. Lamió, chupó, mordisqueó mis labios, se enfocó en mi clítoris hasta que mis piernas temblaron sin control. Gemía y retorcía las sábanas, completamente perdida en la sensación de la boca de mi hermano en mi sexo. Era mejor de lo que había soñado, más sucio, más intenso. Sabía exactamente cómo moverse, qué presión usar, como si llevara toda la vida estudiando mi cuerpo para este momento.
«Diego, por favor,» supliqué, jalándolo del pelo. «Necesito tu verga. Ahora.»
Se levantó, con la boca brillante por mis jugos, y se desabrochó el cinturón. Sus ojos no se separaban de los míos mientras se bajaba el pantalón y los calzoncillos. Y ahí estaba. Su polla, la misma que había visto en la foto, pero ahora en persona, imponente, gruesa, con las venas marcadas y la cabeza morada, goteando. Era hermosa y aterradora.
«¿Estás segura?» preguntó, su voz ronca por el deseo. «No hay vuelta atrás después de esto.»
En vez de responder, me abrí de piernas aún más, ofreciéndome. «Fóllame, Diego. Demuéstrame que no eres solo mi hermano.»
Esa fue la chispa final. Se posicionó entre mis piernas y, con una mano, guió la punta de su verga a mi entrada. Me miró fijamente, buscando cualquier señal de arrepentimiento, y al no encontrar ninguna, empujó.
Un grito ahogado se escapó de mis labios. Era grande, mucho más grande de lo que había imaginado, y llenaba cada centímetro de mí. El dolor inicial se mezcló con un placer tan profundo que me dejó sin aliento. Se quedó quieto un momento, permitiéndome acostumbrarme a su tamaño, a la sensación de tenerlo dentro.
«¿Estás bien?» susurró, con un dejo de preocupación en su mirada de lobo hambriento.
«Así,» jadeé, moviendo mis caderas contra las suyas. «No pares.»
Esa fue la orden que necesitaba. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida una exploración, una profanación deliciosa. Pero la lentitud no duró mucho. Pronto, la bestia que llevaba dentro salió a la superficie. Agarró mis caderas con fuerza y empezó a follarme con una intensidad brutal, salvaje. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación, un ritmo obsceno y húmedo. La cama crujía protestando contra la pared con cada embestida.
«Miradita,» gemía él, sus ojos fijos en donde nuestros cuerpos se unían. «Miradita cómo te como el coño, hermana. Es todo mío.»
«¡Sí! ¡Todo tuyo!» grité, ya sin importarme quién pudiera oírnos.
Cambió de posición, poniéndome a cuatro patas. Desde atrás, su penetración fue aún más profunda. Agarró mi pelo con una mano y me lo jaló, arqueando mi espalda, mientras con la otra mano me apretaba una nalga. Me follaba como si quisiera marcar su territorio, como si quisiera borrar a cualquier otro hombre que hubiera estado antes que él.
«Este culo también quiero probarlo,» gruñó al oído, y sus palabras me electrizaron.
«Cuando quieras, papi,» gemí, empujando mi culo contra él. «Todo es tuyo.»
Esa sumisión total lo llevó al borde. Su ritmo se volvió caótico, desesperado.
«Me voy a correr,» anunció, con la voz quebrada por el esfuerzo. «Dime dónde.»
«¡Dentro!» ordené, sin dudar. «¡Quiero sentir tu leche dentro de mí!»
Un rugido gutural salió de su garganta y me penetró hasta el fondo, sosteniéndome ahí mientras sentía su verga palpitar dentro de mí, liberando chorro tras chorro caliente de su semen. La sensación fue tan intensa que me hizo venir a mí también, un orgasmo violento que me sacudió hasta los dedos de los pies, haciendo que mi cuerpo se estremeciera alrededor del suyo en una serie de espasmos interminables.
Nos derrumbamos juntos en el colchón, jadeando, cubiertos de un sudor pegajoso, oliendo a sexo y a secreto. Su cuerpo, pesado y satisfactorio, seguía encima de mí, y yo no quería que se moviera. Después de un largo rato, se separó suavemente y se dio la vuelta para mirarme.
Su mirada ya no era la del depredador, pero tampoco había vuelto a ser la del hermano. Era algo nuevo, algo posesivo y ardiente.
«Esto no puede quedar en una sola vez,» dijo, y era una declaración, no una pregunta.
Yo me limité a sonreír, una sonrisa de gata satisfecha, y tracé con el dedo el contorno de sus labios.
«Lo sé,» susurré. «Esto acaba de empezar.»
Esa noche, después de que él volviera a su cuarto, me acosté desnuda, como siempre, pero esta vez dejé la puerta abierta de par en par. Una invitación. Una promesa. Y cuando me desperté en la madrugada, con la luna bañando mi cuerpo, no necesité abrir los ojos para saber que él estaba ahí, de pie en el umbral, mirándome. Sentí su presencia, la sentí en el aire y en el leve crujido del piso. Y antes de volver a dormirme, una sonrisa se dibujó en mis labios. El piso, cerca de mi cama, estaba ligeramente húmedo y pegajoso al tacto. Había vuelto. Y yo, en mi sueño, ya estaba deseando el siguiente capítulo de nuestro juego prohibido.


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