Por

Anónimo

febrero 13, 2026

38 Vistas

febrero 13, 2026

38 Vistas

Goteando toda la noche

0
(0)

lo hago anonimo pq este antro todavía está abierto y no quiero que nadie me ubique si lee detalles.

Tenía 19, en esa etapa de salir casi todos los fines de semana con lo que tuviera a mano: amigas, ganas de bailar y poco presupuesto. Esa noche fui con una amiga a un antro de barrio que conocíamos de siempre: fachada sencilla, luces de colores que parpadean, reggaetón y cumbia a todo volumen desde parlantes potentes, pista de cemento con algunas baldosas flojas, mesas de plástico y olor a cerveza y gente divirtiéndose.

Llevaba un shortcito de jean corto, una remera ajustada que se me pegaba al cuerpo cuando sudaba y zapatillas cómodas porque bailar con tacones ahí era misión imposible. Tanga negra simple, nada fancy. Entramos, pedimos unos tragos en vasos de plástico y nos metimos directo a la pista. Bailé un rato con mi amiga, moviéndome al ritmo, riéndome, dejando que el sudor y la música me llevaran.

En un momento empecé a bailar cerca de un chico: moreno, como 23, remera sin mangas, gorra hacia atrás, tatuajes en los brazos. No era el más guapo del lugar, pero tenía esa energía que te atrae. Bailamos pegados casi sin darnos cuenta: yo de espaldas a él, moviendo las caderas contra su cuerpo, él con las manos en mi cintura bajando despacio hasta apretarme el culo. Sentí cómo se ponía duro rápido y eso me encendió al instante.

No hablamos casi. Después de unas canciones me tomó de la mano y me llevó al fondo, por un pasillo angosto que llevaba a los baños. Entramos al de hombres (el de mujeres siempre tenía fila eterna). Era un baño pequeño, con azulejos viejos, espejo algo empañado y luz tenue de un foco. La puerta no cerraba perfecto, se quedaba entreabierta un poquito, pero con la música tan fuerte nadie iba a notar nada.

Me apoyó contra la pared, me bajó el short y la tanga hasta las rodillas de un tirón. Me dio la vuelta, me puso las manos en la pared y me abrió las piernas con la rodilla. Sentí cómo se bajaba el cierre, cómo se acomodaba atrás. No usó condón (sí, lo sé, error mío). Me humedeció con saliva y me la metió despacio pero firme. Entró profundo, y solté un gemido que se perdió en el ruido del antro. Al principio dolió un poco por lo intenso, pero el calor y la excitación lo convirtieron rápido en placer.

Me folló con fuerza, agarrándome de las caderas, empujando hondo cada vez. El espejo vibraba con cada embestida, yo me veía la cara sonrojada, el pelo pegado a la frente por el sudor, mordiéndome el labio. Él me hablaba al oído entre jadeos: “qué rico te mueves… apriétame más… te voy a dejar llena”. Yo empujaba hacia atrás, sintiendo cómo me llenaba por completo. Me corrí primero, temblando entera, apretándolo tan fuerte que él no aguantó: gruñó bajito y se vino adentro casi al instante. Chorros calientes, espesos, uno tras otro, llenándome hasta que sentí que iba a desbordar. Se quedó quieto un segundo, respirando agitado contra mi cuello, y luego salió despacio.

El semen empezó a gotear al toque. Caliente, abundante, bajando por mis muslos, dejando un rastro húmedo en la piel. Intenté apretar pero seguía saliendo, un hilito grueso que llegaba hasta mis rodillas. Me limpié lo mejor que pude con papel higiénico que había ahí (poco y áspero), pero igual me sentía chorreando. Me subí la tanga (que quedó empapada y pegajosa), me acomodé el short y salí primero, con las piernas temblando y esa sensación cálida adentro.

Volví a la pista como si nada. La música seguía fuerte, la gente apretada bailando, nadie se daba cuenta. Pero cada paso sentía cómo goteaba más: un chorrito caliente bajando por el interior del muslo, pegándose a la piel, a veces mojando el borde del short. Bailé un rato más, moviéndome despacio para no hacer que saliera todo de golpe, pero era inevitable. En un momento me senté en uno de los bancos de plástico al lado de la pista, crucé las piernas y sentí cómo un hilito más grueso se escapaba y manchaba el asiento debajo de mí. Me quedé ahí unos minutos, apretando los músculos, pero solo lograba que el cosquilleo subiera otra vez.

Después me apoyé en una pared cerca de la barra y seguí bailando un poco. Cada movimiento hacía que goteara, dejando manchitas húmedas en el piso o en donde me sentaba. Al final me fui con mi amiga, caminando a la parada del micro con las piernas cruzadas, sintiendo cómo seguía saliendo poquito a poco, empapándome las tangas y dejando un rastro sutil en mis muslos. En el micro me senté al fondo y abrí un poquito las piernas; el asiento quedó con una mancha oscura que espero que nadie haya notado en la penumbra.

Llegué a casa, me metí al baño, me quité todo y vi cómo todavía salía un hilo blanco y espeso cuando me agachaba. Me masturbé pensando en cómo me había follado en ese baño del antro, en cómo dejé bancos y piso con rastros de su semen sin que nadie supiera, y me corrí otra vez mirando el desastre entre mis piernas.

Nunca volví a ese lugar específico, pero cada vez que escucho reggaetón viejo o huelo a cerveza en una noche de barrio, me acuerdo de esa noche y me mojo sola. Fue intenso, sucio y excitante de una forma que no esperaba.

Al dia siguiente y cada que paso por ahi me da poquito de vergüenza la verdad…

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

Basto con una broma.

anonimo

28/06/2017

Basto con una broma.

Clavada ya no hay vuelta atras.

anonimo

21/03/2024

Clavada ya no hay vuelta atras.

Más puta que nunca.

dobletentacion

13/08/2010

Más puta que nunca.
Scroll al inicio