Por

Anónimo

septiembre 5, 2016

2377 Vistas

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Geyviss

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   Era común que cuando el verano se acercaba, un calor exuberante inundara la ciudad. Sin embargo, estaba acostumbrado a ello. Por lo que acomodaba lo más fresco a la mano, y decidía no usar ropa interior, puesto que me era un tanto desagradable tener mal olor en la entrepierna. Odio, detesto tener algún mal olor en mi cuerpo.

    Dejé mi ropa interior sobre la cómoda y coloqué mi ropa en la cama. Tomé una toalla y caminé al baño, donde quizás me esperaba el agua más helada de esta tierra. Aun así abrí el grifo cuando entré a la tina de mármol. Tal vez un buen baño de agua fría me ayudaría para calmar el calor que desde muy temprano estaba aguantando. Examiné mis 18 centímetros entre las piernas. Debía rasurarlo. Por lo que tomé la Gillette mientras untaba algo de jabón en los vellos nacientes. Y pasé la hoja. Una pequeña capa de vello rubio desapareció y minutos después mi amigo se veía mejor, presentable.

    Cuando terminé la ducha salí. Efectivamente el agua fría me había calmado el calor. Pero había congelado mis 1.72 metros de altura por completo. Lo único que no me había calmado era la calentura que tenía desde antes. Minutos atrás examinaba una revista Porno Gay. Y de solo pensar y recordar aquellos cuerpos hacía que mi miembro empezara a tomar volumen. Cerré la puerta asegurándola con candado. Busqué las revistas en los cajones de la cómoda y las tomé. En la portada, en una hermosa foto, el Pornstar Paddy O’Brian, aparecía con la polla tiesa. Mientras una gota de semen se estiraba desde su uretra y aterrizaba en el piso. Aún desnudo mi pene se endureció a medida que lo acariciaba. Encerré mi miembro con mi mano y empecé a mover el prepucio de arriba hacia abajo, proporcionándome auto-placer. Ahí de pie, masturbándome, imaginé a Paddy O’Brian cerrando sus labios alrededor del glande e insertando la punta de su lengua a través de mi uretra succionando todo el jugo que de allí manaba. Al tiempo que otro (quizás Malachi Marx, Johnny Rapid, Pavel Novotny) insertaba su pene en mi ano haciéndome gemir de tanto placer. Esas y millones de fantasías más pasaron rápidamente, como estrella fugaz, por mi cabeza. Y fue en ese momento en que solté un chorro de semen que llegó a tocar la cómoda junto a la cama; otro solo alcanzó unos centímetros más alejados de la cómoda; otro aterrizó sobre mi pie y un último quedó tendido entre mis dedos.

   Al escuchar la puerta, guardé mis revistas. Tomé mi ropa y limpié los restos de semen. Corrí a la puerta y abrí. ¡Oh, oh! Estaba desnudo, al palo y medio excitando frente a mi papá.

   —Guau, hijo. ¿Qué hacías?

   Estaba helado de la vergüenza, del terror que me invadía por el hecho de que mi padre me miraba desnudo. Y lo que hizo a continuación me hizo bautizarlo como «El Mago»: sopló sarcásticamente hacia mi pene haciendo que en un segundo perdiera la erección en la que estaba.

   —Lo sien… Los siento, papá.

   —No te preocupes. Somos hombres. Ve y vístete. Te esperamos en la cena.

   Por un lado sus palabras me tranquilizaron. Pero por otro su mirada me preocupaba aún más.

   —Bien— dije.

   Papá desapareció y escuché sus pasos bajando las escaleras. Cerré la puerta y procedí a vestirme. Sin ponerme ropa interior, bajé. Me senté. Vi a mamá. Era tan hermosa. Con una trenza rubia que le corría por los hombros, con esos ojos color azul cielo, se veía angelical. Pero no vi a papá.

   —¿Dónde está papá? — apenas logré preguntar.

   En ese momento, mis revistas fueron lanzadas sobre la mesa con tanta fuerza que resonaron en el cristal. Sentí las fuertes manos de papá tomar me de los hombros y lanzándome al piso con tanta fuerza que mi cabeza recibió un golpe contra la pared y todo me empezó a dar vueltas. Me di cuenta de lo furioso que estaba. Las venas que atravesaban su rostro, hacían grandes bultos en su cara enrojecida por la rabia. Traté de ponerme de pie pero los brazos de papá me tomaron por sorpresa, así como el golpe que recibí también. Un dolor intenso oprimió mi pómulo izquierdo. Al tiempo que un ahogado grito trataba de salir de mi garganta, pero las manos de papá no lo permitieron. Mi garganta. Mis pulmones. Ahora me daba cuenta que me faltaba la respiración.

   Mamá separó a mi padre y lo alejó de mí. Mientras tomaba una bocanada de aire que tratara de llenar mis pulmones y ponerlos en funcionamiento nuevamente. Vi a mi mamá tratando de calmar a papá en las sillas del comedor. Mientras éste decía:

   —¡Es un marica! ¡Es un maricón! — ladeó su cabeza hacia mí y me miró con odio, desprecio y asco, por lo que pensé que volvería a golpearme. — Hoy mismo te vas de la casa, maricón.

   No protesté. Sin embargo, esperé un momento viendo si mi mamá lo haría. Pero solo se quedó callada. Volví a mi habitación, molesto. Mi cuerpo fluctuaba por lo sucedido. Abrí el armario y extraje todo la ropa que en él había. Tomé las maletas de emergencia y empecé a atiborrarlas de ropa de una manera desordenada.

   Al final, cuando el sol se había ocultado y la luna resplandecía en un cielo despejado, bajé con mis maletas. Salí No dije nada. Ninguno lo hizo. Necesitaba salir. Alejarme del dolor y del horrendo momento que amenazaba con derrumbarme.

   Pero, ¿adónde iría? No era que tenía muchas opciones. Podía ir a casa del abuelo. Pero cuando le contara por qué me echaron de casa, él haría lo mismo. Podía ir a casa de mi tía Pam. Sólo que quedaba a más de cien kilómetros a pie. No tenía dinero. Vagaba solo. De noche. Y con dos maletas que resguardar.

   Ahora ¿qué haría? Tomé el celular. Pedí saldo. Quizás no todo era tan malo. Sí. Tenía. Llamé a mi tía Pam y al tercer tono su voz me llenó de felicidad.

   —Tía, soy Geyviss. Necesito que me… Necesito que vengas por mí. Tuve una discusión con papá y me ech… me fui de casa— dije casi quebrando por el llanto.

   —Claro. Dime dónde estás. Ya mismo voy por ti.

   —Estoy en la gasolinera que está cerca a mi casa.

   —Bien. Espérame allí. Voy por ti, Viss.

   —Gracias.

   Colgué.

   La gasolinera apareció ante mis ojos. Caminé hasta la licorería junto a este y entré. Me senté en una silla cerca de la puerta, de modo que pudiera ver cuando mi tía llegase.

   Varias personas se extrañaron de ver a un chico de dieciocho años en aquel lugar. No obstante, no les presté atención.

   Vi a mi tía llegando cuarenta y cinco minutos después en su BMW azul. Salí y caminé hacia el auto. Ella se bajó del coche y caminó hacia mí. Dejé mis maletas a un lado y la abrecé. Luego de besos y más abrazos, subió mis maletas al coche. Ascendimos u nos fuimos.

   En el camino no dije nada. Quería hablar en su casa.

   Nunca he visitado a mi tía, ya que ella siempre me ha visitado a mí.

   Cuando se detuvo junto a una enorme casa de dos plantas con una hermosa fachada, bajó con mis maletas y yo la acompañé a la puerta con manilla de plata. Hermoso. Cuando abrió la puerta, me dejó ver una amplia sala de quien sabe cuántos metros cuadrados. Completamente despejada y de u reluciente y llamativo color perla.

   Entré casi sin aliento.

   —Bienvenido, Viss.

   —Guau, tía. Te felicito. Bella tu morada.

   —Ven. Te enseño tu cuarto. ¿Dónde lo deseas, en la primera, segunda o tercera planta?

   —En la tercera. Amo vivir a lo alto.

   Rio.

   Subimos a la última planta.  El pasillo bellísimamente adornado en un estilo de cristal, al cual llamé el Piso de Cristal. Elegí la habitación más gran, por supuesto. Con un gran balcón y una hermosa vista hacia el parque frente a la casa.

   —Por hoy dejaré que descanses. Mañana hablaremos. Descansa. Te quiero.

   —Adiós. Igual. Buenas noches.

   Mi tía salió al dejar las maletas en mi nuevo cuarto. Aunque estaba dispuesto a hablar ahora mismo, acepté su propuesta. Estaba cansado. Debía dormir. Y lo hice.

   A la mañana siguiente desperté por el rayo solar que besaba mi rostro. Había olvidado cerrar las cortinas. Me puse de pie, y caminé a la puerta salí aún en mi pijama. Caminé por el Piso de Cristal, bajé la y examiné la segunda planta. La bauticé el Piso de Terciopelo. Y terminé en la primera planta. Olía bien.

   Mi tía Pam había cocinado panqueques con miel. Sabía que eran mis favoritos.

   Estaba dispuesto a comenzar una nueva vida.

   —Buen día— saludé.

   —Buen día. Preparé panqueques. Tus favoritos.

   —Te lo agradezco.

   Me senté a esperar.

   —No hace falta que me digas qué pasó. Tu mamá Serena llamó.

   —Bien. Me ahorro la explicación.

   —Quiero que sepas que no te juzgo por tu orientación sexual. Siempre voy a querer. Te amo igual. No quiero que aquel Viss alegre se vaya por la discusión de ayer. Quiero que sigas siendo tú. Te amo.

   —Yo también, mamá… —dije casi llorando—. Lo siento. Tía.

   —Puedes llamarme mamá. — Me pareció o sonó melancólica.

   Sonreí.

   —¿Te parece si salgo después de ducharme al parque? Quiero conocer gente nueva ahora que viviré contigo.

   —Claro. Ve cuando quieras.

   —Bien.

   Terminé con mi desayuno u volví a l Piso de Cristal. Entré en mi habitación e ingresé a la ducha. Me bañé, salí, me vestí y me dispuse a salir al aire libre. Bajé a la primera plante y le avisé a «mamá» que ya me iba.

   El parque estaba atestado de gente. Niños, ancianos, padres, parejas, etc. Vi un columpio vacío (lo que me pareció extraño) y corrí hacia él. Me subí y empecé a columpiarme. Parecía un idiota en aquel columpio. Y el crujido me hizo volver a la realidad. Traté de detenerme pero la cadena se desprendió y me lanzó lo bastante lejos. Aterricé y golpeé mi rodilla con una roca. Y un hilo de dolor la recorrió.

   —¡Oh, Dios! — exclamé.

   Escuché pasos acercarse y vi a dos chicos junto a mí. Una chica y un chico.

   —¿Estás bien? — me preguntó él.

   Era de unos hermosos ojos color esmeralda con cabello rubio igual al mío, una bella nariz mediana y unos labios carnosos y rojos.

   —Me llamo Danny —dijo— ¿Estás bien?

   Estaba hipnotizado por la belleza que tenía frente a mí. Tuvo que repetir dos veces más su pregunta para que pudiera reaccionar.

   —Cre… Creo que se rompió— balbuceé.

   —Debemos llevarlo hacia donde Pam. ¿Eres su hijo?

   —Sobrino. ¿Por qué?

   —Eres idéntico a ella. Y ella es preciosa.

   Me sonrojé. Porque al decir que era idéntica a ella y luego que ella era hermosa, era como si me estuviese diciendo hermoso a mí.

   —Oh— fue lo que alcancé al decir.

   Me tomó en sus brazos.

   Danny me llevó a casa de mi tía.

   —¿Qué pasó? — preguntó ella alarmada cuando nos vio entrando.

   —Se cayó del columpio dañado y se rompió la rodilla— informó Danny.

   —Bien, Danny. Llévalo al cuarto de enfermería. Pennie, ayúdame a buscar el botiquín.

   Los momentos que pasé en los brazos de Danny no dejé de mirarlo. Era de un musculado cuerpo. Me sonrió. Me sonrojé. Me enamoré.

   Al entrar en el cuarto de enfermería me dejó sobre una camilla. Se dio vuela y pude examinar lo ancho de su espalda… y sus pronunciadas nalgas. Se giró hacia mí y me vio. Vi un enorme bulto entre su short. Quizás había optado por la misma táctica que yo de no usar ropa interior.

   —¿Cómo te llamas? —preguntó.

   —Geyviss Smith— traté de decir con firmeza para que no notase que estaba bobo por su belleza.

   —¿Por qué me mirabas así?

   Me quedé helado.

   —No lo sé.

   —Mmm. Ya.

   —Bien.

   —Soy Danniel Young. Pero mis amigos y novia me dicen Danny. Puedes llamarme Danny.

   —¿Tu novia? ¿Esa tal Pennie?—eso me había destruido el corazón.

   —No. Es broma. No tengo novia— y eso volvió a arreglarlo—. Bien Geyviss. Me caíste bien.

   —¿Qué? Apenas nos estamos conociendo y ya te caigo bien.

   —Me caíste bien porque lo vi en tu dulce rostro.

   What the Fuck? Dijo mi dulce rostro ¿o lo imaginé? No. Sí, lo dijo.

   —Mmmm. Ya —dije, nervioso.

   —Oye, eso lo dije yo.

   —Lo siento.

   Rio.

   Penni y mi tía aparecieron con el botiquín y rápidamente hicieron un torniquete. Dolor. Sentí mucho dolor. Pero luego alivio.

   —Bien, Geyviss. Pasaré mañana. Quisier conocerte— dijo Danny antes de irse.

   —Bye— dijo Pennie. Y salió.

   —¿Cómo te sientes? —preguntó mi tía.

   —Mejor.

   —Iré por más panqueques.

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3 respuestas

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