Por
Anónimo
Fui a un torneo de fútbol y terminé cogiendo con mi entrenador
Tengo 19 años y juego en equipos femeniles de fútbol desde hace mucho. No soy la crack que va a llegar a profesional, pero me encanta competir en ligas locales, sudar la camiseta y sentir esa adrenalina. Es mi forma favorita de desestresarme.
En los entrenamientos siempre uso estos shorts cortitos que se me pegan al cuerpo como una segunda piel. No dejan nada a la imaginación: se me marca perfectamente el culo, las piernas y hasta el contorno de mi conchita cuando estoy bien sudada. Me gusta cómo se me ven, sobre todo cuando me agacho o me siento y se me suben todavía más. Nunca pensé que alguien del equipo se fijara tanto… hasta esa noche.
Hace unas semanas viajamos a un torneo en Manzanillo (soy de Villa de Álvarez, Colima). Éramos todo el equipo, familiares de algunas jugadoras y tres entrenadores: una pareja casada y él, el entrenador solo de 39 años. Como éramos bastantes personas, nos repartimos en dos hoteles que quedaban a unas cuadras. El hotel principal lo ocuparon las jugadoras y las que iban con familia. Yo iba sola porque mis papás no pudieron acompañarme por trabajo, así que me tocó el hotel secundario junto con otras cuantas jugadoras que también iban solas… y con él, el entrenador de 39.
Los juegos fueron normales: perdimos dos, empatamos uno y ganamos uno. Nada del otro mundo. El penúltimo día organizamos una cena de cierre en el hotel principal: mucha comida, chelas, música y risas hasta muy tarde. Ya eran como las 2 de la mañana cuando yo ya no aguantaba el sueño, así que me despedí y me fui caminando sola al hotel secundario.
Él se levantó casi al mismo tiempo y dijo:
— Yo también me voy, te acompaño.
Íbamos caminando por la playa, bromeando, contando anécdotas tontas del torneo. Poco a poco la plática se fue poniendo más pesada y coqueta. De repente se detuvo, me miró directo a los ojos y me soltó bajito y sin rodeos:
—Te voy a ser sincero… desde hace tiempo me tienes bien caliente. Cada vez que te veo en esos shorts cortitos en los entrenamientos, toda sudada, con el culo y la conchita marcados… se me pone dura al instante. Siempre he tenido muchas ganas de cogerte.
Yo traía puesto ese vestidito blanco corto, satinado, con encaje en la parte de arriba que apenas me cubría las tetas. Sentí que me mojé al oírlo. Le respondí sonriendo, aunque sabía perfectamente que él me veía:
—Pues… yo no sabía que me veías de esa forma.
(Obvio era mentira, porque varias veces me había puesto a hacer estiramientos justo frente a él para que me viera bien el culito).
No hizo falta decir nada más. Me jaló de la cintura, me pegó contra su cuerpo y nos besamos como animales. Lengua, mordidas en los labios, sus manos bajando directo a agarrarme el culo por debajo del vestido. Sentí su verga durísima presionando contra mi pierna.
Nos separamos un segundo y le dije con voz juguetona:
—Tengo novio, ¿sabes?
Mentira total, pero vi cómo se le encendieron los ojos. Se puso todavía más caliente y me respondió con una sonrisa perversa:
—Mucho mejor… así te voy a coger más rico, para que sepas cómo se siente una verga de verdad.
Me tomó de la mano y casi corrimos el resto del camino al hotel. Al llegar nos separamos un poco para no levantar sospechas y entramos rápido a mi habitación.
Apenas cerramos la puerta, me empujó suavemente contra la pared. Me subió el vestidito blanco hasta la cintura y me bajó el cachetero de un jalón. Se arrodilló, me abrió las piernas y empezó a comerme la conchita con pura hambre. Lengüetazos largos y lentos, chupando mi clítoris hinchado mientras metía dos dedos gruesos y los movía perfecto.
—Qué rica estás, pinche niña… —murmuraba entre lamidas—. Toda mojada y apretada para mí. Tanto tiempo viéndote con esos shorts marcándote la conchita y por fin te tengo aquí, abierta para mí.
Yo tenía que morderme el labio fuerte para no gemir alto. Cuando ya no aguanté más, le jalé el cabello y le rogué:
—Cógeme ya, por favor… no aguanto más.
Se levantó, se bajó el pantalón y sacó su verga gruesa y bien parada. Me empinó en cuatro sobre la cama, me subió el vestido sin quitármelo y me metió la verga de una sola empujada hasta el fondo. Gemí contra la almohada.
—Así te quería tener desde que entraste al equipo —gruñó mientras empezaba a cogerme duro de perrito—. Hace casi un año viéndote con esos shorts cortos y soñando con partirte este culito rico. ¿Te gusta que te coja así, eh?
—Sí… más duro —gemí—. Cógeme fuerte…
Me jalaba el cabello y me daba nalgadas suaves mientras me follaba profundo. El vestidito blanco se movía con cada embestida.
Después me volteó, me senté arriba de él y empecé a cabalgarlo despacio al principio, luego más rápido. Él me apretaba las tetas por debajo del vestido y me decía cosas bien sucias:
—Así, móntame rico… ¿Así te coge tu novio o yo te estoy dando más verga?
—Mírate, toda sudada con ese vestidito de puta todavía puesto… se te ve tan rico.
Yo solo podía gemir y responder entre jadeos:
—Más grande… se siente más gruesa que la de él… no pares…
Mientras lo cabalgaba me decía al oído:
—Qué conchita más apretada tienes… tanto tiempo queriendo llenarte y por fin te estoy reventando por dentro.
Al final me puso boca arriba, me levantó las piernas y las puso sobre sus hombros. Me cogió profundo, fuerte y mirándome fijamente a los ojos mientras el vestidito blanco se arrugaba sobre mi cintura. Cada embestida me hacía rebotar las tetas.
—Quiero que te vengas en mi verga —me ordenó—. Vente para mí, putita.
Me vine tan fuerte que casi grito, apretándole la verga con la conchita. Poco después él también se corrió adentro, gruñendo bajito y apretándome contra su cuerpo mientras me llenaba.
Nos quedamos un rato tirados, sudados y respirando agitados, con el vestidito blanco todo arrugado y subido. Nos reímos porque todavía no podíamos creer lo que acababa de pasar.
Pero la noche no terminó ahí. Después de un rato nos dimos un delicioso 69: yo chupándole la verga todavía mojada de mí mientras él me comía la conchita de nuevo. Terminamos corriéndonos juntos otra vez y al final el se fue a su habitación.
Al día siguiente nos reunimos con todo el equipo como si nada hubiera pasado, nadie sospechó nada. Esa fue, sin duda, la mejor cogida de mi vida hasta ahora.
Cada vez que me pongo ese vestidito blanco me acuerdo de esa noche en Manzanillo con mi entrenador de 39 años.
Ya los nuevos entrenamientos empiezan en un mes y no se que pasará.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.