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Fricciones en el Colectivo
El transporte público en esta ciudad es un mundo paralelo, un microcosmos de fricciones anónimas y fantasías cumplidas en medio del trajín diario. Para muchos es una molestia, para mí es una galería de oportunidades. Trabajo en una tienda de comestibles y estudio marketing por las noches, lo que significa que paso una cantidad considerable de tiempo en colectivos, y he desarrollado una sensibilidad particular para detectar ciertas… conexiones.
Mis favoritas, sin lugar a dudas, son las señoras maduras, aquellas que rondan los cuarenta y tantos, con cuerpos que han abandonado la delgadez juvenil por curvas generosas y reales. Mujeres que, bajo sus ropas de oficinista o tal vez de ama de casa, esconden una urgencia que el hastío de sus rutinas no ha logrado extinguir. Es en el vaivén del vehículo, en el anonimato de la multitud, donde esa urgencia encuentra una válvula de escape. Y yo estoy más que dispuesto a ser su cómplice.
Recuerdo con especial claridad a una de ellas. Fue en la línea 132, un jueves por la tarde. El colectivo iba abarrotado, una masa humana compacta donde los cuerpos se comunican más con el tacto que con la palabra. Ella subió en la avenida Principal, vestida con un pantalón de vestir negro, ajustado, y una blusa clara. Su cuerpo era exactamente mi tipo: caderas amplias, un trasero redondo y prominente que el pantalón delineaba a la perfección, y un vientre suave que se insinuaba bajo la tela. Llevaba el cabello recogido y unas gafas de lectura colgando del escote. Tenía esa aura de madre responsable que acababa de salir de la oficina y que seguramente tenía que llegar a casa a preparar la cena para sus hijos.
La vi forcejear un poco para encontrar un lugar donde agarrarse, hasta que se ubicó justo frente a mí, de espaldas, en el pasillo central. El movimiento del tráfico hizo el resto. Con cada frenada, su trasero se aplastaba contra mi entrepierna. La primera vez fue un accidente. La segunda, una coincidencia. Para la tercera, ya era una deliberada y mutua coreografía.
Yo me acomodé ligeramente, separando los pies para tener mejor estabilidad y, crucialmente, para elevar un poco mi pelvis. Llevaba unos jeans no demasiado ajustados, lo que permitía que mi erección, que había surgido instantáneamente con el primer contacto, se desarrollara sin restricciones. Ella debió sentirlo de inmediato: la presión dura y palpitante de mi miembro a través de las capas de tela. En lugar de alejarse, hizo algo mucho más revelador: arqueó ligeramente la espalda, empujando sus nalgas con más firmeza contra mí.
A partir de ese momento, fue un diálogo mudo. El colectivo avanzaba, se detenía, giraba. Con cada balanceo, ella movía sus caderas en pequeños círculos imperceptibles para cualquiera que no fuera yo. La fricción era exquisita. Cada uno de esos movimientos cortos y rotatorios acariciaba la cabeza de mi pene, que ya estaba sensible y humedecida por mi propio lubricante preeyaculatorio. Podía sentir la textura de su pantalón, la costura central que se alineaba perfectamente con el surco de sus nalgas, y justo debajo, el calor abrumador que emanaba de su vulva.
Me incliné un poco hacia adelante, como si también yo luchara por mantener el equilibrio, y apoyé mis manos en su cintura, justo por encima de sus caderas. No fue un agarre fuerte, sino una posesión sutil. Ella emitió un suspiro casi inaudible, ahogado por el ruido del motor, y relajó su cuerpo contra el mío, entregándose por completo al juego. Su olor me llegó entonces con mayor intensidad: una mezcla de su perfume de flores blancas, ya desvanecido, con el aroma más profundo y terroso de su sudor. Olía a mujer, a fatiga del día y a una excitación creciente que era tan tangible para mí como el asidero de metal que tenía al lado.
Mi mente comenzó a divagar, alimentando el fuego de mi lujuria. Me pregunté cómo se llamaría. Silvia, tal vez, o Graciela. Imaginé su casa, un departamento modesto en algún barrio de clase media. Visualicé a sus hijos, un chico y una chica adolescentes, esperándola, quizás viendo la televisión o haciendo la tarea. Ellos confiaban en que su madre llegaría pronto, con tal vez unas bolsas del supermercado, para prepararles la comida y preguntarles cómo les fue en el colegio. Mientras tanto, su adorada mamá, la responsable señora que todos creían conocer, estaba aquí, en la penumbra del colectivo, frotando su sexo contra la erección de un desconocido veinte años menor, dejando que sus bragas se empaparan con su propio deseo.
Esa idea, el contraste entre su vida pública y este secreto íntimo, me excitaba hasta un punto irracional. Era la esencia de la transgresión. Apreté un poco más su cintura y me acerqué a su oído, lo suficiente para que mi aliento rozara su lóbulo. No dije nada, pero ella estremeció. Su movimiento se volvió más insistente, más urgente. Ya no eran solo círculos; eran empujones rítmicos y cortos, buscando la presión exacta en su clítoris a través de las telas.
El sonido del motor era un zumbido constante, la radio del conductor emitía una cumbia a bajo volumen, y las conversaciones a nuestro alrededor formaban un murmullo indistinto. Pero en nuestro pequeño espacio, el universo se había reducido a dos cuerpos anónimos comunicándose a través del movimiento y el calor. Podía sentir la humedad que debía estar manchando su ropa interior, imaginaba el tejido de sus bragas, probablemente de algodón práctico, empapándose con sus fluidos. Me pregunté si se tocaría más tarde, en el baño de su casa, recordando esta fricción, oliéndose los dedos para encontrar un rastro de este momento.
El colectivo se detuvo en una parada más larga, y la presión se mantuvo constante. Ella se reacomodó, y en ese movimiento, noté cómo su respiración se había vuelto entrecortada. Sus manos, que antes se aferraban a un poste, ahora lo hacían con menos fuerza, como si estuviera perdiendo el control. Yo estaba al borde del abismo. La sensación en mi pene era abrumadora, una tensión coiling que se acumulaba en la base de mi espina dorsal. Sabía que si continuaba así, no podría contenerme.
Fue entonces cuando el sistema de altavoces anunció su parada. «Avenida Corrientes,» dijo la voz metálica. Ella se tensó. Su movimiento cesó por completo. Fue un segundo de suspensión, donde la única realidad fue la conexión de nuestros cuerpos. Luego, con un esfuerzo visible, se separó de mí. Ni siquiera me miró. Bajó la cabeza y se abrió paso entre la gente hacia la puerta.
La vi descender los escalones y perderse entre la multitud en la acera. Se ajustó la blusa y echó a caminar con determinación, sin volver la vista atrás. Me quedé ahí, pegado a la barra, con mis jeans manchados de humedad en la entrepierna y una erección que palpitaba con un latido doloroso. El calor de su cuerpo aún estaba impreso en el mío, y su olor, esa mezcla embriagadora de perfume y excitación femenina, permanecía en mi nariz.
El colectivo arrancó, y yo me recosté contra la ventana, cerrando los ojos. Me deslicé la mano al bolsillo delantero, simulando guardar el teléfono, y me ajusté el miembro, que aún seguía duro y sensible. La imagen de ella llegando a su casa, saludando a sus hijos con un beso en la frente, mientras su sexo seguía palpitando y húmedo por el encuentro en el colectivo, fue lo que finalmente me llevó al borde. Contuve la respiración y, con los ojos cerrados, sentí cómo una oleada de placer me recorría mientras eyaculaba silenciosamente dentro de mi ropa, manchando mis calzoncillos con mi semen caliente, una ofrenda secreta a una diosa anónima del transporte público. La rutina continuaba, pero para ella y para mí, ese viaje había sido cualquier cosa menos rutinario.


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