septiembre 24, 2025

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Espiando a mama (3)

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Mientras se secaba, observé cómo las gotas de agua resbalaban por su espalda antes de que se acercara rápidamente a la puerta y la abriera. Se tapaba lastimosamente con la pequeña toalla que apenas cubía sus curvas, dejando ver sus muslos húmedos y el contorno de sus pechos. Con una voz tan suave que parecía una caricia, me preguntó por qué la miraba, pero en sus ojos no había enojo, sino una curiosidad que me erizó la piel. Me mandó a mi cama con un gesto que pretendía ser firme, pero que solo aumentó mi confusión y mi excitación.

Tumbado en mi habitación, con el corazón acelerado, pensé que ahí terminaría todo. Pero entonces escuché su voz llamándome desde su cuarto. Ya estaba en la cama, y con una timidez que no le conocía, me preguntó si quería dormir con ella. Acepté sin dudarlo, deslizándome bajo las sábanas que olían a su champú de coco. Ella solo llevaba puesto un conjunto de ropa interior negro, sencillo pero que se le ajustaba de una manera que hipnotizaba. La tela, fina y sedosa, se moldeaba a sus pechos y dejaba adivinar la forma de sus pezones erectos. Yo me acosté a su lado, tratando de controlar mi respiración, consciente de que mi erección empezaba a presionar contra el pantalón de pijama. El ambiente estaba cargado de un silencio eléctrico, roto solo por el leve crujir del colchón cuando alguno de los dos se movía.

No tardé en dormirme, agotado por la tensión, pero desperté horas después con una sensación que me paralizó: la mano tibia de mi madre me acariciaba a través de la tela. Al principio fue un roce leve, casi imperceptible, como si dudara. Pero luego, con más decisión, comenzó a pajearme lentamente, sus dedos explorando mi longitud con una habilidad que me dejó sin aliento. Continué con los ojos cerrados, simulando estar dormido, aunque cada fibra de mi cuerpo estaba en alerta máxima. Su cuerpo se acercó más, y sentí la suave presión de sus pechos contra mi brazo, su calor irradiando hacia mí. Su respiración se hizo más rápida, un susurro caliente en mi oído que me recorrió la espalda como un escalofrío.

Ya no pude seguir fingiendo. Abrí los ojos y me encontré con su mirada lividinosa, fija en mí, mientras su mano seguía moviéndose con un ritmo constante y experto. Su otra mano se deslizó dentro de mi pijama, tocando mi piel directamente, y luego bajó hasta mi verga, que palpitaba en su mano. Sus dedos se cerraron alrededor de mi miembro, ya completamente erecto y húmedo en la punta. Comenzó a masturbarme con más fuerza, usando mi propio líquido precum como lubricante, sus movimientos se hicieron más rápidos, más urgentes. Yo gemía entre dientes, incapaz de contenerme, mientras ella observaba cómo me derretía bajo su tacto. La excitación llegó a su punto máximo cuando sus uñas me arañaron suavemente los testículos, y entonces no pude aguantar más. Mi semen comenzó a saltar en chorros calientes sobre su mano y mi estómago, con espasmos que sacudieron todo mi cuerpo, dejándome tembloroso y exhausto.

Ella no apartó la mano inmediatamente. Nos quedamos mirándonos, jadeantes, en la penumbra. Relajando mi cuerpo, todavía sensible, ella se acercó a mi oído y sus labios rozaron mi lóbulo al murmurar: «Esto será nuestro secreto. Tú no le cuentas a tu padre… como yo nunca le conté que los espiabas». Su alusión a las violentas cogidas que yo había presenciado entre ellos añadió un morbo prohibido a lo que acababa de pasar. Su mano, todavía manchada de mi semen, acarició mi mejilla antes de que se diera la vuelta, dejándome con el aroma de su perfume mezclado con el nuestro flotando en la oscuridad.

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