septiembre 23, 2025

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Espiando a mamá (2)

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Esa tarde de domingo tenía un tinte diferente. El sol caía a plomo y el aire olía a polvo y flores mustias. Mi padre, con esa voz ronca que usaba para dar órdenes, me dijo que fuera a pasar el rato a casa de mi vecino, un amigo con el que solía pasar las horas. Yo, obedecí sin rechistar. Caminé los pocos metros que separaban nuestra casa de la de ellos, pero al llegar, el silencio era absoluto. Toqué el timbre, esperé, y nada. Me asomé por una ventana y vi la sala vacía. Se habían ido a la playa. Una punzada de fastidio me recorrió; me quedaba toda la tarde por delante y nada que hacer.

Decidí regresar a casa. Al abrir la puerta, lo primero que noté fue el silencio, pero no era un silencio vacío. Era un silencio cargado, roto por unos sonidos bajos, rítmicos, que venían de la habitación de mis padres. Unas pisadas que crujían en el piso de madera, un jadeo entrecortado. La curiosidad, más fuerte que el miedo, me impulsó. Dejé mi mochila en el suelo con sumo cuidado y me acerqué de puntillas por el pasillo.

La puerta de su cuarto estaba entreabierta, solo un par de centímetros. Me agaché y me pegué a la rendija, justo donde la cortina de tela gruesa no llegaba a cubrir del todo el marco. Mi corazón latía tan fuerte que temía que lo escucharan desde dentro. Y entonces vi. Mi padre estaba acostado boca arriba en la cama, con las sábanas revueltas a los pies. Desde mi ángulo, solo podía ver la planta de sus pies y la parte inferior de sus piernas. Pero era ella, mi madre, el centro de aquel espectáculo prohibido.

Ella estaba de espaldas a mí, arrodillada en la cama, a un costado de mi padre. Su larga cabellera negra, que siempre olía a champú de melocotón, caía como una cascada sobre su espalda, cubriéndola casi por completo, pero no lo suficiente como para ocultar el movimiento de sus hombros. Se disponía a chuparle la pija. Escuché la voz de mi padre, grave y autoritaria, pero ahora con un tono ronco, animal: «Más lento, mujer… así… ahora con la lengua, rodea la cabeza». Mi madre, obediente, bajaba la cabeza. Yo no podía ver su boca, pero sí el movimiento de su nuca, cómo se flexionaba cada vez que mi padre, en un arranque de placer, le empujaba la cabeza hacia abajo con ambas manos, forzándola a metérsela más hondo. Él jadeaba, gruñendo satisfecho cuando lograba introducirla hasta el tronco, y a ella le salía un sonido ahogado, un gorgoteo entrecortado que se mezclaba con el ruido húmedo de succión.

Después de lo que me pareció una eternidad, mi madre se paró. Fue entonces cuando la vi, la pija de mi padre. Para mi era algo descomunal, monstruoso. Un tronco grueso, venoso, de un color rojo oscuro y amenazador, que se alzaba tieso y palpitante hacia el techo. Con el tiempo supe que era de un tamaño normal, pero en aquel instante, me pareció el arma más impresionante y aterradora del mundo.

Sin mediar palabra, mi madre se montó sobre él. Se colocó de cuclillas y, con una mano, guió aquel miembro hacia su interior antes de dejarse caer, hundiéndolo por completo en su cuerpo. Un gemido gutural escapó de los dos al unísono. Y comenzó a cabalgar. Sus caderas subían y bajaban con un ritmo frenético, sus nalgas blancas chocaban contra los muslos de mi padre con un sonido sordo y húmedo. Ella ya no era mi madre. Era una mujer poseída, una yegua en celo, con el rostro contraído en una mueca de dolor y placer, su cabellera negra volando salvajemente alrededor de su cabeza. Los jadeos se convirtieron en alaridos sofocados, en gritos que ellos creían ahogados por las paredes. Mi padre le agarraba las caderas con fuerza, clavándole los dedos en la carne, marcándola, mientras la empujaba desde abajo para encontrarse con sus embestidas.

Cuando acabaron, hubo un silencio pesado, solo roto por su respiración agitada. Mi padre, sudoroso y exhausto, le dijo con voz pastosa: «Ahora, límpiamela». Mi madre, dócil, se levantó y tomó una toalla del velador. Fue en ese momento cuando, al dar la vuelta, su mirada se dirigió hacia la puerta, hacia mí. Nuestros ojos se encontraron a través de la rendija. No hubo sorpresa en su rostro, sino algo más profundo, una complicidad oscura. Se sentó de nuevo en el borde de la cama, dándole la espalda a mi padre, y con la toalla comenzó a limpiarle la zona pubica, pero su mirada no se despegaba de la mía. Luego, dejó la toalla a un lado e inclinó la cabeza. Y entonces, ante mi asombro absoluto, comenzó a pasarle la lengua lentamente por toda la longitud de su pija, aún húmeda y sensible, limpiándosela con su boca.

La reacción de mi padre fue inmediata. «¡Carajo! ¿Qué estás haciendo? ¡Te estoy sacando buena!», exclamó entre risas y con una voz cargada de nuevo deseo. Bajo la minuciosa y lasciva limpieza de la lengua de mi madre, su pija, que empezaba a languidecer, se irguió de nuevo, imponente. Y ella, sin perder mi mirada, comenzó a chupársela de nuevo. Por momentos, se enderezaba y lo pajeaba con la mano, frotando con fuerza mientras me miraba fijamente, desafiante, como si me estuviera enseñando una lección prohibida. Luego, volvía a sumergir la cabeza, tomándosela entera hasta provocarse arcadas, hasta que mi padre, con un gruñido final, volvió a correrse, presionando su cabeza hasta el fondo.

Fue entonces cuando miré hacia abajo y vi mi propia pija, dura como una piedra y bien parada dentro de mis pantalones cortos. Sentía un calor abrasador en el vientre, una excitación confusa y poderosa que nunca antes había experimentado. Era mi cuerpo respondiendo a un instinto que hasta entonces desconocía. Asustado y eufórico a la vez, me alejé de la puerta de un salto y salí corriendo de la casa, haciendo ruido adrede. Respiré hondo unos minutos en la calle, tratando de calmarme, antes de volver a entrar, esta vez gritando «¡Ya llegué!».

Mi madre me llamó desde su habitación. Entré, tratando de evitar su mirada. Ella estaba recostada junto a mi padre, ambos cubiertos con una sábana. «¿Cómo te fue con tu amigo?», me preguntó con una voz serena, pero sus ojos bajaron directo a mi pantalón, donde una mancha húmeda y oscura delataba mi pequeño y involuntario orgasmo. «Bien», mentí, con la voz quebrada, y salí disparado hacia mi cuarto. Una vez allí, con la puerta cerrada, me bajé los pantalones y contemplé mi pija, ahora flácida, y la pegajosa leche que la cubría. Era el comienzo de todo.

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